lunes, julio 21, 2003

1.3 Pedaleando en San Pedro de Atacama


11/07/03

A varios de sus conocidos, Pedro les había hablado sobre mí, y le hacían bromas por el arribo de su “negro brilloso”.

Preparando mi llegada, Pedro había conseguido una colchoneta y se compró una bicicleta Bianchi –usada- por $ 20.000. En su pieza había un miniequipo para escuchar discos compactos y radio, y un pequeño televisor b/n. En ella sus cosas eran un caos, y estaba muy sucia. En las cuatro esquinas tenía altares, las paredes estaban pintadas con símbolos esotéricos, y en una colgaba un afiche del sagrado corazón de Jesús.

Esa noche salimos a caminar y me llevó hacia el río. Fumamos marihuana con un tipo que andaba con chaqueta de cuero negra, sombrero de ala corta y una mochila con sus implementos de malabarista. Venía al cumpleaños de El Faro, pero nos habían comunicado que se había suspendido porque el tipo le había pegado a su pareja. Yendo hacia el río, nos salió al paso Juan Peyote; encaró a Pedro y le enrostraba que él sí era atacameño. Mi amigo se descontroló y al regreso tomó una piedra con la que pensaba “romperle la cabeza” si Juan Peyote se le cruzaba nuevamente. Por suerte no ocurrió.

Antes, Pedro me había invitado a comer un sanguchote al restaurante donde él trabajaba en la cocina (Adobe). Estaba lleno de gringos y brasileros, y un grupo andino empezó a tocar su música, con cajón peruano incluido.

Después mi amigo me llevó a ver cómo ensayaba un grupo que tocaría en la fiesta del sábado en la noche. Era un cuarto pequeño y había un moreno que parece que era cubano; había guitarra, bajo y una batería.

Antes de acostarnos, Pedro me habló mucho de sus nuevos “descubrimientos”: que en el cerebro, un hemisferio era negro y el otro blanco, o uno rojo y el otro blanco, y que la médula espinal podía ser gris o rosada, etc. Previo a nuestra salida, me había dado una ducha con agua helada en el baño del “cité”. Era una casa con alrededor de seis piezas que se arrendaban, cada una como en $ 40.000 mensuales.

A San Pedro llegué el viernes 27 de junio en la noche, y me fui el lunes 7 de julio, en el bus de las 13:30. Estuve casi diez días y diez noches. El sábado 28 me dediqué a limpiar la pieza, ordenar las cosas, y recorrer el pueblo a pie. Por la noche, conocí a Edgardo Mena y a Daniel, y, más tarde, pasadas las 12 de la noche, fuimos con Pedro a una fiesta que había en la Casa del Arte.

Calentador de agua “canero”. El artefacto, hecho con una tabla, dos clavos y alambre eléctrico, colgaba de una de las paredes de la pieza. Para calentar agua para hacer café y "sopa para uno", el Mena le agregó unos trozos de alambre de cobre a los clavos. El agua hirvió rápidamente, pero las luces de la casa bajaban y producían un extraño ruido “ronco”. El resultado de beber de la sopa, la cual había quedado con un sabor amargo, fue que me dieron retortijones y colitis por dos días.

Juan Peyote, el chico Jama y el Faro eran personajes de San Pedro. Al segundo no lo conocí, pero según Pedro, era un tipo que tenía fama de galán conquistador; se pinchaba a las gringas con mucha facilidad. En una ocasión, enamoró a la mujer de un traficante, y éste, en venganza, mandó a unos matones camuflados. Éstos se hicieron pasar por visitantes que deseaban carretear; cuando el chico estaba lo suficientemente ebrio, le cortaron la cara, con lo que le dejaron una gran cicatriz. Juan Peyote se habría enajenado al tomar tanto san pedrito (cáctus alucinógeno). Lo metieron a la cárcel –contó Pedro- por violar a una muchacha. En la cana se lo habrían violado a él –aseveró mi amigo-. El Faro era un traficante de cocaína, adicto al crack –en versión de Pedro, un combinado de coca con bicarbonato de sodio, que tendría un efecto más rápido que la cocaína sola.

