domingo, septiembre 21, 2003

1.13 De Viña a Santiago

(11:20)
Al día siguiente me quedé en el departamento, y por la tarde llegaron Mónica y Cristian. Esa noche Angie se fue a dormir a casa de su amiga Andrea. Al otro día preparé almuerzo y compartimos con Mónica, Cristian y Andrea. En la tarde compré bebidas y nos preparamos unos combinados. Esa noche dormí en el living, en un colchón. Por la mañana descubrí que tenía el neumático trasero desinflado. Cambié la cámara por la de repuesto y preparé el equipaje. Con Cristian nos preparamos unos fideos y conversamos bastante. Después de almuerzo partí, y me tocó subir la cuesta que está a la salida de Viña. Crucé por Quilpue y El Belloto, y llegué a mi destino: la casa de mi tía Luliana, en Villa Alemana. Cuando me vio, se imaginó que yo era un tipo que andaba con un burro cargado. Tomamos once y conversamos un buen rato, para "ponernos al día". En la noche llegó Fritz y lo acompañé a ver el partido de fútbol de Chile versus Perú. Al día siguiente, en la mañana, fui a comprar al centro, caminando. De regreso, almorzamos y, más tarde, cociné unos panes indios (shapatis) con harina tostada y chuchoca. En eso llegó la Andrea, nos saludamos y conversamos un rato en la cocina. Tomamos once y, después de la telenovela, fuimos a casa de Andrea a ver unas fotos que había enviado Wolfi por e-mail, en que aparece con Allan y Bruno (el hijo de la Mili). Al otro día estuve en la mañana un rato con la Jose y Vicente. Después de almuerzo viajé a Quillota, para conocer el Centro de Promoción de la Salud y la Cultura, que es la otra pega de Fritz. Allí conversamos con la directora y quedamos de preparar un taller sobre autogestión para los jóvenes que participan en bandas de música. A continuación, acompañé a Fritz a la entrega de premios de un concurso de escultura para escolares, en el local del municipio. De vuelta a Villa Alemana, cenamos con la Jose y Vicente, y después me fui a casa de tía Luliana (eso sucedió el 10/09/03). A la mañana siguiente, después del desayuno, me fui a Limache, hasta donde llegué luego de una hora de pedaleo. Arribé a casa de la tía Ully y ella me preparó almuerzo. Luego de conversar un rato, acomodamos mis cosas, guardé la bici en la bodega, y nos fuimos a Olmué, en donde estaba el tío Jorge en un campeonato regional de cueca para el adulto mayor. Para el final, cantó unos boleros Luis Alberto Martínez (El Mar y el Cielo, Nuestro Juramento, etc.) y, posteriormente, me invitaron a comer anticuchos.
Al día siguiente me dediqué a parchar las cámaras, y a preparar mis cosas. Ese día los tíos fueron a Santiago por la mañana, y sólo regresaron en la noche. Al otro día acompañé a la tía al "desfile cívico-militar" de Fiestas Patrias, en donde el tío marchó con el club de cueca del adulto mayor en donde él es profesor. En la noche él me pasó una lista de artículos de prensa para que se los busque en la Biblioteca Nacional, junto con $ 10.000. Es una pega para su investigación acerca de la cueca, la cual espera algún día convertirla en libro. Como a las 10:30 del siguiente día partí de Limache rumbo a Olmué. Al llegar, se desinfló el neumático trasero. Me demoré como una hora en cambiar las cámaras, en la plaza de los juegos. Cerca de mediodía reinicié el viaje, y me detuve a tomar un mote con huesillo cerca de donde se inicia la cuesta La Dormida. La señora que me atendió estaba sorprendida por mi viaje, me felicitó y me deseó mucha suerte. Después paré a almorzar el pollo con arroz que me había dejado la tía. Proseguí la subida, sin polera porque transpiraba demasiado. Pasadas las 17 horas alcancé la cima, sin haber hecho ningún tramo a pie, a pesar de lo empinado de la pendiente. Cuando llevaba un poco de bajada, me detuve a tomar una foto de la vista hacia Til-Til.
En eso, se desinfló el neumático, y tuve que desarmar todo para colocarle más pegamento bajo el parche. Después de ¾ de hora continué el descenso y llegué a Til-Til, en donde había mucha gente vendiendo aceitunas, tunas y otros vegetales de la zona. Los mosquitos no me dejaban tranquilo. Recorrí los 10 km hasta Polpaico, y pasado el río, me bajé en un boliche a comprar una bebida y chocolate. Volví a la bicicleta y seguí hacia la carretera. Cuando faltaba poco para llegar, se volvió a desinflar el neumático. Pasé a donde había una luz, a la entrada de una parcela, pues la noche ya había llegado y estaba todo muy oscuro.

21/09/03
(07:50)
Mientras parchaba una cámara, trasladé la que estaba delante hacia la rueda trasera. Al otro lado del camino había un par de tipos conversando; se notaba que estaban bebidos. Uno de ellos me pidió cigarros, y le respondí que yo no fumo. El otro cruzó la calle y me ofreció un trago de bebida con vino. Tomé un poco y conversamos acerca del viaje. Me preguntaron sobre mi ocupación y les dije que soy periodista, a lo que comentaron: "andas sapeando". El tipo me contó que es albañil y que están construyendo una casa en ese sector. Agregó que es bueno y rápido, que en un día coloca 1000 ladrillos, y que en una ocasión, en una semana puso 8.400. El otro, más joven, es su sobrino, el cual está aprendiendo el oficio; avaló los dichos de su tío. Luego, volvieron al frente y tomaron un bus que iba hacia Til-Til. Antes de terminar, aparecieron, desde dentro del sitio, una pareja. Él me pidió que sacara mis cosas de la entrada porque estaba por llegar la dueña. Finalicé la operación y reanudé la marcha. El camino estaba muy oscuro, y sólo me guiaba por la línea blanca que separa a la berma. Como la cámara había quedado con un globo, que asomaba entre el aro y el forro de la rueda trasera, al cabo de un rato, empezó a rozar con una de las calugas del freno. Cuando ya me faltaba poco para llegar a la carretera, se reventó el neumático. Me bajé y seguí caminando junto a la bici hasta la Panamericana. Allí tomé hacia el sur, y pasado el paso nivel, paré bajo una luz. Nuevamente –por cuarta vez en el día- tuve que desarmar todo para tratar de arreglar el asunto. Volví a trasladar o intercambiar las cámaras y a intentar reforzar el parche que se filtraba. Cuando terminé, logré avanzar un tanto y el neumático delantero perdió el aire. Seguí hasta arribar a una pasarela con iluminación ("Huertos Familiares Sur", tiene por nombre). Como allí hay un paradero para tomar locomoción, de esos cerrados hechos de lata, decidí quedarme e intentar domir (ya era como media noche). Encadené la bici en una de las patas de la banca, y puse el "colchoncito" sobre ésta. Me coloqué más ropa, me abrigué los pies y me tapé con la frazada. Aunque pude descansar, casi no dormí, ya que no pude calentarme los pies. Me levanté como a las 6:30, cuando llegó la primera persona a tomar bus. Con el segundo conversé un poco y me dijo que en esa localidad había una ferretería que abre como a las 10, en la que podría hallar cámaras o parches. Desarmé la rueda delantera y nuevamente intenté reforzar el parche que filtra aire. Lo más desagradable era el dolor que me produce en los brazos el inflar con el bombín que ando trayendo. Creo que la disposición con que se hace la fuerza me ha generado una tendinitis. Después de tener todo listo, proseguí la ruta (me quedaban 40 km para llegar a Santiago). Logré avanzar unos cuantos kilómetros y me detuve en un local que existe a orillas del camino, en la subida de una pequeña cuesta. Ahí compré jugo y galletas, para tomar desayuno. Antendía una mujer bastante atractiva, que me recordó a Marella. Con ella conversamos un rato, y con un tipo que también trabaja allí. Me preguntaron acerca del viaje, y estábamos en eso cuando sentí que la rueda delantera se desinflaba nuevamente. Entonces, el tipo (como de mi edad) tomó su bici y fue a su casa a buscar una cámara y parches. Me quedé conversando con otro tipo –también joven- que me relató una caminata que hizo con otros amigos desde Santiago hasta La Serena. Su intención era llegar a La Tirana, pero abortó el proyecto después de la cuesta Buenos Aires, la cual subió solo y se demoró dos días. Dijo que los pies los tenía llenos de ampollas (ese viaje lo hizo como a los 18 años, "macheteando" por todo el camino, sin carpa). Supe que tiene un hijo y está separado. A la mamá del chico debe pasarle cuarenta mil pesos todos los meses. Según él, antes le daba 80, pero al ir a juicio, le bajaron a la mitad. Al rato, volvió el tipo con la cámara; le parchamos una pequeña pinchadura y la colocamos. Además trajo un bombín bueno –de los que se apoyan en el suelo- e inflamos bien los neumáticos. Le di las gracias, me despedí de todos y continué el viaje. Cuando ya estaba entrando a la capital, el neumático trasero empezó a desinflarse de a poco. Le puse aire con el bombín y proseguí. El traficó ya era muy intenso, y tomé el paso sobre nivel que une la carretera con Américo Vespucio. Tuve que salirme de esa avenida porque se hace muy peligroso para un ciclista. Tomé calles paralelas hasta dar con una bomba de bencina para inflar las ruedas. Aproveché de comer unos chocolates y seguí. Doblé por El Salto y avancé lentamente hacia el centro. Nuevamente paré en una bomba a echar aire. Agarré Av. Perú y por ahí aparecí en el puente Purísima. Salí a la Alameda y me metí a las torres de San Borja, hasta arribar al depto. de Ezio. En la entrada del edificio conversé un rato con los conserjes, los que se mostraban impresionados por el viaje. Aproximadamente 2.100 km en tres meses (del 16 de junio al 16 de septiembre de 2003).

