domingo, febrero 11, 2007

4.2 De Neuquén a Concepción


El domingo 28 fui a las nueve de la mañana a buscar a Kiko. Él me llevó a la sala de Prensa y Difusión, a ver un video sobre la historia del proceso (2001-2006). Posteriormente le dejé mi Memoria, la Ponencia y un esbozo de propuesta en el computador. También le hice una copia de mi curriculum. Kiko me dio una factura para desayunar.
Más tarde llegó la compañera de Kiko, una flaca bonita, con la hija de ambos (de unos cuatro años). Ella es la diseñadora de un boletín llamado La Hormiga. Estuvimos en portería esperando que llegara la colación, pero como no apareció, comimos unas facturas.
Conversé con Kiko y me contó que él no milita en partidos políticos, pero que tampoco es anti-partidos, pues eso sería otra forma de sectarismo.
Me pasó un video promocional del 2006, que lo pasaron en la TV local, que después traía el recital de Rata Blanca. Otros grupos que han solidarizado son: Ataque 77, Bersuit, La Renga.
Después de que se fue Kiko con su hija y pareja, nos tomamos unas fotos con Cares y Nelso (cordobés).

Más tarde, en la habitación, preparé lo último de arroz que me quedaba. Posteriormente me di una ducha con agua caliente. Después de secarme, fui a buscar unos panes al comedor y me acosté.
El lunes 29 me desperté a las ocho de la mañana. A las nueve fui a Prensa y conversé con Cristian, a quien le anoté las direcciones de mis blogs. De ahí me dirigí hacia el comedor, en donde Blanca me dio desayuno. Conversamos acerca de los errores de la UP que facilitaron el golpe de Estado de 1973. También hablé con un muchacho que tiene familiares en la Araucanía. Blanca me regaló varios panes con queso y otros solos. El chico me dio uno de jamón con queso.
A continuación de despedirme, fui a preparar las cosas para partir. Salí de la fábrica como a las 11:45 horas.
A las 14:15 estaba llegando a Senillosa, con la parte baja de la espalda quemada por el sol. Uno de los amigos de Pepino -el que tiene un ojo malo- estaba laburando con una cuadrilla que reparaba una calle. Me contó que el flaco había ido a buscar a otro amigo para ir a pescar. Anduve hasta el negocio El Tuti y pregunté por la casa de Pepino. Llegué y estaba su compañera, una morena delgada con anteojos. Ella llamó por celular a su pareja y le indicó que lo fuera a encontrar a la ruta. Allá lo divisé; venía con otros dos muchachos. Uno tenía el pelo largo, con rasgos indígenas y una polera con un dibujo de la Patagonia y un guerrero Mapuche. Fuimos a la casa de Pepino a dejar la bici, y llegaron tres jóvenes más con cervezas y un diario (la prensa de Neuquén y de Río Negro se ve junta). Ellos trabajaban de jornaleros en una obra: la construcción de una cárcel. Usan una libreta que se las llena la empresa y en la cual se registra el historial de trabajo. La casa en que viven tiene dos piezas, un baño, un comedor y una cocina abierta. Es pareada y posee un gran termo a gas. La obtuvieron gracias a una ocupación y hoy se encuentran en proceso de regularización. Estuvieron un año colgados al tendido eléctrico y sin gas. La toma la hicieron familias jóvenes que vivían de allegados. En unos meses más comenzarán a pagar dividendos de $ 50 mensuales (por 30 años). Todas tienen un estanque de agua potable en el techo (500 litros) y un patio amplio.
Aproximadamente a las cuatro de la tarde nos encaminamos hacia el río. En el camping le pidieron un trozo de malla a un tipo que tiene un boliche. Cruzamos un canal y luego un brazo del río. Había que avanzar en diagonal sin resistirse mucho a la corriente. El agua llegaba al pecho. Llegamos a una islita, que atravesamos. Había como unos charcos o pantanales. Una vez en la otra orilla nos quedamos entre unos juncos a preparar el material. Pepino y el "mapuche" fueron a capturar la carnada con la malla: unos pececitos que son devorados por los pejerreyes. Pepino me armó la lienza con dos anzuelos y un plomo. Ellos son furtivos; pescan sin permiso. Si los pillan los guardafaunas, les quitan todo y les cobran una multa. El permiso cuesta $ 5 por temporada (según Kano). Nos metimos al río y estuvimos más de una hora con el agua hasta la cintura. El mapuche pescó tres y yo uno. Dejamos los tarros afirmados en los juncos y fuimos a comer pan con paté. Luego, al centro de la isla a fumar unos cuetes. Llegó otro tipo con unos cangrejitos que usan de carnada para pescar truchas. Volvimos a recoger los tarros y en la lienza del otro muchacho venían dos peces. Cruzamos el río por un sector más hondo. Pepino llevó mi cámara fotográfica. Arribamos a la playita del camping. Allí se nos unió otro moreno de pelo largo, con quien fumaron un "faso".