20/07/03





Recorrí, en bicicleta, el Valle de la Luna, la quebrada de Quitor, Toconao y la laguna Chaxa, en el salar. Estuve en las ruinas de un santuario incaico y me metí por la denominada “Garganta del diablo”. Paseé por toda la circunvalación que rodea a San Pedro y entré a un par de ayllus. Presencié la procesión del día de San Pedro, con la gente vestida con trajes para la ocasión y bailando sus tradicionales danzas.






En la fiesta que había en la Casa del Arte, tocó el grupo que vimos ensayar, y había un par de fogatas pues hacía bastante frío. Pedro quería irse luego, pero yo le insistí para que nos quedáramos un rato más. Entramos a un salón en donde bailaba la gente, y una niña (Viviana) que había estado cerca de mí en el fogón, se acercó a Pedro y le pidió un cigarro. Se pusieron a conversar, bailaron y se fueron a charlar fuera. Pincharon.

Al día siguiente, la encontramos en el asado de cordero que Pedro organizó en la casa de Feña. Éste vive con Cristina, una morena que tiene dos hijos. Su casa era de un ambiente, y tenían dos camas; en una duermen los niños y en la otra la pareja. El cordero estaba en el corral con dos llamitos. Pedro vistió su túnica celeste y su rayo metálico. Ungió al cordero con vino y aceite mientras al animal le cortaban la yugular. Lo descueraron y le sacaron el estómago y los pulmones, que se los dieron a los perros. Los interiores comibles los guardaron en un balde. Al asado llegaron los compañeros de trabajo de Pedro, y estaba una mujer llamada Marcela, con la cual conversé un poco. Ella ya llevaba viviendo algunos años en San Pedro, con su actual pareja y un par de hijos. Me ubiqué al lado de la parrilla y comí harta carne. Había ensalada a la chilena, y los tomates los había pelado yo. Feña tenía buena música, y de repente colocó un rapero evangélico. Contó que a su primera mujer le habían dado 14 años de cárcel, y afirmó que cuando le agregan “y un día” era para que cumplieran toda la condena. En un momento, después de varios copetes e historias, se emocionó y le dijo a Pedro que le había hecho ver a su papá. Nos abrazamos en círculo y cada uno dijo algo para apoyar a Pedro en su decisión de socorrer a Viviana.

Ésta se había separado del Faro porque él le pegó y se quedó con todo el dinero de la última movida de coca. Viviana tiene 22 años y una hija, Nina, de cuatro meses. Pedro la invitó a quedarse con nosotros, por lo que apareció el lunes en la noche con el coche.

Al día siguiente la acompañé en la mañana a realizar un flete en camioneta. Llenamos de cosas el vehículo, incluyendo una cocina, lavadora y centrífuga. Dejamos las cosas en la pieza y, después de almuerzo, fuimos a la casa a embalar lo que quedaba y a limpiar el piso. La última semana que estuve en San Pedro, la pasamos con Vivi y Nina. Todas las noches se despertaba la beba en dos oportunidades, llorando por su papa. Vivi se alteraba mucho porque no quería molestarnos, pero Pedro y yo estábamos contentos de poder ayudarla.

21/07/03


Edgardo es un tipo delgado, moreno, cara aflechada, que afirma tener contacto con los ovnis desde los nueve años. Asegura que sus habilidades autodidactas le vienen de haber sido elegido por los extraterrestres. Tiene 53 años y ha recorrido todo Chile como mecánico y dando mantención a maquinaria fabril. También conoce Bolivia, en donde fue futbolista profesional como a los 20 años. Tiene familia en San Felipe y su señora e hijo (Joshua) viven en el Cajón del Maipo. Según él, la maldad y perversión en el mundo es responsabilidad de las mujeres, que se prostituyen o “te lo chupan por $ 500”.