sábado, septiembre 20, 2003

1.12 De Pichidangui a Viña del Mar

12/09/03 (19:45)

En el camino hacia La Ligua hay pequeñas caletas, algunas de las cuales –extrañamente- miran hacia el sur. Luego de pasar la primera cuesta antes de Longotoma, paré a un costado porque había un señor vendiendo dulces de La Ligua. Me preguntó sobre mi viaje y me confesó que antes pensaba que a la gente le pagaban por hacer el recorrido en bicicleta. Escogí cuatro pasteles distintos y en vez de los $ 600 que salía, me cobró sólo $ 500. Más tarde, arribé al cruce hacia La Ligua y tomé la pista que lleva a Papudo. Antes de llegar a ese balneario, ya se pueden ver las lujosas construcciones que se han levantado en todo ese litoral. Anduve por Papudo, Zapallar y Cachagua, para luego enfilar hacia Maitencillo. Todo estaba muy verde y bonito, pero entre las dos primeras localidades había mal olor. Las construcciones han desbordado los límites entre las ciudades y casi no hay tramos sin viviendas.
Antes de llegar a Laguna de Zapallar me detuve a mirar la panorámica de Maitencillo hasta Horcón. Además el atardecer estaba hermoso. Hay tantas villas y condominios nuevos, que el lugar es irreconocible. Sobre Maitencillo el Marbella tiene plagado de obras. Llegué al sector La Laguna y recorrí hasta La Leche. Regresé y comencé a buscar a Matías en las cabañas Hermansen. No había nadie en ellas y estaba a punto de irme cuando entró una señora por el portón. Por suerte era la mamá de Jannette, la esposa de Matías. Encadené la bici y subí tras la señora, a la cual sus nietos le dicen "bicho". Jannette estaba sola, pintando con óleo, y, por supuesto, no se acordaba de mí. Más tarde llegaron los niños pequeños, y la hija, Millaray, que ya tiene 15 años (yo la conocí cuando estaba recién nacida, la última vez que vi a Matías). Ya de noche apareció Matías, el que tampoco me reconoció.

13/09/03
(19:00)

Traté de que se acordara de la época en que compartimos (hace unos 15 años) pero no hubo caso. De cualquier forma, el hecho de que viniera en bicicleta desde Arica le gustó mucho y, luego de tomar once, me alojó en una pieza con baño, a un costado de la entrada superior de las cabañas. Al día siguiente cayó una lluvia en Maitencillo. En la mañana, luego del desayuno, le mostré en el turistel el camino que había hecho. Después, le ayudé a su suegra a preparar el almuerzo. En ese trámite conversamos bastante. Me contó que había estado casada con un tipo que le ponía el gorro, era farrero y mitómano. Se separó y ahora está emparejada con un hombre que es cocinero en el restaurante "La canasta", que está al lado de la entrada inferior de las cabañas. Ella vive en El Belloto y antes trabajaba en un hospital. Ahora pasa de jueves a lunes en Maitencillo, y de lunes a miércoles en El Belloto. Sus otras dos hijas viven en Antofagasta y en Canadá. Ésta está casada con un musulmán, el cual es dueño de un servicentro para automóviles. Cuenta que es un tipo ambicioso y avaro. El esposo de la otra hija es un trabajador de la gran minería, en asuntos computacionales. Coincidimos en los perjuicios del machismo, y en cómo las mujeres se dejan humillar y soportan situaciones indignas por confundir el amor y el cariño con el sacrificio y la martirización; se transforman en víctimas que crean a sus propios verdugos (relaciones sado-masoquistas). Después de almuerzo acompañé a Matías y a un amigo de su club de bicicletas montañesas a marcar el recorrido del rally. Ese domingo se correría el segundo rally de bicimontañesas "Los Picunches", en una ruta de 60 km, por caminos y senderos de la comuna de Puchuncaví. Más tarde les ayudé a limpiar y pintar unos letreros. En el jeep anduvimos por lugares muy bonitos y llegamos arriba de los acantilados que se ven desde Aguas Blancas, desde donde se lanzan en parapente. En la noche bajé a conocer el local del restaurante, que también fue construido por Matías, al igual que su casa. Está hecho con troncos y raíces, y tiene escaleras cubiertas. Todos los muebles también fueron fabricados de trozos de árboles. A Matías le encargan trabajos, y tenía una cama embalada para que se la llevaran a Nueva York. Había cobrado 800 mil pesos por realizarla. Por la mañana, intercambiamos teléfonos y e-mail y nos despedimos. Jannette me explicó que por habilitar el restaurante habían quedado con una deuda de unos seis millones de pesos. Me contaron que Natalie tiene dos hijos –el mayor de ocho años- y que está casada y vive en Santiago. Se dedica a hacer clases particulares de ballet. Yo les referí mi experiencia amorosa frustrada con ella, y les recordé la época en que íbamos a bailar a la disco La Nave. Fue en esos años cuando la suegra de Matías administró ese local, y cuando él conoció a su actual esposa. Ellos se fueron a casar hace unos años a San Pedro de Atacama, en donde vive una hermana de Jeannette. La hija mayor, Millaray, también pinta, y tiene ganas de irse a estudiar a Australia.
Matías me relató las historias de otros ciclistas que habían estado alojando con ellos. Habló de un gringo que murió de un ataque al corazón cuando estaba en una excursión en una montaña nevada. Había recorrido varios países, en distintas partes del mundo, y escribió un libro que está en francés. Otro había sido un chileno, que resultó ser el que yo ví en Tocopilla, con una bici muy cargada, llena de cachureos y con banderines, uno de los cuales era de carabineros. Ese tipo se ha dado unas tres vueltas al país y lo han entrevistado para diarios y TV. Tiene unos 45 años, es delgado y moreno con el pelo negro. Hace varios años perdió a toda su familia en un accidente carretero. Como forma de sobreponerse, empezó a viajar en bicicleta, para lo cual cuenta con el apoyo de los pacos, que lo reciben en comisarías y retenes, y de la gente que en el camino le da alojamiento y comida. Se supone que tiene cualquier cantidad de historias y anécdotas, que cuenta para entretener a quienes lo acogen. Matías también se acordó de la muerte de uno de los hermanos que iban de Santiago a Maitencillo en bicicleta para las vacaciones. Hace unos 20 años, cuando regresaban, a la altura de El Melón, los arrolló un vehículo motorizado que se dio a la fuga. Uno de los hermanos –de apellido italiano- murió y el otro quedó herido.
De Maitencillo partí el sábado en la mañana, y el tramo entre Ventana y Concón estaba enormemente transitado. De hecho, ha sido uno de los trayectos en que me he sentido más amenazado por los vehículos motorizados.