Les tomé una foto. De regreso, los dos muchachos de las cervezas, seguían chupando. Uno de ellos me pidió ver la Zenit. Me contó que conocía varias ciudades de Chile y empezó a nombrar algunas, para ver si las ubicaba. Me pareció ridículo pues lo planteaba como si fuera una competencia. Seguimos camino y llegamos a casa de Pepino. Compramos cervezas y escuchamos un CD con metal argentino: V8, Hermética y Alma Fuerte. Tomamos mate y pan con cecinas. Los otros dos se marcharon y nos entramos. Pepino me invitó a quedarme a dormir, y preparó la cena: fideos, carne asada y pescado frito (apanado). Vimos los noticioarios, conversamos y vimos trozos de películas (TV cable). Ellos se fueron a sus piezas y yo me armé una "camita" en el comedor. Esa noche hizo calor.
El martes 30 me levanté a las ocho. Me afeité en el baño. Ellos se levantaron y tomamos desaryuno. Escuchamos a Jorge Cafrune. Conversamos: los dos hijos mayores de ella son de su anterior pareja (9 y 7 años). El primero lo tuvo a los 17 años. La niña menor (4 años) es de ambos. Él quiere tener varios más, pero ella cree que ya está bueno. Hablamos de política, sobre ambos países, de cómo la cobertura mediática había hecho aparecer que la mayoría de los chilenos lamentaban la muerte de Pinochet, siendo que en realidad no era más de un 25% de la población. A Pepino -que se llama Alejandro Agüero- le gusta Kischner, sobre todo porque ha reabierto los procesos por violaciones a los derechos humanos. A propósito de una noticia sobre una brigada de mujeres en la construcción, Pepino señaló que para él las mujeres tienen que quedarse en la casa, en la cocina y lavando.
Les anoté mis correos y blogs y me preparé para partir. Ellos me regalaron un paté, aceite, galletas y papel higiénico. No les acepté las cecinas ni los jugos. A las 12:15 inicié la marcha. Como a las 14:30 me detuve en una parada de camioneros. Compré una gaseosa de medio litro y me comí los emparedados que me regaló Blanca. Por la radio tocaban música mexicana. Un par de camioneros comieron sandwich y tomaron cervezas. Descansé recostado en una banca hasta las 15:45. Desde Arroyito -en donde paré bajo una sombra- hasta Plaza Huincul es un trayecto seco, caluroso y sin árboles. Desde el restaurante -un oásis en el camino- hasta Plaza Huincul-Cutral-Có, demoré casi cuatro horas. Como a las 19:40 entré a una oficina de informaciones y una mujer me explicó que no hay campings. El hotel más barato es el "Mapuche". Di una vuelta por el centro y entré a un kiosco a tomar una bebida helada. Las dos muchachas que atendían me contaron que a la entrada de Plaza Huincul hay un desvío hacia una zona con parrillas en donde a veces se ven carpas. Después fui a cargar agua a una estación de servicios. Un caballero me conversó y me deseó suerte. Luego pasé a comprar víveres en un local atendido por una atractiva morena (mermelada, salchichas, manzana). El cajero me señaló que los mochileros acampan en una placita frente al servicentro. Allá estuve un rato, pero no me pareció muy seguro. Además, Pepino me advirtió que esa ciudad era medio peligrosa. Pedaleé unos 7 km hacia el oeste y acampé tras unos matorrales. La luna alumbraba bastante. Corría mucho viento.