Un día en que sólo estábamos los dos, me dijo que lo acompañara como ayudante a su pega en el salar, y que me ganaría 250 lucas. Lo pensé; por suerte él no insistió. Me dí cuenta de que es un tipo que a veces tiene mal trato, como humillante o descalificador, tal como tenía en ciertos momentos el Chago en el sur. Además, ese rasgo machista y misógino me apesta. No quería que yo lavara la loza; “deja que la lave esa mina, mira que ya la caché que es re floja”, señaló.

En la pieza de enfrente vivían Daniel y el Chuqui (o Chueco o algo así). Son dos cabros bien agradables; el primero me recordó a mi primo Wolfi, con su pelo largo y estilo trash. Su papá era amigo de Edgardo y también tenían algo que ver con el Cajón del Maipo. Los dos fueron bien amables y buena onda.


Viviana tiene su familia en Ñuñoa, y estudió en un colegio “alternativo” llamado Talinay. De vacaciones llegó con una amiga a San Pedro, conoció al Faro, se encandiló con sus “locuras” y se quedó a vivir con él. Entró en el negocio del tráfico de coca y comenzó a ver mucho dinero. Hubo meses en que ganaron hasta tres millones de pesos, pero no les cundía porque eran muy gastadores: restaurantes, fiestas, drogas, tragos, y varios televisores que terminaron destrozados durante alguna de sus peleas. Ella tiene una hermana actriz de teatro y su hermano es periodista. Con el Faro mantenían un negocio “legal” de arriendo de bicicletas montañesas. Él le puso el gorro varias veces, era ultra celoso y machista: no hacía ninguna de las labores domésticas. Con su cuento ejercía magnetismo en muchas personas, sobre todo en lolitas en busca de “voladas”. Del último tráfico, él le quitó toda la plata a ella; al separarse se llevó los electroequipos más caros y no quiso cooperar para cancelar los días extras del arriendo. Su casa tenía altares con objetos “místicos” en varias esquinas y rincones, con instalaciones parecidas a las de Pedro.

La noche que llegué, Pedro encontró en el suelo, cerca del lugar donde armaba mi bici, trozos de cerámica y un naipe cinco de pica. Lo guardó y me lo dio para que lo conservara. Antes de irme, escribió sus cuadrados espirituales en un papel que me entregó, y me hizo un ritual para intercambiar energías y cargas positivas para la protección.

Ese fin de semana anterior a mi partida llegó de visita la mamá de Pedro, una señora con pinta de gringa que es doctora. Al entrar a la pieza –que estaba mucho más limpia y ordenada que cuando vivía solo- dijo: “en esta cuestión vive este mierda”. La primera noche lo trató negativamente; que ella no lo había criado para eso. Sin embargo, la segunda velada fue mejor: ella comprobó en terreno que Pedro está mejor y se dio cuenta de que esa vida es la que a él la hace estar bien.

Una noche, Pedro nos confesó que él tuvo una época en que hacía muchas maldades: rituales satánicos matando animales, una vez le pegó a su abuela, gozaba haciendo sufrir a sus amantes, etc. Le diagnosticaron un problema esquizoafectivo. Pasó como diez años con depresión, hasta que empezó su proceso de “regeneramiento y purificación”.

miércoles, julio 09, 2003

1.2 Iquique - San Pedro de Atacama

Patricio me dejó en la entrada del edificio en donde vive el tío Mario, en la playa Cavancha. Como no había llegado aún, llamé por teléfono a María Isabel (Pollo), pero su celular se cortaba. Di una vuelta por la costanera y, al regresar, ya había llegado el tío. Le costó reconocerme, pero cuando lo hizo me acogió muy bien. Como él tenía que ir a una charla en su logia masónica, me dejó en su depto. y me pasó copia de las llaves. Puso a mi disposición la pieza para las visitas, acceso a Internet, lavadora, baño con ducha y todo lo que hubiera para comer en la cocina.

El sábado 22 de junio me llevó a conocer la Zofri, y me compró un rollo fotográfico más dos pilas chicas. Los cinco días que estuve con él, nunca gasté en comida. El mismo sábado me llevó a comer empanadas de marisco y fuimos a dar un paseo por la zona sur de la ciudad.