19/09/03
(13:05)

Una vez en Con-Cón, subí el cerro para ir a la casa de los papás de Pepe. Como no estaban, seguí por el camino costero hacia Viña. En Reñaca compré algunas cosas para comer y conversé un rato con el vendedor. Me dijo que había sido camionero y que había viajado hacia el norte. Le asombraba que yo anduviera solo, y yo le expliqué que así podía conocer a más gente. Luego continué por la ruta hasta arribar al centro de Viña, a la calle Valparaíso. Llamé por teléfono al celular de Cristian Arenas, pero estaba fuera de servicio. Entonces telefoneé a Putaendo, y la Camila me contó que sus papás andaban en Viña, en el depto. en que viven Cristian y Angie. Llamé a Nathan a su celular y él me dio las indicaciones para encontrar los edificios. Aparecí por allá, en momentos en que estaban Mariella con su mamá, Cristian, Nathan y los niños (Diego y Javier). Me convidaron almuerzo y conversamos un buen rato. Más tarde llegó Angie y el resto se fue. Al rato llegaron unos amigos gays de Angie, y nos dirigimos a la casa de una pareja de homosexuales: Tatán y David. Allí estaban además Hernán (que trabaja en TV13) y un tipo medio transformista. Éste contó que una vez lo agarraron entre seis hombres y le sacaron la cresta, y que en una ocasión, en Iquique, un tipo lo engrupió para que se fueran a un motel, y después lo dejó botado cerca del aeropuerto, de noche. Tuvo que regresar caminando durante cuatro horas.

20/09/03
(08:50)

Otro de los jóvenes gays es Álvaro, que es muy amigo de Angie y que, según ella, posee una gran inteligencia emocional. Tatán contó su aprendizaje para confeccionar vestidos de novia, mientras varios de ellos se arreglaban con maquillajes y tomábamos un combinado.
Salimos de esa casa y nos dirigimos a tomar locomoción. En el trayecto entramos a un boliche porque Hernán quería comer un sándwich. Él trabaja en TV13, y relató experiencias de los realitis tras las cámaras. En el paradero había un grupo de muchachos punks. Tomamos un taxibus que nos llevó hacia la plaza de Viña. Arribamos a la disco gay Zeus justo cuando salía a tomar taxi un transformista con unos suecos enormes que iba a actuar a otra disco que se llama Pagano (que es como la Blondie, según Angie). Entramos al local, subimos un rato al segundo piso, y luego bajamos a la barra. Estaba repleto y el ambiente era sofocante. En ese lugar hay mucho roce, besos, caricias; se vive una atmósfera de liberación y respeto a la vez. De pronto apareció Italo Pasalacua con su pololo viñamarino, un lolo de unos 20 años, bonito, de pelo largo y cuerpo de gimnasio. En otro momento llegó una chica que se puso a conversar con Tatán; es lesbiana y pinochetista (¡!). Me saludó y cachó al vuelo que yo no soy gay, y me preguntó: ¿Tú eres hétero? Después de mi respuesta afirmativa me interrogó sobre mi percepción del lugar. Ella pensó que yo estaba incómodo por estar rodeado de gays; le aclaré que mi desagrado era con el exceso de gente, pero no con la condición de ellos. Desde entonces, cada vez que nos topábamos me decía: "mi amigo hétero". A ella no le gustan las discos hétero porque "están llenas de tipos machistas". Me extrañó que fuera de derecha, ya que ese sector político es el más discriminador en el tema; se ve que primó su condición socio-económica por sobre su identidad sexual.
Cuando ya estábamos por irnos, se produjo una escena de celos entre Tatán y David, en la que intermediaron Álvaro y Hernán. Paralelamente, Vicente (Vicho) estaba atracando con un tipo, por lo que tuvimos que esperar por un buen rato para que nos llevara en su auto. Este tipo vive y trabaja en La Ligua, y tanto ante su familia como en su entorno laboral (construcción) tiene que fingir su orientación y aparentar ser hétero. Angie se hace pasar por su polola.
Me llamó la atención un atraque apasionado entre dos hombres con aspecto muy "viril": pelo corto, con ropa bien masculina, cuerpos de gimnasio, peludos, etc. También me fijé en una pareja de mujeres que se besaban mientras bailaban; en un instante se les acercó un muchacho –que hace un rato ya había visto besarse con otro hombre- y se puso a besar con una de ellas. Otro caso: una chica iba con un tipo y pasaron al lado de la barra; ella se quedó mirando con un joven y al cabo de unos segundos comenzaron a besarse. Luego, ella se fue con los dos.
Había un par de transformistas con muy buen "lejos"; se veían más ricas que muchas mujeres. Una de ellas se dio cuenta que la estaba mirando, y creo que me hizo "ojitos". Yo me corté enseguida y dirigí mi vista hacia otro lado. Esa noche bailamos con Angie y nos besamos un par de veces.

jueves, septiembre 11, 2003

1.11 De Pichasca a Pichidangui

07/09/03 (19:20)
Partí para Ovalle y pasé por Samo Alto –capital de la comuna de Río Hurtado- y por el embalse Recoleta. En el vado de Huampulla me acordé de Lucrecia, pues ella me dijo que le gustaba porque allí hay unos álamos. Llegué a Ovalle como a las 16:15 y me puse a buscar la oficina de la señora Mirta, presidenta de la Asociación de Comunidades Agrícolas del Limarí. Como era tarde y tenía que resolver el asunto del alojamiento, no insistí en la búsqueda y compré algunos víveres. Me dirigí a la salida oriente y aparecí en el balneario de El Peñón, junto al río Limarí. Era el viernes 29 de agosto. Acampé en un sitio para picnic y me acosté temprano. Como a medianoche desperté con la música sound de un recital que había no muy lejos. En la mañana tomé desayuno y le convidé pan a una perra negra y su pequeño cachorro. En otro sitio se levantó un joven con gorro que me saludó con la mano. Pasadas las nueve de la mañana llegó un auto con un hombre, niños y adolescentes. Luego se les unieron otros adultos, todos bien vestidos. Eran adventistas e hicieron juegos, representaciones de temas bíblicos y prédicas. Una lola se acercó y me regaló un marca libros y, después, cuando me marchaba, una niña me regaló un paquete con galletas y trozos de queques que ellos tenían para celebrar el cumpleaños de los niños que habían cumplido años desde enero hasta agosto. Ese alimento me vino muy bien para el viaje. Después de un recorrido, arribé al embalse La Paloma. Paseé por encima de su barrera y vi cómo llegaban familias en auto para hacer picnic. Al almuerzo estaba en Monte Patria, en cuya entrada había gente vendiendo pejerreyes argentinos. En esa ciudad fui a un par de supermercados y me senté en una silla con mesa a la salida del segundo, para prepararme unos emparedados. Había un perro blanco con manchas negras al cual le di unos bocados. Por la radio del pueblo tocaron un tema sound de un grupo "Hechizo" que me hizo acordarme de Lucrecia: "Romance ilegal". En otro momento escuché a un tipo explicar que había un tipo de cueca más rápida y valseada, que se baila en argentina y algunos lugares de Chile. Proseguí mi camino y atravesé la localidad de El Palqui, en donde había una murga ensayando. Pasando Guatulame, me topé con un estero, sobre el que cruza el puente Cárcamo. A un lado hay árboles y pastizal, en donde puse la carpa y preparé comida. Estaba lleno de grandes zancudos, algunos de los cuales cayeron en la comida y el té. Mientras dormía desperté con la música de una fiesta, en la que tocaron cuecas valseadas –medio cumbiancheras-, música mexicana y al grupo "Amar Azul". Reconocí la voz de un cantante de rancheras que imitaba Jesús en Totoral. En la mañana observé en apareamiento de algunos zancudos mientras deshacía la carpa. Siguiendo el viaje, pasé por Chañaral Alto y luego vi las playas a orillas del río Cogotí, en una de las que había un puente colgante. Antes de llegar a La Ligua Baja, me metí hacia el embalse Cogotí y llegué hasta donde comienza. El paisaje es muy bonito y hay rebaños de ovejas pastando en los alrededores. Me devolví un poco y acampé en un bajo, cerca del río; como el día estaba bonito, me bañé en él hasta el atardecer, en que el reflejo del sol en el agua le daba un toque sobrecogedor al momento. Me sequé y armé una fogata en la que preparé comida y té. Hice un "radier" con tierra en una quebradita y puse la carpa bajo un árbol. Se escuchaban los gritos de los pastores que a caballo arreaban las ovejas, junto con sus perros.
Al otro día, atravesé La Ligua Baja y luego subí la cuesta de Las Coloradas, desde donde se puede ver el embalse. El resto del camino a Combarbalá está lleno de cuestas y quebradas, y de vestigios de antigua actividad minera. A la ciudad se llega por una bajada y se entra por un camino de tierra en donde están los locales en que se vende artesanía en combarbalita. Una vez en la plaza, fui al BancoEstado a sacar plata. Más tarde, me comí un completo y compré víveres y un rollo fotográfico. Llené los estanques de agua y quedé listo para reiniciar el viaje cuando eran como las 15 horas. Desde Ovalle a Combarbalá se ven muchas mujeres atractivas.
Avancé por un plano y antes de comenzar el ascenso de la cuesta La Viuda, un campesino a caballo me preguntó si había visto burros en el trayecto. Subí la cuesta y en el portezuelo tomé una fotografía panorámica hacia el oriente. Inicié la bajada, por camino de asfalto, y como a las 17 horas, paré a tomar una foto a un rancho muy bonito, en que resaltaba una roca y un árbol. Continué un poco y, al llegar a otro ranchito, ingresé por el portón y arribé a un casita con corrales. Le pedí permiso a una señora para acampar a la orilla de un estero. Mientras me acosaban chanchos y chivitos, ella me explicó que arrendaban ese pedazo de tierra a un fundo particular.

