1.3 Pedaleando en San Pedro de Atacama

11/07/03
Preparando mi llegada, Pedro había conseguido una colchoneta y se compró una bicicleta Bianchi –usada- por $ 20.000. En su pieza había un miniequipo para escuchar discos compactos y radio, y un pequeño televisor b/n. En ella sus cosas eran un caos, y estaba muy sucia. En las cuatro esquinas tenía altares, las paredes estaban pintadas con símbolos esotéricos, y en una colgaba un afiche del sagrado corazón de Jesús.
Esa noche salimos a caminar y me llevó hacia el río. Fumamos marihuana con un tipo que andaba con chaqueta de cuero negra, sombrero de ala corta y una mochila con sus implementos de malabarista. Venía al cumpleaños de El Faro, pero nos habían comunicado que se había suspendido porque el tipo le había pegado a su pareja. Yendo hacia el río, nos salió al paso Juan Peyote; encaró a Pedro y le enrostraba que él sí era atacameño. Mi amigo se descontroló y al regreso tomó una piedra con la que pensaba “romperle la cabeza” si Juan Peyote se le cruzaba nuevamente. Por suerte no ocurrió.
Antes, Pedro me había invitado a comer un sanguchote al restaurante donde él trabajaba en la cocina (Adobe). Estaba lleno de gringos y brasileros, y un grupo andino empezó a tocar su música, con cajón peruano incluido.
Después mi amigo me llevó a ver cómo ensayaba un grupo que tocaría en la fiesta del sábado en la noche. Era un cuarto pequeño y había un moreno que parece que era cubano; había guitarra, bajo y una batería.
Antes de acostarnos, Pedro me habló mucho de sus nuevos “descubrimientos”: que en el cerebro, un hemisferio era negro y el otro blanco, o uno rojo y el otro blanco, y que la médula espinal podía ser gris o rosada, etc. Previo a nuestra salida, me había dado una ducha con agua helada en el baño del “cité”. Era una casa con alrededor de seis piezas que se arrendaban, cada una como en $ 40.000 mensuales.
A San Pedro llegué el viernes 27 de junio en la noche, y me fui el lunes 7 de julio, en el bus de las 13:30. Estuve casi diez días y diez noches. El sábado 28 me dediqué a limpiar la pieza, ordenar las cosas, y recorrer el pueblo a pie. Por la noche, conocí a Edgardo Mena y a Daniel, y, más tarde, pasadas las 12 de la noche, fuimos con Pedro a una fiesta que había en la Casa del Arte.
Calentador de agua “canero”. El artefacto, hecho con una tabla, dos clavos y alambre eléctrico, colgaba de una de las paredes de la pieza. Para calentar agua para hacer café y "sopa para uno", el Mena le agregó unos trozos de alambre de cobre a los clavos. El agua hirvió rápidamente, pero las luces de la casa bajaban y producían un extraño ruido “ronco”. El resultado de beber de la sopa, la cual había quedado con un sabor amargo, fue que me dieron retortijones y colitis por dos días.
Juan Peyote, el chico Jama y el Faro eran personajes de San Pedro. Al segundo no lo conocí, pero según Pedro, era un tipo que tenía fama de galán conquistador; se pinchaba a las gringas con mucha facilidad. En una ocasión, enamoró a la mujer de un traficante, y éste, en venganza, mandó a unos matones camuflados. Éstos se hicieron pasar por visitantes que deseaban carretear; cuando el chico estaba lo suficientemente ebrio, le cortaron la cara, con lo que le dejaron una gran cicatriz. Juan Peyote se habría enajenado al tomar tanto san pedrito (cáctus alucinógeno). Lo metieron a la cárcel –contó Pedro- por violar a una muchacha. En la cana se lo habrían violado a él –aseveró mi amigo-. El Faro era un traficante de cocaína, adicto al crack –en versión de Pedro, un combinado de coca con bicarbonato de sodio, que tendría un efecto más rápido que la cocaína sola.
Recorrí, en bicicleta, el Valle de la Luna, la quebrada de Quitor, Toconao y la laguna Chaxa, en el salar. Estuve en las ruinas de un santuario incaico y me metí por la denominada “Garganta del diablo”. Paseé por toda la circunvalación que rodea a San Pedro y entré a un par de ayllus. Presencié la procesión del día de San Pedro, con la gente vestida con trajes para la ocasión y bailando sus tradicionales danzas.
En la fiesta que había en la Casa del Arte, tocó el grupo que vimos ensayar, y había un par de fogatas pues hacía bastante frío. Pedro quería irse luego, pero yo le insistí para que nos quedáramos un rato más. Entramos a un salón en donde bailaba la gente, y una niña (Viviana) que había estado cerca de mí en el fogón, se acercó a Pedro y le pidió un cigarro. Se pusieron a conversar, bailaron y se fueron a charlar fuera. Pincharon.
Al día siguiente, la encontramos en el asado de cordero que Pedro organizó en la casa de Feña. Éste vive con Cristina, una morena que tiene dos hijos. Su casa era de un ambiente, y tenían dos camas; en una duermen los niños y en la otra la pareja. El cordero estaba en el corral con dos llamitos. Pedro vistió su túnica celeste y su rayo metálico. Ungió al cordero con vino y aceite mientras al animal le cortaban la yugular. Lo descueraron y le sacaron el estómago y los pulmones, que se los dieron a los perros. Los interiores comibles los guardaron en un balde. Al asado llegaron los compañeros de trabajo de Pedro, y estaba una mujer llamada Marcela, con la cual conversé un poco. Ella ya llevaba viviendo algunos años en San Pedro, con su actual pareja y un par de hijos. Me ubiqué al lado de la parrilla y comí harta carne. Había ensalada a la chilena, y los tomates los había pelado yo. Feña tenía buena música, y de repente colocó un rapero evangélico. Contó que a su primera mujer le habían dado 14 años de cárcel, y afirmó que cuando le agregan “y un día” era para que cumplieran toda la condena. En un momento, después de varios copetes e historias, se emocionó y le dijo a Pedro que le había hecho ver a su papá. Nos abrazamos en círculo y cada uno dijo algo para apoyar a Pedro en su decisión de socorrer a Viviana.
Ésta se había separado del Faro porque él le pegó y se quedó con todo el dinero de la última movida de coca. Viviana tiene 22 años y una hija, Nina, de cuatro meses. Pedro la invitó a quedarse con nosotros, por lo que apareció el lunes en la noche con el coche.
Al día siguiente la acompañé en la mañana a realizar un flete en camioneta. Llenamos de cosas el vehículo, incluyendo una cocina, lavadora y centrífuga. Dejamos las cosas en la pieza y, después de almuerzo, fuimos a la casa a embalar lo que quedaba y a limpiar el piso. La última semana que estuve en San Pedro, la pasamos con Vivi y Nina. Todas las noches se despertaba la beba en dos oportunidades, llorando por su papa. Vivi se alteraba mucho porque no quería molestarnos, pero Pedro y yo estábamos contentos de poder ayudarla.