02/07/03

¿Por qué la gente no cuida, arregla o mejora lo que no es suyo? Comúnmente se dice que se debe al hecho de que no es de su propiedad. Por el contrario, ¿no será que es ese derecho de propiedad la causa de que las personas no mantengan en buen estado las cosas, el medioambiente, etc.?

A lo largo de los caminos, en sus costados, además de basura, se pueden ver animitas y pedazos de neumáticos o cámaras.

Hice un paseo en la bicicleta por la ciudad y llegué hasta el monumento al "marinero desconocido", ubicado en el extremo norte de Iquique.


Una moraleja que me dejó mi estadía con el tío Mario es que lo más valioso en la vida es la trama de relaciones, vínculos, lazos sociales, es decir, la afinidad con conocidos, las amistades, los familiares, y lo(a)s compañero(a)s de trabajo o estudio, también las amantes. Los bienes materiales, el dinero, las riquezas son un moco en comparación con lo anterior.

El tío tiene el típico discurso del triunfalismo, de la competitividad, del exitismo, del “ganador”. Su lógica es la de la jerarquía, del orden piramidal.

No es lo mismo jefatura, mando, escalafón, etc. que jerarquía, porque ésta significa el gobierno de lo sagrado, es decir, se produce cuando se sacraliza una verticalidad funcional, dotando de privilegios y distanciando a los que ocupan los cargos y dan órdenes (ver documental sobre “jerarquización” de la oficialidad norteamericana en la Segunda Guerra Mundial).

En Iquique me junté con María Isabel, la que me presentó a su pololo Luishu, que tiene unos 24 años y trabaja como técnico de instalaciones en VTR. Fuimos a la casa en que vive con su compañero Pablo, en donde habían otros colegas: Rulo, Abraham y otros. La conversación se centró en asuntos de su pega, de las diferencias entre los vendedores y los técnicos. Abraham contó que es separado, trabajó en el Casino y es hermano de un “choro”. Agregó que, aunque feo, le va bien con las mujeres por el “verso”, por su locuacidad. María Isabel se fue a dormir y este tipo entró a su pieza y le propuso que se fueran a su casa. Ella le contó a Luishu y éste se molestó con Abraham, quien se disculpó durante un buen rato. Estaba medio borracho e insistía en que no quería perder la amistad del dueño de casa.

Un día me puse a buscar la Escuela Santa María de Iquique, centro de la matanza de obreros y sus familias que realizó el ejército chileno en 1907. Pensé que encontraría un monumento recordatorio, pero sólo había una placa metálica que pasa bastante desapercibida.


04/07/03

Una noche en Iquique fui a cenar con la tía Valeria. Su casa es enorme y muy elegante, con piscina. Habían tres camionetas -todo terreno- estacionadas en la entrada. Saludé a su hijo Sebastián, que es ingeniero y trabaja en la mina Collahuasi. Es fanático del gimnasio y tiene buena pinta; el tío me contó que gana más de un millón al mes, que no pone nada para la casa, y que habla puras tonterías. La tía señaló que el tío Mario es muy rígido y orgulloso, y que siempre quiere imponer sus ideas a los demás; que por eso sus hijos no lo pescan y se halla solo. Fue agradable la velada y revisamos las historias de todos los parientes y conocidos. Recordamos los carretes que se hacían en la casa de Las Tranqueras, en especial uno en que el tío Mario resultó elegido mister piernas. Me contó que al tío le afectó mucho la muerte de su madre, y que después andaba con una mujer que le agudizó la rayadura esotérica y espiritista. Ella pololea con un tal Manzur, a quien se supone le gusta la caza-pesca y hacer camping. El hijo mayor –Mario- está trabajando en una salmonera y vive en Puerto Varas. El menor –Cristian- estudia arquitectura en la Suiza italiana. Valeria indicó que se acordaba de él al conversar conmigo.

Al otro día el tío hizo sus descargos. Se quejó de que todos son unos desconsiderados, que él podría morirse en ese depto. y nadie se daría cuenta. Que la tía se lo cagó con la casa y que sus hijos son aprovechadores e interesados. Que todos ellos cambiaron y se volvieron arrogantes después que la tía recibió la herencia de su pariente.