08/09/03
(18:15)
Esa noche dejé la bicicleta encadenada sobre un árbol.
A la siguiente mañana, cuando bajaba la cuesta, me pasaron varios vehículos con gitanos, que después encontraba parados a orillas del camino, pidiendo agua en una casa, comiendo o en otras actividades. Nos saludamos en más de una oportunidad. En el poblado de Los Pozos se acabó el pavimento y me tocaron unos siete kilómetros de camino malo, con mucha piedra, cruces de agua y viento en contra. Al acercarme a la localidad de Canela se fue cubriendo con niebla e hizo frío. En Canela Alta compré algunos víveres y la señora que atendía me preguntó de a dónde venía y hacia qué parte me dirigía. Se sorprendió con mi relato. El paso por Canela Baja fue grato, por el bello paisaje y la vista de una hermosa lola colegial. Más adelante me tocó algunas cuestas y un poco de garúa. Aparecí en la Panamericana y enfilé hacia el sur en busca de la Caleta Mansa. Como en ese lugar hay un santuario dedicado al padre Hurtado, me pasé de largo y llegué a Huentelauquén norte. Ya que eran más de las cinco, me metí por un callejón hacia el mar. Crucé un portón abierto y seguí por una huella entre el pastizal. Se veían rebaños y una que otra casa. Me topé con unos niños que regresaban de su jornada escolar a sus hogares y los acompañé para hablar con sus padres. La mamá es una mujer de pelo negro, en algo parecida a Damaris, pero con menos dientes. Le conté mi situación y expresó que no había problema para acampar cerca de la casa, y que podía ocupar la cocina para calentarme agua. Pero que debía esperar a su marido, para que él diera la autorización. Ella me explicó que esos terrenos eran de una comunidad agrícola; que su marido es nieto de una señora que tiene derechos de comunera. Ellos sólo tienen animales, porque la tierra no es fértil para cultivarla. Su marido trabaja de jornalero en una obra en el pueblo. Me habló de un tipo que es comunero pero muy egoísta; que tiene muchos animales y vive en una pensión en el pueblo. Tienen agua potable pero no electricidad. Ven televisión con una batería de camión que deben recargar cada 10 días aproximadamente. Ella me dijo que el perro galgo era para cazar liebres y conejos, y que encontraba mejor la carne de los últimos. Según relató, hay personas que cazan coipos en los ríos.

10/09/03
(13:10)
La señora me habló de un cantante de música mexicana que responde a las características que yo le relaté; su nombre es algo así como Darío Gómez. Cuando llegó su marido, le expliqué que deseaba poner la carpa cerca, para no tener que ir hasta la playa. Él me dijo que lo mejor era que fuera hacia allá, porque hay una casa abandonada en donde yo podía colocar la carpa. Me señaló que no me demoraría más de 15 minutos y que tuviera cuidado con las espinas de los cactus. Aunque fue siempre amable y se hizo corroborar por un viejo a caballo, se notó que no quería que yo acampara cerca de su casa. Su mujer se había entrado, con la excusa de que debía preparar la cena. Los hijos también se callaron. Partí hacia la costa, pero como estaba oscureciendo, me quedé en un sitio que estaba no muy lejos de la casa, el cual lo conformaban las ruinas de unas pircas y una mata de cactus. Luego de despejar el terreno de las piedras y espinas, instalé la carpa. Por la mañana caminé con la bicicleta al lado hasta la carretera, compré algunos víveres para el camino y enfilé hacia el sur. A la hora de almuerzo llegué al balneario de Los Vilos. En la Copec de la entrada, llené los estanques con agua. Fui por el camino principal y llegué a la Costanera; seguí por la izquierda y arribé a la caleta Las Conchas. De regreso, paré en una pérgola para comer unas empanadas de mariscos con queso derretido. El boliche se llama D’ javú y la dueña es una señora de unos 45 años, que me contó algo de su vida. El marido la dejó por otra hace unos años, y ella ha "luchado" por mantenerse y darle educación a sus hijos: uno estudia arquitectura y el otro pedagogía en La Serena. Uno se fue a Perú a un campeonato de judo. También tiene una hija. El local lo instaló en el verano pasado y asegura que es rentable; que vende mucho en vacaciones y poco en invierno, pero que se compensa. Allí atiende una lola alta, bonita y de buen cuerpo, pero que no era buena para la conversa. En el boliche de al lado había una morena con la cual nos sonreímos un par de veces. Las empanadas estuvieron muy ricas –le comenté-, nos despedimos y continué el viaje. Entre Los Vilos y Pichidangui hay varios balnearios con casas muy grandes y lujosas, construidas sobre playas y acantilados. Llegué a Pichidangui al anochecer y arribé al muelle cuando ya estaba oscuro. Ahí conversé con un lugareño, que me explicó que podía acampar en la playa y hacer fogata sin problema. Estábamos al costado de la caleta, y de pronto un joven que andaba con su pequeño hijo me preguntó que de dónde venía. Le hice un resumen de mi experiencia, y le pregunté si conocí a Rodrigo Rivas. Él no lo ubica; y yo le conté que era mi compañero en Periodismo en la UC. Él resultó haber sido compañero de colegio del Lito Montes, y estudió Periodismo en la U de Chile. Es muy amigo de la Silvia Carrasco y, a través de ella, conoció a Pablo Álvarez. También tuvo un cuasi romance con la Marcela Corbalán.