El miércoles 31 inicié el pedaleo alrededor de las diez de la mañana. Zona seca, calurosa, con algo de viento. Más subidas que bajadas. Como a las 14 horas paré bajo unos árboles, en un ranchito frente a una comunidad Mapuche. Almorcé las galletas con paté y jugo. Me recosté y dormí un poco. Reinicié el viaje a las cuatro de la tarde; crucé una línea de tren y subí una cuesta de varios kilómetros. En la cima hay grutas de San Cayetano y San Valentín. Luego, una bajada y una larga recta -con viento en contra- hasta Zapala. A las 18 horas pasé a la oficina de información turística y allí me indicaron cómo encontrar el camping municipal, que era gratuito. Esos pocos kilómetros (unos cuatro) se me hicieron pesados. Ya estaba con fatiga y deshidratado. Al arribar, se me complicó hablar con el cuidador por lo seca que tenía la boca. Le compré una gaseosa de dos litros y cuarto -heladita- y me la bebí entera.
Busqué un lugar par poner la carpa, cerca de una parrilla con mesa y entre los árboles. Conversé un poco con un muchacho que andaba mochileando con su pareja. Venían de Buenos Aires y llevaban una semana "y pico" de viaje. Cerca de las 21 horas me duché con agua caliente. Después, en el fogón me puse a preparar polenta con salchichas picadas. En eso llegó una pareja en una camioneta. Me contaron que me habían visto en el camino en la bici. El tipo me contó que trabajaba con camioneros chilenos, pues él es policía en la Aduana. Señaló que Chile es un bello país pero que cobran por todo; puso de ejemplo los baños en los servicentros carreteros. Y, en broma -supongo-, agregó: lo único malo de Chile son los chilenos. No dejamos que se lleven a las argentinas. Me preguntó por la Bachelet. Le respondí que bien, que estaba intentando mejorar la segurida social, pero que su margen de acción era institucionalmente muy estrecho. Al terminar de cenar fui a dormir. Aunque había ruido pues había varias familias acampando, pude dormir bien.
El jueves 1 de febrero me dediqué a descansar. La mayoría de los acampantes se marchó, entre ellos unos jóvenes brasileños que andaban en un cleinbus con dos bicicletas en el techo. Eran tres mujeres y un hombre y tocaban la guitarra.

04/02/07

Aproximadamente a las 13:30, un par de adolescentes que estaban asando unos chorizos, me invitaron a comer con ellos. Yo les había regalado un jugo y una botella plástica previamente. Eran de la ciudad e iban a bañarse a la piscina municipal que estaba al lado. Pileta le dicen y tienen un enfermero que revisa los dedos de los pies y la cabeza, para detectar hongos y piojos. El ingreso cuesta $ 2; en la mañana estaba lleno de niños de las colonias veraniegas. Los padres del chico moreno eran de Lonquimay. Según él en ese bosque penaban porque hubo gente que iba allí a suicidarse. Me contaron que había problemas con las drogas: marihuana, cocaína, pasta base, pegamentos y nafta. Tenían unos panes gordos que los hizo la abuela del moreno. En el comercio, el pan más común es la trenza, que cuesta aproximadamente $ 1 c/u. Los muchachos compartieron sus chorizos ($ 6,2 el kilo) -con picante- y sus panes, y yo coloqué la polenta con salchichas. Según ellos, a los tiestos plásticos les dicen "taper", en cambio en Chile sería "poronga", lo que para ellos es una "mala" palabra; "el que siempre te acompaña", acotó el moreno. Ellos fueron a la piscina y me pidieron que les cuidara el morral. Me fui a dormir la siesta, la que duró como tres horas. Tipo cinco de la tarde fui en la bici a comprar provisiones a un supermercado que me indicaron los chicos, en un barrio cercano al camping. Se ve harto nombre mapuche, en las calles y en letreros. Había una sección de aperos para jinetes. Un cuchillo "facón" pequeño costaba $ 90. Adquirí pan, salsa, puré, atún, jugo, maní tostado, café ne saquitos y galletas. Al regresar, la piscina ya estaba cerrando. Antes de acostarme me comí lo que quedaba de polenta. Los cuidadores de la piscina tenían puesta la radio a alto volumen. Se escuchaban cumbias y música típica argentina: José Larralde. En la radio del cuidador sonaba bastante chamamé y chacareras.