El tío me presentó a su polola Vilma, una arquitecta de 39 años, morena, baja, simpática. Con ella viajó por Europa.

El tío usaba ese dicho que una vez le escuché al director académico del colegio: “el creíque y el penseque son parte del tonteque”. Me habló varios días sobre la preocupación por la vejez, por tener una buena situación; seguridad, etc. Me advirtió que no podía seguir toda mi vida como en la película “Busco mi destino”; que ya tengo 36 años y que poseo un gran potencial desaprovechado; que no me vé un “norte” u objetivo. Lo paradójico es que lo vi muy aquejado por la soledad, por la falta de amistades y relación buena con familiares; y eso no se consigue precisamente con dinero, bienes materiales o cosas. Repitió esa expresión que dice que con plata “no tengo que mirarle la cara a nadie”. Es una imagen de incomunicación, de no tener trato con nadie. Otras de sus frases eran “yo no molesto a nadie”. Resaltaba mucho su independencia económica, sus ingresos estables: pensión de la FACH ($ 500.000) más lo que gana en la consulta. Esa posibilidad de pagar para conseguir cualquier cosa, también tiende a favorecer caracteres intolerantes, “pesados”, de trato desagradable; poco tino, tacto o consideración.

Mi tío tiene 20 años más que yo (56) y aseveró que en la época de su separación (hace cinco años) estaba “adicto al sexo”. Me relató detalles de sus aventuras y amantes, a las que desechaba por “bolseras”, por criticarle sus mañas o por no tener temas de conversación.

En la pieza que ocupé en el depto. del tío Mario se me quedó el sombrero de paja que llevaba para protegerme del sol.

05/07/03

Salí de Iquique en bicicleta el martes 24 de junio en la mañana. Paré a almorzar a las 13 h, pasado el aeropuerto. Culminada la comida y el descanso, avancé hasta pasadas las 17 h, y acampé en la playa El Aguila, entre unas dunas con huellas de vehículos para la arena.

A la mañana siguiente, proseguí el pedaleo y me topé con la cuesta del Pabellón de Pica; esa la hice la mitad a pie y la otra parte en bici. Cuando ya me faltaba poco, pasaban vehículos con personas que me daban ánimo o felicitaban. El día anterior me topé nuevamente con Patricio K. Venía en su camioneta y conversamos unos minutos. Me advirtió sobre la falta de berma en la zona de Puerto Patillos. En ese sector había unas cuestas muy empinadas que transitaban los camiones para ir a buscar la sal al otro lado de la cordillera de la costa. Ese día también me saludó un motorista vestido de cuero negro que me pasó por el lado. Más allá del Pabellón de Pica, tuve que cruzar la cuesta en Punta de Lobos, que, aunque más suave no dejaba de implicar un esfuerzo grande. Lo bueno es que generalmente después de una cuesta viene una bajada en que se recupera tiempo por ir más rápido.


06/07/03

El 25 de junio paré a almorzar en la caleta San Marcos. Me dieron el dato de la casa de la señora Cecilia, que le da comida a un grupo de mariscadores. Había entrada de ceviche de loco, luego ensalada surtida y, finalmente, pancutras con trozos de carne. Todo delicioso, más pan, un tipo de pebre (creo que se llamaba “rocoto”) y jugo. Todo por $ 1.300. Ella me contó que por allí había pasado un francés, Jean Paul B., que caminaba por el mundo en una campaña por la paz de los niños. Andaba con un carrito que tiraba con su cuerpo, y lo habían asaltado en Perú. No pasaba por países conflictivos, como Colombia, y para cruzar de un continente a otro usaba el avión. Calculaba que le quedaban cinco años para completar su objetivo. También habían alojado como una semana en su casa una pareja de jóvenes brasileros, que estaban recorriendo el continente. Ellos se movilizaban a dedo y escribían sus experiencias para hacer reportajes. Como la muchacha era muy bella, en algunos lugares al cabro le habían ofrecido comprarle a la chica.