11/09/03
(12:25)
En el muelle de Pichidangui había un tipo algo chalado, que andaba con un saco y que me decía que se podían hacer buenos negocios. Era un hombre de la calle conocido como el "Cachicho", que me preguntó si yo andaba solo. Le respondí que sí, a lo que él replicó: tú no andas solo, pues te acompaña Dios (¿?).
El joven que me invitó a la casa de sus abuelos es Ernesto Ayala, nieto del empresario que fuera pdte. de la Sofoca y de la CMPC. Me presentó a su pequeño hijo Ernesto, a su hijita Josefina, a su esposa Ximena y a la nana. Me duché y luego me hizo pasar al living, en donde me convidó una cerveza y cosas para picar. Después pasamos al comedor, a servirnos unas empanadas, ensaladas, y pescado que había capturado él y su hijo en bote. Utilizaron lienza y de carnada pusieron huevos de loco. Ernesto me contó que estaba escribiendo una novela acerca de una relación entre una mujer de 36 y un hombre de 22 años. Antes había escrito un libro por encargo, sobre el crimen de una niña. También había hecho un libro con varios cuentos. Coincidentemente, también estudió Ingeniería en la Católica antes de entrar a Periodismo. Además, hace clases en la Universidad Adolfo Ibáñez. Dijo que mi manera de ser le recordaba a Pablo Hunneus hijo, el que estudió un tiempo teatro en la Católica. Ximena trabaja para la revista Ya y también colabora en la revista del Domingo en Viajes. Me preguntó cuál era el motivo para hacer el viaje en bicicleta, y le contesté que era para conocer y percibir en una forma muy directa los lugares que iba conociendo, y porque a mí me gusta pedalear. A Ernesto también le encanta hacer trayectos en bicicleta por montañas y quebradas –se ha metido por Río Hurtado- tanto como el excursionismo y escalar cerros. Instalé la carpa en el patio, encadené la bici a un árbol, y dormí tranquilamente. En la mañana escribí un poco y luego apareció Ernesto para que fuera a tomar desayuno. Una vez terminado, me despedí de todos, intercambiamos e-mails y teléfonos, y reanudé el viaje.

viernes, septiembre 05, 2003

1.10 De La Serena a Pichasca

Coloqué la bicicleta en el maletero del bus y me fui a Paihuano. El camino no era lo empinado que yo me figuraba, y la pendiente es más bien suave. Bordeamos el embalse Recoleta y el día se despejó. Llegué a Paihuano como a las 14 horas, puse el equipaje en la bici y comencé a buscar la casa de la mamá de Carmen Gloria. Antes, compré plátanos en un almacén. Como la dirección no la hallaba, le pregunté a una niña que andaba en bicicleta. Ella, con otra amiga que llegó, me ayudó a dar con la casa, que no era la 137, sino la Nº117. Golpeé la puerta y salió Fernanda, la hermana menor de Carmen Gloria.
(09:40)
Le expliqué la situación y me hizo pasar por el portón. Luego apareció su mamá y repetí la historia. Me pasó a la cocina y me dio una ensalada para almorzar. Luego tomé algo caliente y seguimos conversando. Me contó que ella no estaba enojada con su hija, sino que era Carmen Gloria la que se molestó porque a Gloria ya no le agrada Claudio. La invitó a pasar unos días en vacaciones, pero sólo a ella y los niños. Dijo que en un comienzo ella se llevaba bien con su yerno, pero que con el tiempo él la decepcionó. Me invitó a darme una ducha y a alojar en la pieza para los visitantes. Es un cuarto amplio, bonito, con escasa decoración, y en una mesita al rincón hay una fotografía de Sai Baba.
Gloria fue muy acogedora y cariñosa conmigo. Me dio propóleo para mejorar mis defensas, y me enseñó a hacer un pan indio que se llama chapati. Dijo que me enseñaba porque tenía condiciones y paciencia, según mi signo géminis. Ella es libra, y congeniamos bastante. Su primer marido fue militar y es del Opus Dei, y ella estaba hecha una geisha. Se aburrió de eso y dejó todo para irse al Elqui. Llegó con la intención de hacer un periódico –ella estudió Comunicación Social en el Instituto de Mónica Herrera- y un tipo le pasó la casa e invirtió en el proyecto. Me confidenció que el gran amor de su vida fue un muchacho 14 años menor que ella: él tenía 22 y ella 36; de esa relación nació Fernanda, que hoy tiene 17 años. Después conoció a un holandés, que fue su segundo marido. Con él tuvo un restaurante y también vivió en Holanda, en una casa flotante. Él viajó en bicicleta desde Tacna a Santiago en cuatro semanas (70 km diarios), y había estado en China y otros países. El recorrido lo hizo a los 38 años. Ahora están separados, pero son muy amigos. Él es voluntario del Cuerpo de Paz en Colombia y se dedica a sanar a los niños heridos por la guerra de guerrillas. Gloria tiene 54 años y se mantiene bastante bien: lleva una dieta sana y hace meditación todas las mañanas. Fernanda no va al colegio, pero da exámenes libres una vez al año. Ahora está en Tercero Medio. Gloria insinuó que yo le recordaba tanto a su gran amor (al papá de Fernanda), como a su marido holandés. Le ayudé a limpiar y reparar una licuadora, y me dio un yogurt de soya. Cooperé pelando nueces, con las que preparó una mermelada de alcayota. Lavé la loza y le ofrecí mi colaboración en lo que quisiera.
(22:00)
Gloria señaló que yo parecía brasileño y judío. Al día siguiente salí como a las 11 horas en la bicicleta, pero sin equipaje, hacia Alcoguaz, a la casa de una pareja, amigos de Gloria. Pasé por Monte Grande, Pisco Elqui, Los Nichos, Las Placetas y Horcón. Demoré dos horas y 45 minutos. Casi todo el camino fue de subida, y desde Pisco es de tierra. Me recibieron Remi y Paulina, que tienen un hijo de unos cuatro años. Él es francés y ella estuvo exiliada allá, pues sus padres son comunistas. Remi trabajó en un banco, en donde ahorró la plata para venirse a Chile. En Francia hicieron juntos un recorrido en bicicleta de unos 1.000 km, y Remi hacía largos viajes en los que comía mientras pedaleaba. Llegaron hace 15 años, y en un comienzo vivían en una pieza con baño y cocina en el mismo ambiente. Después construyeron su actual casa, de dos pisos –arriba es un taller- y desde hace cuatro años Remi está construyendo una casa con forma de cohete en espiral. Al lado tiene la cocina-comedor-baño-bar, en una construcción ovalada. Usa cemento mezclado con adobe, arcilla y tierra de color. La estructura de la torre es de fierro, por lo que ha soldado mucho, lo que tiene a Remi con algunos problemas de salud. Gloria me contó que ellos pintan, bailan y hacen aikido. Remi me relató que para Paulina ha sido difícil el retorno, porque a ella la rechazan tanto los "momios" como la gente de la izquierda partidaria, que esperan de ella una cierta militancia o le dicen que en Francia vivía bien mientras ellos padecían la dictadura. Me expuso la historia de una señora –que estaba allí cuando yo llegué- que había sido pareja de un mirista que mataron para el golpe. Posteriormente ella trabajó para los militares, los cuales la convencieron de que ellos eran los "buenos". Ahora que hay posibilidades de reparación económica, ella se inscribió para recibir una indemnización por la muerte de su esposo. Almorzamos pescado con quinoa y ensalada. Remi preparó un gran pan, al que le puso una cucharadita de cloruro de magneso (creo), con harina integral. Me dijo que en ocasiones compran los granos de trigo y ellos mismos lo muelen en una trituradora metálica. El terreno está lleno de árboles frutales, entre los que vi un nogal, naranjo y níspero. La otra construcción es una especie de templo-sala de exposiciones, que en el techo tiene una obra hecha con resina y trozos de madera, en espiral, para que el agua de la lluvia escurra hasta una pileta en el centro. Para los revestimientos, inventó una mezcla de cemento con arcilla, para soportar el inmenso frío producto de las nevadas en invierno. Este año me dijo que nevó en junio, y que la temperatura llega varios grados bajo cero. Subimos por las escaleras hasta el cuarto piso del "cohete" y me mostró unos mosaicos hechos en el suelo. Me arrepiento de no haber tomado fotografías del lugar. Le ofrecí mi ayuda para trabajar un tiempo el próximo año, pero él dudó que yo me la pudiera cargando sacos de cemento. Intercambiamos coordenadas y emprendí el viaje de regreso a Paihuano.
Bajé velozmente, me demoré una hora y media y llegué pasaditas las 19 horas. Gloria sacó la cuenta con los números de mi fecha de nacimiento y dijo que yo era número 11, lo cual es un signo de sabiduría, de tener pasta de maestro…(¿?) Indicó que yo debía asumir mi "misión" y seguir adelante en mi proyecto. Miró la palma de mi mano derecha y sentenció que yo sería bueno para hacer Reiki y masajes. Por la mañana, antes de partir, me regaló tres paltas, unos higos secos, mermelada de alcayota, miel, pro-póleo (en un frasquito con gotario) y masa para hacer chapati.
Pedaleé hasta Vicuña, en donde me compré un pastel, tomé una bebida y compré paté y pan. Casi justo al mediodía estaba tomando el camino hacia Río Hurtado.