El viernes 2 de febrero me levanté a las ocho, tomé desayuno y cociné polenta con salsa de tomates. Desarmé la carpa y ordené las cosas. También eché aire al neumático trasero y lubricante a la cadena. Parí a las 12 del día, con calor y un poco de viento en contra. Con más subidas que bajadas, a las 14 horas llegué a una cima, cerca de unas antenas repetidoras. Busqué la sombra de unos álamos, a la entrada de un yacimiento. Salió un guardia y me explicó que era una mina de carbonato de sodio, y que allí llegaban camiones que venían a buscar el producto desde Chile. Hablamos sobre el clima y me indicó que en esa zona llueve poco, por lo que la leña es escasa. Dijo que en el área de pastos, más a la costa y hacia el norte-noreste, hay mucho ganado. Pero, producto de la gran exportación, el precio ha subido mucho; hoy un kilo de vacuno cuesta $ 12. Proseguí con más descensos que subidas. El viento me frenaba en las bajadas. Después de un empalme y un pronunciado descenso, arribé a Las Lajas, a las 16 horas. Pregunté por el camping municipal y algunos me indicaban un extremo y otro del pueblo. Compré un agua helada con sabor a lima-limón y el comerciante me aseguró que el lugar estaba en el barrio de Las Lajitas, junto a un canódromo. Llegué al recinto, lleno de álamos, con ranchos de troncos, parrillas, una casa y una pista de carreras caninas. Tiene una cancha de futbolito y otra de voleibol playero. Un par de jóvenes me informaron que para las carreras, en las casuchas se instalan cocinerías y cantinas. Además, el terreno lo comparte con una casa, que por esos días estaba deshabitada. Hay gallinas, pollos y gallos, y unos baños a medio construir. Existe una estatua con un perro galgo y bajo ella, en un costado, un armario con vidrios que protege una imagen del gauchito Gil, rodeado de banderas rojas.
Por la ruta vi varias veces grutas de la Difunta Correa, en donde los que pasan le dejan botellas con agua. Pepino me contó que una vez encontraron el cadáver de una mujer que murió de sed y que su bebé sobrevivió mamando de uno de sus pechos.
Mientras miraba dónde podría acampar, pasó un hombre que dijo ser el cuidador. Iba con una mujer y algunos niños. Me sugirió que me instalara en una de las casuchas, que tiene un letrero que dice "cantina". Ellos siguieron para el río y yo partí en la bici a buscar los supuestos lugares para acampar que habían en el otro extremo. Llegué a un puente sobre el río. Hacía mucho calor y un gran número de personas se estaba bañando a todo sol. Casi no habían lugares con sombra. Después fui hacia un recinto para jineteadas que estaba cerrado con candados. Adentro tenía parrillas y pasto. Una persona de un taller mecánico me dijo que le pidiera permiso al cuidador, pero como no encontré a nadie, regresé al canódromo. Dejé la bici encadenada y me encaminé al río. Tuve que cruzar un arrollito, rodear un establo y caminar sobre defensas hechas con piedras y malla de alambre. Llegué a una playita en donde se bañaba la gente. Allí estaba Kano, el cuidador, con niños y dos mujeres. Una era la que iba con el cuidador y la otra era una morena con el pelo largo, liso -lo llevaba tomado. La encontré atractiva; andaba con un hijo. Yo dejé mis cosas en la orilla y me bañé. Había una corriente fuerte y espuma con un aspecto no muy saludable. De vez en cuando saltaban peces fuera del agua. A muchas personas se les nota ascendencia mapuche. Kano me preguntó por la bici, preocupado porque no me fueran a robar. Al cabo de un rato, él me guió de vuelta al camping por una senda que atraviesa el terreno de establos. Cruzamos el arroyito -con algunos pozones hechos con piedras- y Keno saludó a una familia. Una niña de ojos almendrados nos miró. Kano fue a buscar agua y una escoba para limpiar el piso de tierra de la "cantina". Más tarde se pusieron a jugar voleibol. Conversé con la niña del arroyito; su nombre es Dayana y tiene ocho años. Posee un bello mestizaje. En el pueblo también vi chichas muy lindas.
Antes de que se fuera la luz armé la carpa. Con la polenta que traía preparada desde Zapala hice una combinación con el atún, que quedó muy sabrosa.
Me hice un farolito con el poto de una botella plástica y una vela. Alrededor de las 22 horas me acosté. Llegaron unos acampantes en carros y metieron bulla, pero lo más jodido era el calor. Me acosté sólo con el traje de baño y con la cabeza hacia la entrada, que dejé abierta a medias. Sólo en la madrugada me metí en el saco.
