3. De Punta Arenas a Puerto Montt (Verano 2006)

Viaje en bus: Santiago-Osorno-Punta Arenas (27, 28 y 29 de diciembre 2005)
Lo más latoso: esperar cuatro horas en el terminal de Osorno -para abordar el bus que venía de Queilen- y soportar cuatro películas de Rocky que dieron durante el viaje que me trajo a Punta Arenas.
Ellen -mi hermana menor- me llevó en el auto de su pareja (Erto) hasta el terminal de buses de Santiago. Tuvimos que dar muchas vueltas antes de que lograra dar con la entrada. Llegué una hora antes de la salida del bus Tepual de las 21:30.
Como soy bueno para dormir en los buses, el trayecto se me hizo bastante corto. Llegamos a Osorno a las 8:30, una hora y media antes de lo previsto. Esperé sentado junto a mis bolsos -en donde llevaba la bicicleta desarmada- y me dediqué a leer. Me traje La acumulación del Capital, de Rosa Luxemburgo, un libro que tengo hace bastantes años pero que, por su densidad, nunca había pasado de la página 68 (tiene 547).
A las 12:15 inició su marcha el bus Queilen con no más de 20 pasajeros. Por esto, cada uno disponía de dos asientos, gracias a lo cual se hizo bastante cómodo el viaje. De Osorno nos dirigimos hacia la frontera, atravesamos el parque Nahuel Huapi y llagamos a Bariloche. Proseguimos hasta pasar por El Bolsón y posteriormente Esquel. La noche nos llegó a la altura de la ciudad de Teka. Hermosos paisajes de lagos y bosques. Cuando paramos a comer algo en restaurante que aceptaban moneda chilena, inicié conversación con una muchacha ecuatoriana de nombre Daniela. Es de Quito y estudia comercio exterior en la Universidad de Las Américas en Santiago; vino por un año y luego de este viaje a Torres del Paine regresará a su país. Antes de dormir, en el bus, me senté a su lado y charlamos un rato -era lo mejor que se podía hacer mientras daban Rocky III por las pantallas. Hablamos de cine, pasatiempos -ella juega basketbol- viajes, comidas, familia... Regresé a mi asiento y poco tiempo después me quedé dormido. El bus se dirigía hacia el Este, y cuando desperté estábamos cerca del Atlántico y en dirección sur. El paisaje era de pampas; planicies interminables con pequeños matorrales. Cruzamos Piedra Buena y, pasadas algunas horas, arribamos a Río Gallegos. Nos detuvimos en una estación de servicio, pasé al baño y miré uno de esos grandes termos, en que las personas se abastecen de agua caliente para tomar mate. Contianuamos el viaje y pasamos cerca de una estatua de Eva Perón. Al rato, la frontera y, más allá, una parada para comer algo en un restaurante. Nos llamó la atención un par de jinetes arreando un grupo de caballos. A las tres de la tarde del jueves 29 estábamos en el centro de Punta Arenas. Mientras esperaba a mi primo Juan Ignacio intercambié algunas palabras con dos hermanas que también venían en el bus. Eran de Osorno y llegaban a ver a sus parientes. Tenían 16 y 17 años; delgadas, morenas y con ojos negros. Bellas.
Mi primo me llevó a su casa, en la que tiene -en su patio trasero- las oficinas y el taller de su empresa de transporte de turistas. En los días que estuve alojando allí, recorrí la ciudad -a pie y en bici- y me dediqué a leer: el primer volúmen de Patagonia Rebelde, de Osvaldo Bayer, y uno sobre los pueblos originarios de esa zona. En ellos se puede ve cómo esta llamada "civilización" ha procedido brutalmente contra aquellos que no funcionan con la misma lógica de dominación, conquista y lucro. También visité el museo que mantienen los curas y fui a la zona franca, para comprar una pequeña cocinilla a gas.
Juan Ignacio me llevó a la casa de la familia de su polola. Ellos fueron muy atentos conmigo, y me invitaron a pasar el Año Nuevo con ellos. El asunto comenzó temprano, con la preparación de un asado de cordero al palo. Tomé bastante sidra argentina, que es muy refrescante y con bajo contenido alcohólico. A las cuatro de la madrugada pude ver las primeras luces de ese 1 de enero.
Mi primo me llevó a su casa, en la que tiene -en su patio trasero- las oficinas y el taller de su empresa de transporte de turistas. En los días que estuve alojando allí, recorrí la ciudad -a pie y en bici- y me dediqué a leer: el primer volúmen de Patagonia Rebelde, de Osvaldo Bayer, y uno sobre los pueblos originarios de esa zona. En ellos se puede ve cómo esta llamada "civilización" ha procedido brutalmente contra aquellos que no funcionan con la misma lógica de dominación, conquista y lucro. También visité el museo que mantienen los curas y fui a la zona franca, para comprar una pequeña cocinilla a gas.
Juan Ignacio me llevó a la casa de la familia de su polola. Ellos fueron muy atentos conmigo, y me invitaron a pasar el Año Nuevo con ellos. El asunto comenzó temprano, con la preparación de un asado de cordero al palo. Tomé bastante sidra argentina, que es muy refrescante y con bajo contenido alcohólico. A las cuatro de la madrugada pude ver las primeras luces de ese 1 de enero.


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