05/09/03
(11:35)
Luego de un trayecto plano, entre arboledas, comenzó una cuesta –todo camino de tierra- que tuve que realizar caminando. Iba sin polera y transpirando; de pronto tuve la "visión" de que en una vida pasada había sido un esclavo que trabajaba duro a pleno sol. Gloria me habló de un par de regresiones que había hecho como parte de terapias. Más allá de que si realmente existen la reencarnación y las vidas pasadas, lo importante es que la imagen que se vive, la historia que se cuenta, sirve para quedar tranquilo. Una señora tenía horror a que le pusieran la mano o le taparan la nariz. En la regresión tuvo la visión de que había sido una egipcia, que murió sepultada por la arena en una tumba faraónica. El otro caso fue el de una mujer que perdió a sus dos hijos, por una extraña enfermedad, de manera seguida. En la regresión, ella visualizó una guerra en la que sus dos hijos murieron en combate, sin que ella pudiera ver cuando ocurría. En esta vida se le había dado la oportunidad de verlos morir. Con eso calmó su pesar; conoció a su nueva pareja, con la cual tienen una niñita.
Bajada la cuesta, viene la ascensión por una quebrada, con suave pendiente. Pasé por el lado de un ranchito y, más adelante, crucé con un camión, cuyos ocupantes me saludaron. Al mirar a las cumbres, me pareció ver la esfinge de un rostro parecido a Carlos Marx. Un tramo más arriba, cuando eran como las 14 horas, paré en la sombra de un árbol para prepararme el almuerzo. Hice fuego, cociné en la olla y me hice un té con higos. El lugar era ameno, con una alfombra de pasto, rodeado de piedras y cactus. Cuando fui a tomar una fotografía para el registro, me di cuenta que justo quedaba en el recuadro la cara de Marx.
Tipo 16 horas proseguí el viaje. Luego de la quebrada se inició otra cuesta que también hice a pie. Cuando iba subiendo, pasaron a mi lado una camioneta cargada, y dos jeep con extranjeros. Después de la cima, viene una bajada suave que pasa al lado de un fundo con vides. Un tractor llevaba a los jornaleros de regreso a la casa del administrador. Antes de llegar a la entrada, salió un tipo en moto. Seguí bajando y paré en una curva, en un costado de la quebrada. El agua pasaba por una cañería. A ambos costados habían ranchos. Bajé a las ruinas de una casa de adobe y coloqué la carpa entre una pirca y un árbol de espinos. El anochecer fue precioso, con el cielo rojizo, vista al observatorio del cerro Tololo y, a mis espaldas, las cumbres con nieve. El amanecer también fue maravilloso.
Levanté el campamento y continué; pasé el puente Pangue, subí una pequeña cuesta y al otro lado, luego de una bajada, había un ranchito con muchos animales. A continuación, había una última subida, con una panorámica muy bonita. Llegué a la cima, al portezuelo –me arrepiento de no haber tomado una foto- y se veía todo el camino que había hecho. La bajada es empinada, con muchas curvas, y de unos 12 km; se pasa cerca de varios ranchitos, un paisaje que recuerda las películas sobre Heidi. En una de esas se cayó el bolso de cuero, y tuve que amarrarlo con la goma a la parrilla delantera. Llegué a Hurtado y compré una bebida en un boliche. El caballero me contó que había hecho el servicio militar en Arica. Bajé por las sinuosas calles de tierra, rodeado de hermosos parajes, y almorcé bajo unos árboles, al costado del camino. Seguí descendiendo; pasé Morrillos en donde escuché los loros tricahue –que creía eran cuervos-, luego Serón. La bajada se combinaba con pequeñas subidas, todo en curvas, siguiendo las oscilaciones de la montaña. Llegué a Fundina y se pasa por varios vados. Finalmente arribé a Pichasca, en donde paré en una casa que tenía a algunas señoras sentadas en su patio delantero. Pregunté por Allan y me dijeron que era su vecino, pero que a esa hora estaba en la escuela. Avancé hasta allá y me contactaron con él; me reconoció de inmediato, pero pensó que yo era ingeniero. Me presentó a su polola Julia, y a un joven alemán que está realizando trabajos voluntarios: Oliver. De ahí caminamos a su casa, y me acomodaron en una pieza-estudio. Era el 26 de agosto.
(14:45)
Esa tarde-noche conversamos bastante. Recordamos la época de los trabajos voluntarios (1986) y de la campaña del NO (1988). Me refirió su trabajo en la comuna, a la cual llegó hace cinco años, después de su regreso de Alemania. Su tesis de magíster fue un análisis comparativo entre el valle del Elqui y el de río Hurtado. Es presidente de la junta de vecinos hace como cuatro años, y es profesor de la Escuela para Adultos. Además está a cargo de un proyecto para reciclar y reutilizar el agua en el colegio. También organiza actividades sociales y anima eventos. Esa tarde llegó Lucrecia, una muchacha de 25 años que estudió sicología en la universidad de La Serena. Ella trabaja en un proyecto de la municipalidad y el ministerio de Educación para integrar a los niños con discapacidad al sistema normal. Ella me recordó a Viviana (San Pedro) y yo le recordaba a un amigo. Me agradó, pero no tanto como para imaginarme algo. Ella pololea hace cinco años con Enrique, que trabaja en Illapel. Creo que comparten un depto. en La Serena. Lucrecia nació en Salta, Argentina, ya que su papá fue exiliado. Él es dibujante técnico y trabaja en El Salvador. Coincidimos en que ella es de signo géminis, al igual que su hermano mayor, y su madre es leo y su papá es cáncer (igual que los míos).
La polola de Allan –Julia- cumple 27 años este 2003. Ella es oriunda de Pichasca y ha combinado sus estudios medios con trabajos en distintas partes: planta de pisco, Santiago, La Serena, etc. Su especialidad son las hierbas medicinales, y me contó que sufrió hipertiroidismo, lo que la ponía muy nerviosa. A ella le gustaría tener hijos, pero Allan dice que está muy viejo. Es delgada y con nariz aguileña; aunque no es muy bonita, tiene atractivo y simpatía. Cuenta con esa sencillez que me hizo recordar a Irma.
(22:30)
En el segundo día en Pichasca, amasé lo que me regaló Gloria y le agregué nuez molida. Cuando estaba en eso, apareció Lucrecia, y comenzó a ayudarme en la preparación de los panes indios. Para la once teníamos hechos varios y los compartimos con Allan y Julia. Al rato llegó Denis, un tipo lugareño, algo menor que yo, que se dedica a cuidar un recinto que usan los curas para hacer sus retiros. Uno de los temas de conversación fue el de los fenómenos paranormales. Allan relató que en su niñez con su hermana veían un hombrecillo que en las noches les bailaba vestido de marinero, hasta que un día al dar un giro, reapareció como un anciano con un bastón, que les decía adiós. Denis contó que en una oportunidad levitó con cama y todo, y que de pronto cayó de golpe. Dice que un amigo fue testigo de ello. También recordó que cuando niño ayudaban a su padre a trabajar en un pique minero, y que dormían en unas colchonetas en las que se acurrucaban culebras debajo de la almohada. Lucrecia expuso el caso de una tía que nadie sospechaba que tenía una historia oculta, pues era profesora. Resulta que había estado casada con un sádico, y para librarse de él tuvo que arrancar sin poder llevarse a sus pequeños hijos. Pasaron los años, y ya de adulta, su hija se suicidió.
Allan y Julia se fueron a dormir y Denis se quedó hasta que se acabó el vino. Nos trasladamos al living y la cosa comenzó a alargarse. Ya a esa altura me parecía que Lucrecia estaba interesada en mí, pero con Denis presente, no había nada que hacer. En una de esas, ella se sentó a mi lado en el sofá, y ese gesto de cercanía reafirmó mi sospecha. Cuando por fin Denis se despidió, ya eran como las dos de la mañana. Se fue sin contarnos esa cosa secreta que lo atormentaba. Una vez solos, con Lucrecia nos recostamos frente a frente, mientras escuchábamos los temas de un español. Luego de mirarnos a los ojos, tomé su mano, y ella también me acarició. Luego, me la cogió y se la puso bajo la chomba, para que sintiera los latidos del corazón. Yo la abracé y le hice cariño. Le pregunté que desde cuándo había tenido ganas de que la tocara, y me respondió que desde que conté las historias de mis amores platónicos y frustrados, que había tenido desde mi niñez. Agregó que le encantaban mis manos grandes y de dedos largos. Yo señalé que me gustaba su suave piel y su cuerpo delgado y bien proporcionado. Ella me llevó a su pieza y nos echamos en su cama; ahí nos besamos y empezamos a sacarnos la ropa. Cuando estábamos desnudos y abrazados, le pregunté si había visto la película "Los puentes de Madison", con Maryl Streep y Clint Eastwood. Ella dio un grito de asombro y afirmó que era una de sus películas favoritas, y que había llorado al verla. Después, me vestí y traje la miel desde la cocina. Nuestros cuerpos se acoplaban muy bien y me gustó mucho abrazarla por atrás y poner mis manos sobre su vientre, con las de ella cubriéndolas. Dijo que en la tarde, al ver mi cuello por la camisa, había tenido curiosidad de saber cómo era mi pecho, y que al tocarlo le había gustado. Creo que dormimos sólo un par de horas hasta que se tuvo que levantar. Ella se fue a trabajar y yo volví a dormir. Después de almuerzo me puse a hacer la masa para el chapati, con el higo que había rayado la tarde anterior, cuando conversábamos con Denis. Cuando dejé reposar la masa llegó Lucrecia y estuvimos un rato juntos hasta que la pasó a buscar el colectivo que la llevaría a Ovalle. Antes de eso intercambiamos números telefónicos y le di mi e-mail. Previo a la despedida, me tiró la talla de que por qué no arrendábamos una casa juntos en Pichasca; yo le contesté que prefería ser sólo visita. Esa tarde tomamos once con Allan, Julia y luego apareció Denis que llegó con una caja de vino para reponer la que se había tomado. Más tarde, Allan me invitó a su pieza a ver fotografías de su estadía en Alemania. Se veía muy diferente sin bigotes y con el pelo largo. También me habló de sus crisis de pánico y de los tratamientos que realizó. Me explicó cómo habían sido las heridas que le hicieron los pacos, y las secuelas que tuvo. Intercambiamos teléfonos y correos electrónicos.
A la mañana me puse a arreglar las cosas para irme a Ovalle. Tuve que rearmar la alforja delantera, y todo estuvo listo como a mediodía.