El sábado 3 me desperté a las ocho. Mi desayuno fue café con leche y galletas "marmoladas". Después de ir al baño, comencé a escribir. Llevaba como una semana de atraso. A media mañana me hice unos mates y comí maní tostado. Apareció Keno, cuyo nombre es Rodolfo Fernández. Me contó que hace unos 20 años había llevado unos animales a engordar a las montañas (en primavera). De pronto, lo rodearon unos carabineros de frontera. Según ellos, estaba en territorio chileno; amenazaron con matarle el caballo y quitarle los animales. Más tarde apareció una patrulla de gendarmes argentinos, quienes les mostraron a los pacos que eran ellos los que estaban fuera de su patria. También me relató la historia de una tía que fue a encontrar en un ranchito en las montañas. Había sido dada en adopción por la abuela. Entonces, mandó a buscar a su mamá y la llevó para que conociera a su hermana. Estuvieron como una semana juntas y lloraron un buen rato al despedirse en el terminal.
Después de almuerzo (el resto de polenta con atún) dormí una siesta. A eso de las cinco fui a darme un chapuzón al río. Había un grupo de bolivianos y una pareja compuesta por una muchacha muy guapa (con rasgos aimara o quechua) y un tipo muy feo. De regreso, caminé al almacén del barrio. Estaba la mujer atractiva que andaba en el río el día anterior. Andaba con su hijo, comprando un regalo. Le dije "ola". Compré pan, una manzana, huevos y queso. En varios lugares he visto que ponen el queso y las cecinas en una bandejita - malla de plástico, y la envuelven al calor en un pliego delgado de plástico (máquina eléctrica). De vuelta, me hice una once con huevo frito (cena). Me acosté como a las diez. El grupo de acampantes estaba asando un chivo que compraron en el pueblo. Lo preparó Kano quien después me contó que se pueden conseguir por 80 ó 90 pesos. Ese día corrió un viento muy fuerte. Como a las 20 horas fui a ver cómo jugaban voleibol. Eran tres equipos que iban rotando. Estaba sentado en una banca cuando sentí un golpe en la pierna. Pensé que había sido una semilla caída de un árbol. Miré y era un pichón todavía sin plumas. Lo tomé y estaba vivo, pero con la piel cortada en la cabeza. Se lo pasé a una niñita que quería cuidarlo y llevárselo a su casa. Un niño moreno con problemas en los ojos; medio vizco y con uno algo cerrado, me preguntó si yo no tenía esposa e hijos. Le contesté que no y que ya había suficientes niños en el mundo. Soy solo y no tengo ni un perro que me ladre.
Hoy me desperté a las 8:30.

09/02/07

En Las Lajas los jerjenes me dieron duro en las canillas, tobillos, antebrazos y muñecas.
Durante la mañana del domingo 4 me dediqué a ponerme al día con la escritura. Para almorzar preparé polenta con salsa y huevo frito. Después me dediqué a engrasar las cuvetas de los ejes. Cuando dieron las cinco fui al río, me di un chapuzón y tomé una foto.De regreso, a eso de las seis, me afeité. A continuación, tomé once y proseguí con la escritura. Al rato, llegó Kano con las tiras de goma de unas cámaras de bicicleta que tenían mala la válvula. Tratando de cortar un grueso alambre, rompí el alicate. Buscando otros alambres, Keno me invitó a tomar unas cervezas. Estaba con otro tipo. Ambos me ayudaron a armar los ganchos de alambres. De ahí fui a la cancha de volei; tomé unas fotos a los niños. Anocheció y me fui a dormir.
El lunes 5 me levanté a las 7:45. Mientras tomaba desayuno apareció Keno y otro jornalero municipal. Les convidé unos mates.