Un día en que sólo estábamos los dos, me dijo que lo acompañara como ayudante a su pega en el salar, y que me ganaría 250 lucas. Lo pensé; por suerte él no insistió. Me dí cuenta de que es un tipo que a veces tiene mal trato, como humillante o descalificador, tal como tenía en ciertos momentos el Chago en el sur. Además, ese rasgo machista y misógino me apesta. No quería que yo lavara la loza; “deja que la lave esa mina, mira que ya la caché que es re floja”, señaló.
En la pieza de enfrente vivían Daniel y el Chuqui (o Chueco o algo así). Son dos cabros bien agradables; el primero me recordó a mi primo Wolfi, con su pelo largo y estilo trash. Su papá era amigo de Edgardo y también tenían algo que ver con el Cajón del Maipo. Los dos fueron bien amables y buena onda.

La noche que llegué, Pedro encontró en el suelo, cerca del lugar donde armaba mi bici, trozos de cerámica y un naipe cinco de pica. Lo guardó y me lo dio para que lo conservara. Antes de irme, escribió sus cuadrados espirituales en un papel que me entregó, y me hizo un ritual para intercambiar energías y cargas positivas para la protección.
Ese fin de semana anterior a mi partida llegó de visita la mamá de Pedro, una señora con pinta de gringa que es doctora. Al entrar a la pieza –que estaba mucho más limpia y ordenada que cuando vivía solo- dijo: “en esta cuestión vive este mierda”. La primera noche lo trató negativamente; que ella no lo había criado para eso. Sin embargo, la segunda velada fue mejor: ella comprobó en terreno que Pedro está mejor y se dio cuenta de que esa vida es la que a él la hace estar bien.
Una noche, Pedro nos confesó que él tuvo una época en que hacía muchas maldades: rituales satánicos matando animales, una vez le pegó a su abuela, gozaba haciendo sufrir a sus amantes, etc. Le diagnosticaron un problema esquizoafectivo. Pasó como diez años con depresión, hasta que empezó su proceso de “regeneramiento y purificación”.