jueves, septiembre 04, 2003

1.9 De Carrizalillo a La Serena

Camino a Punta de Choros paró una camioneta roja, doble cabina, que atrás llevaba a dos jóvenes y dos niños. Eran de Vallenar, venían de Caleta Chañaral y andaban paseando a un par de viejos de La Unión. Una vez arriba, me tocó ir saltando todo el camino, pues estaba lleno de calaminas y montículos. Primero pasamos a una playa que está al norte de Punta Choros y en donde hay una pequeña isla. También había un grupo de cabañas y un par de campistas guardando sus cosas. De ahí nos fuimos a Punta Choros, dimos un recorrido por el lugar y fuimos a conocer la playa que está al sur del balneario. También habían cabañas, y estaba estacionada una casa rodante. Finalmente me dejaron en el centro del pueblo. El caballero que manejaba me regaló un par de naranjas del valle de Vallenar, que estaban muy dulces y jugosas. Además me convidó un vasito con agua ardiente de su localidad, la que estaba bien aromática. Al saber que yo venía pedaleando desde Arica, me dijo: "¿Usted es bruto?", y se rió. Bajamos la bicicleta, me desearon suerte y se marcharon. Uno de los niños era un gordito, colorín y pecoso, que cuando supo que había estado en bahía Carrizalillo, aseveró que se llamaba Caleta Mamani, y que en esa localidad cuentan que uno de los Mamani tuvo un hijo con su mamá, debido a la ausencia de su padre.
En Punta Choros bajé a la playa La Barranca y acampé al costado sur, para protegerme del viento. Armé la carpa e hice una fogata para prepararme una sopa. Cuando ya estaba oscuro, me di cuenta de que estaba rodeado de grandes chanchitos de playa, los cuales eran como los de tierra, pero blancos y medio transparentes. Se movían siempre hacia la luz, y también rodearon la carpa. Cuando ingresé a ella con el farol, se escuchaba cómo se metían por debajo del suelo de la carpa, ya que producían mucho ruido.

01/09/03 (09:20)
En Punta Choros sólo estuve esa noche, ya que me pareció muy taquillero. Por la mañana fui a comprar cosas a un almacén, y la señora que atendía me llamó la atención por botar mi basura en su canasto, que para eso habían botes grandes en las calles. Le di las explicaciones del caso y me pareció pesada-mañosa.
El camino hasta la carretera fue agradable; primero circulé por un llano –que se me figuraba la pampa argentina- hasta Los Choros, en donde comenzó una leve pendiente que ascendía la quebrada. Lo bueno es que llevaba viento de cola. Paré en una meseta, y me metí entre unas matas para cagar; allí me percaté de que habían flores rojas, violetas, blancas y amarillas. Luego de pasar por cuestas y bajadas –todo de tierra- y de atravesar unos bajos con ojos de agua y unas majadas, llegué a la carretera. Avancé algunos kilómetros, hasta dar con el empalme que va a la mina El Tofo. Giré hacia el oeste y avancé un par de kilómetros por un camino de tierra en un plano. Topé con la montaña y comencé a subir una cuesta bastante empinada. La hice completa a pie, pues andaba con los cambios malos. Daba varias vueltas, y crucé un ranchito, un rebaño de ovejas y construcciones abandonadas de la mina. Por entre los montes bajaba una espesa niebla, que venía de la costa y se dirigía al interior. Más arriba están los atrapanieblas, que funcionan desde 1990 más o menos. Al encontrarme en la cima, sólo se veía el comienzo de la bajada, ya que todo estaba cubierto de una espesa niebla blanca. Me abrigué harto e inicié el descenso; una larga bajada de tierra con muchas curvas y vados. Todo se veía muy verde y con harta vegetación, y se escuchaba el canto de una gran variedad de aves e insectos. Cerca del final de la bajada, se vieron cabras y unas majadas. Topé con un camino que llevaba, a la derecha, a la Caleta Chungungo. Bajé otro poco y di con un letrero que indicaba que a la izquierda estaba La Dársena. Tomé la derecha, subí por un camino de tierra y arribé a una plaza con pérgola. Al frente había luz y música en una sede social. Avancé por esa calle y le pregunté a la señora de un restaurante si ubicaba a Fresia Rivera. Me contestó que sí, pero que ella no estaba; que vivía en una casa que estaba cruzando la calle, al lado de un almacén. Entré en éste y compré víveres. Le pregunté a la mujer que atendía hacia dónde quedaba la playa, para irme a acampar. De regreso, pasé a la sede vecinal y pregunté si podían venderme un té; estaban haciendo papas fritas, para reunir fondos para las actividades de fiestas patrias. Había un par de mujeres muy bonitas, que estaban con sus guaguas; habían otros adultos, y varios niños. Estos fueron los únicos interesados en conocerme, además de un pescador que es solterón, y que prefiere pagar putas ya que las mujeres siempre lo engañan. El resto era muy indiferente. Me puse a conversar con un caballero que resultó ser el presidente de la junta de vecinos. Habían remodelado la sede con un proyecto del Fosis. Me contó que el agua potable de los atrapa-nieblas ya no daba abasto, porque la caleta había crecido mucho; que ahora dependían de los camiones de agua potable de la municipalidad de La Higuera. Los atrapa-nieblas (90) los dejarán para uso del turismo. También me dijo que en agosto habían tenido el Día de la Montaña, en que todo el pueblo se iba a otro lugar a festejar. Al final de la velada, me ofreció el patio de la sede para que pusiera la carpa, el cual contaba con baño independiente. Además me contó que antes funcionaba una máquina de fierro de 40 metros de alto, con la que llenaban los barcos con mineral de hierro de El Tofo. La mina cerró y vendieron la máquina como chatarra (fierro viejo).
A la mañana siguiente (19/08/03) levanté campamento, fui a comprar víveres y tomé una foto panorámica desde la salida de Chungungo.