Cecilia me contó que tiene un hijo de 21 años que estudia biología marina en Iquique. Ella era de Santiago, y está emparejada con un mariscador llamado Rolo, oriundo de Los Vilos. Él estaba con su amigo Jano, también de esa caleta de la Cuarta Región. La Cecilia y Rolo se arrancaron del marido de ella. Con Jano conversamos acerca de la pesca; él contaba el método para capturar tiburones, a los cuales se les da un corte tras la cabeza apenas los atrincan al bote. Rolo usó la palabra “falucho”, la que no había escuchado.


Esa tarde recorrí menos camino que la anterior, y acampé en la playa, entre una formación rocosa. Cuando instalaba la carpa, al levantar una piedra salió corriendo un lagarto. En la mañana, aparecieron otros dos lagartos, que correteaban por el roquerío y tomaban el sol. Apareció caminando desde el sur un tipo abrigado, con gorro; al pasar lo saludé; su vestimenta era muy colorida. Cuando ya había superado mi posición, vi que en sus manos –que llevaba en la espalda- llevaba un gran cuchillo de cacha blanca y una cuerda sintética. Pensé que quizás era un tipo que andaba pendiente de capturar una tortuga gigante, que a veces van a depositar sus huevos en esas playas. Luego de recoger mis cosas, monté la bici y seguí mi camino.

Crucé Punta Chipana y llegué a la aduana de la desembocadura del río Loa. Un tipo me revisó el equipaje y me preguntó si traía un “premio”, porque más adelante estaban los tiras (policía). En un boliche me comí un completo y continué. Esa tarde llegué a la caleta en Punta del Urcu, en donde se está construyendo un balneario. Le pregunté a un maestro, que estaba construyendo una casa de madera con dos ayudantes, si podía acampar en la playa, y me respondió que lo hiciera en cualquier lado. Coloqué la carpa bajo un arco de fútbol que había en la arena.

Al otro día me levanté más temprano. A las 10 h. Inicié el viaje; luego de cruzar el tunel Galleguillos –el que estaba muy oscuro- pasé al lado del club de golf de Tocopilla. Después venían las cuestas que anteceden a esa ciudad. La mitad de ellas las pasé arriba de una camioneta, gracias a la gestión de un joven banderillero. Él tenía el pelo largo, con una cola, era de Tocopilla y fue muy buena onda. Antes, un remero me hizo señas desde su bote, y unos algueros que preparaban pescado me invitaron a comer... Les di las gracias y les expliqué que iba muy apurado como para detenerme. Tenían una carpa hecha con plásticos; en ese tramo había varias, más algunas camionetas, autos y camiones ¾. Otros recolectores de algas también me saludaron.

A Tocopilla llegué como a las 13 h. Caminé por el centro, saqué dinero del cajero automático y busqué un lugar para almorzar. Me serví un completo gigante, y me dirigí hacia la agencia de buses Camus. Eran las 14:30 y estaba por partir el bus hacia Calama. Echamos la bici en el maletero y subí. Habíamos sólo tres pasajeros. Me cobraron $ 3.300 y el recorrido duró dos horas y cuarto.

09/07/03

En Calama bajé la bici y anduve hasta la agencia de buses Frontera Norte, en calle Antofagasta. Allí compré un pasaje para San Pedro, que me costó $ 1.300. Desarmé la bici y embalé el equipaje, todo lo cual metí en el maletero del bus. Antes de partir a las 18 h., telefoneé al restaurante Adobe, para avisarle a Pedro que llegaba. Como ya se había retirado, un colega se ofreció para ir a entregarle el mensaje a su pieza. El viaje duró algo más de una hora, por lo que arribé cuando ya estaba oscuro. Inicié el armado de la bici, y cuando estaba en eso, apareció Pedro por la agencia. Entró sin darse cuenta de que yo estaba fuera. Al salir lo llamé y nos abrazamos. De inmediato me llevó a su pieza, aunque por el camino me presentó con varios amigos, y a todos les decía que yo me quería quedar a trabajar.