20/08/03 (08:07)
Ayer salí a mediodía de Chungungo. Tomé una fotografía a la salida del pueblo y caminé toda la subida. En la cima de un cerro había un tipo sentado que me saludó. Me preguntó si me dirigía a la carretera; me advirtió que me tocaría harta lucha, y me aconsejó que esperara un "cacharro". Tenía fijado el piñón en el Nº4 y cambiaba los platos. Las subidas las hice a pie. El paisaje es bonito, con montañas hacia el este y océano hacia el oeste. Todo está cubierto de verde, con arbustos, pastos y flores amarillas, violetas, rojas y blancas. La niebla se desplaza, el viento corre helado y el sol aparece a ratos. Paso cerca de algunas majadas y cruzo vehículos cuyos conductores me saludan. Las playas no tienen arena y el verde llega hasta la misma orilla; paso las caletas Temblador y Totoralillo. Atravieso un mirador desde donde se disfruta la vista de una pequeña isla. Cuando faltan unos 10 o 12 km para llegar a la carretera, pasé por el lado de un rebaño de cabras, guiado por unos pastores que gritaban diferentes voces. El lugar, encajonado en unos montes, producía múltiples ecos. Arribé a la panamericana como a las 15:15 horas; bajé una cuesta y llegué a Caleta Hornos. Antes de cruzar el puente hay una animita que tiene un pedazo de carrocería de camión, específicamente un foco y parte del tapabarros. En el pueblo había varios camiones estacionados. Me tomé una Coca al paso y continué caminando para subir la cuesta. Estaba a 34 km de La Serena y me esperaba un camino lleno de subidas y bajadas. Estaba nublado y fresco. Conduje por la berma y divisé la costa, los montes, la posada El Rutero, ranchitos. Antes de llegar a La Serena bajé una gran cuesta que duró unos 10 kms. Una vez en el plano, me alcanzó un ciclista de competencia, con traje especial, casco, etc. Conversamos un tramo; es de Coyhaique y soltero. El fin de semana había ido a competir a Vallenar. En su trabajo le dejan salir dos horas antes para practicar. Me indicó que los repuestos para bici los venden en la calle Brasil, y me mostró la supuesta entrada hacia Caleta San Pedro. Aparecí en la playa, cerca de los toboganes de agua; una señora me explicó que debía devolverme hasta un camino de tierra. Lo hallé y conseguí encontrar la caleta. En una de los primeros negocios, pregunté por Eva y Tilico y me explicaron que vivían en una casa frente a la multicancha. Llegué a la puerta y una persona salió a preguntarme a quién buscaba. Volvió hacia una pieza con luz en que se veía un grupo de gente. De ahí salió la Eva, que al acercarse la llamé por su nombre; ella dijo el mío con emoción y nos dimos un abrazo. Me hizo pasar y salió Tilico. Estaban en el post-velorio de su papá, quien había muerto antes de ayer, y fue sepultado ese día. Estaban muy sorprendidos con mi visita, y más aún al saber que venía pedaleando desde Arica. Me llevaron a la pieza de ellos y tomamos once. Llegó una pareja y la mujer se quedó conversando con Eva y conmigo. Era de Coronel y había vivido en Temuco, Curanilahue, Arica y Codpa, en donde trabajó en la hostería. Tiene a sus hijos en Santiago, estudiando, y está aburrida de vivir en la caleta. Nos relató la talla de la "calentura", para referirse a unas fiebres que le dan a veces en las noches. Tilico me estuvo contando sobre su trabajo en la extracción de machas; que se metía hasta unos dos metros de profundidad, con traje de buzo, máscara y 25 kg de plomos. Las sacan con las manos y las meten a un chinguillo. El kilo se la compran a 700 pesos, y desconchadas a $ 3.500. Van a sacar cuando hay pedidos. Estuvieron desaparecidas durante 10 años. Él trabaja desde los 14 años y dijo que había ganado mucho dinero, buena parte del cual gastó en copete. Tuvo seis caballos de carrera y los vendió para carretear. Conoce desde Arica, donde sacaban machas en la frontera con Perú, hasta las islas que están al frente de Quellón. También ha cabalgado hasta la frontera con Argentina, con unos amigos cabreros. Su papá murió de cáncer a la próstata a los 70 años; era delgado, piola y bueno para trabajar. Hasta antes de enfermar, colocaba redes desde la playa hasta 100 m más adentro. Me contó que se enredaban lenguados o corvinas, y otros peces que se acercan a la orilla, hasta 25 m, al revoltijo, para comer pulgones de mar. Con un amigo fueron una vez a los güiros, a la isla Gaviota, pero se "chorió" porque era mucho trabajo y poca plata (40 o 50 mil pesos en 20 días). En La Serena están pagando $ 45 por kilo de güiro y, según él, se ven güireros hasta Los Vilos solamente. Tiene casi 31 años (los cumple el 20 de septiembre) y se autodenomina como "marihuanero". Con Eva conversamos acerca de su familia y amigos. Su papá sufre dolores de cabeza y está con depresión. Tavita y Damaris siguen viviendo con Willi y Pato en la casa de sus padres. Los niños: Juan Guillermo y Martina están bien. El Gato está estudiando música en Valparaíso y Karen en Temuco. Tilico contó que su papá pasaba una semana entera en los cahuines y que su mamá lo esperaba igual con el almuerzo preparado.

04/09/03
(07:20)
(Mi segundo día en la caleta San Pedro)
Desarmé la bicicleta con una llave especial que compré en La Serena. Allá saqué dinero de un cajero automático y me metí en Internet. Mandé varios correos y llamé por teléfono a Marella (Ancud). Una vez en la Caleta, saqué el eje del "motor" y cambié los rodamientos. También compré una palanca de cambio para los piñones y la reemplacé por la que se había roto. Cuando armé la bici, la fui a probar a la ciudad. Entré nuevamente a Internet, compré víveres en un supermercado, y averigüé la salida de buses hacia Paihuano. Llamé por teléfono a Carmen Gloria y ella me dio las coordenadas para llegar a la casa de su mamá.
En la caleta dimos un paseo con Eva y Josefa por la playa y estuvimos en la plaza del lugar. Conocí la cancha donde corren los perros, y vi la casa de la abogada (blanca, sólida, de dos pisos), que se diferencia del resto. Me fijé en los nombres de las calles, pues todas hacían referencia a elementos marinos: brisas, ancla, etc. Esta caleta es particular porque es una playa abierta, sin muelle ni botes.
En casa de Tilico y Eva me quedé cuatro días y aunque él nunca fue pesado conmigo, noté que mi presencia le incomodaba un poco. En las mañanas salía con el rifle a postones a dispararle a los gatos, ya que éstos se comían a los pollos. El resto del día se la pasaba con sus hermanos y amigos preparando los implementos para las carreras de perros y las peleas de gallos. Fumaban mucha marihuana, y tienen códigos para referirse a ella sin nombrarla. Sus hermanas fueron poco sociables; casi no me pescaron. Lavé mi ropa, la que demoró en secar pues todos los días estuvieron nublados. Eva me contó que su papá ha estado enfermo, y que las chicas –con Pato y Wili- no aportan en la casa, ni siquiera con prender el fuego en las mañanas.
Una noche Tilico llegó con una pierna de animal en una fuente. Nos dijo que era un gato que su amigo había cocinado al horno. Probé la carne y el sabor era parecido al pollo.
Los muchachos habían conseguido que la gente que estaba reparando la calle les llevara tierra y emparejaran la cancha de carreras. Una vecina reclamó que por qué no usaban mejor el recurso en arreglar las calles interiores. La "máquina" para mover la piel que persiguen los perros en las carreras, está hecha con una bicicleta, en la que enrollan un cordel en el aro trasero. Los perros corren, según Tilico, como a 70 km/h.