Desarmé la carpa y ordené el equipaje. Keno se quedó cuidando las cosas mientras yo fui en la bici a comprar provisiones (Proveeduría es una forma de llamar a los almacenes). Estuve en el super del centro y en el boliche del barrio. Allí me compré un helado. Regresé pasadas las ... y le di a Keno todo el dinero argentino que me quedaba: $ 10. Luego le tomé una fotografía y me comprometí a enviársela por correo si salía bien. Nos despedimos pues él tenía que ir a pagarse al municipio. Cociné polenta para el camino y partí a las 12:40. Todo el viaje ese día fue en subida, con una pendiente cada vez más pronunciada. Varias personas me saludaban o daban ánimo. Siempre tuve viento en contra, que era más fuerte en la medida que ascendía. Ya cerca de Pino Hachado el paisaje se hace más verde y aparecen las araucarias. Para más remate, de pronto se salió la tapa de los piñones y se trancó. Una vez que lo arreglé, el viento cada vez más fuerte. Eché puteadas, me cagué en todo... Comenzó a hacer frío y yo seguía con polera, chalas y short. A las 19:40 arribé a la Aduana argentina. Cuando los gendarmes se dieron cuenta que iba en bici, intentaron que un camionero chileno me llevara a la aduana chilena, distante a 26 km. Me dirigí hacia la garita de salida y conversamos con el gendarme. Me hizo pasar a la caseta que estaba con una estufa. Sugirió que le pidiera permiso al jefe para colocar la carpa protegida en algún lugar del complejo. Eso hice y me aceptaron; que podía ocupar el baño hasta las 22:30 y me ofrecieron agua caliente. Con dificultad armé la carpa en uno de los estacionamientos bajo el alero principal. Una vez adentro, me hice un café y me comí la polenta fría. Me abrigué pues estaba helado. El viento era tan fuerte que la carpa se sacudía permanentemente. Las varillas agujerearon los cuatro esquineros. La capa se levantó. Cerca de medianoche, un gendarme salió para ofrecerme que durmiera en la garita. Rechacé la oferta ya que estaba con todo cerrado y tapado. Sólo pude dormir unas cuatro horas, cuando la carpa ya me topaba la nariz.
El martes 6 me levanté antes de las ocho. Tuve que esperar un rato para que me dieran agua caliente. Tomé desayuno y preparé las cosas. Inicié el viaje a las 10:25, con una cuesta de 6 km, ripio y viento en contra. Una vez pasada la cima, paré a sacar una foto, pero se había acabado el rollo. Allí comenzó una larga bajada de unos 20 km, hasta Liucura. El paisaje es mucho más verde y se ve que esa zona es una cuenca rodeada de montañas. El viento es helado. Una vez en la aduana chilena me puse a conversar con unos camioneros argentinos que estaban parados por falta de unos papeles. Un par de ellos me describieron el camino hasta Victoria y los lugares para acampar gratis. Los trámites los hice como a las 13:10, cargué agua y seguí algunos kilómetros hasta un puente sobre el río Bio-Bio. Entré por un camino a Pichipehuenco y bajé hasta unos árboles y pasto. Había una camioneta y una familia se bañaba y pescaba en el río. Hice fuego y calenté fideos con huevo. Las personas llegaron y nos saludamos. Nada más... estaba nuevamente entre chilenos. Se marcharon. Después de almorzar (había llegado tipo 14 horas) dormí una pequeña siesta. Reinicié la marcha a eso de las cinco. Pasé por un sitio que tenía unos letreros: "olla común", "consejo pehuenche de Lonquimay", y una bandera Mapuche.
Es un terreno ondulado, con ríos, que es verde y húmedo, y está rodeado de montañas. Cansado de pedalear contra el viento, llegué a Lonquimay como a las 20 horas. Encontré la oficina de información turística y le pregunté a la lola que atendía si había un camping cerca. Me dio un folleto de "Río Lonquimay", que estaba a 15 km y que cobraba $ 1.000 por persona (supuestamente). Me abrigué y partí siendo las 20:30. En el camino oscureció, y al llegar al kilómetro 106,5 ya no se veía nada. Pregunté a unos tipos que estaban en pana y me dijeron que era en una casa a la orilla del puente o en un sitio al otro lado. En ambos lugares estaba oscuro, nadie respondía a los llamados y sólo ladraban los perros. Con la luz de los vehículos logré dar con una entrada y un letrero de "estacionamiento". Encendí una vela y la puse en un farol. Coloqué la carpa sobre un poco de pasto, y al lado del letrero, en el cual encadené la bici. Estaba helado, muy silencioso y, hacia el cielo, la noche repleta de estrellas. Vi una estrella fugaz y pedí: "salud, laburo y amor". Dormí bien; sólo un poco de dolor en las caderas y que me tuve que abrigar en dos oportunidades después de las 04:00.
El miércoles 7, un poco antes de las nueve, sentí que llegaba alguien en bici a abrir el portón. Me levanté un poco después y saludé al cuidador del recinto, y le expliqué lo que había sucedido. Me contó que ellos cierran a las 19 horas. Tomé desayuno y estuve listo para partir a las 11:30.
10/02/07
Un poco más adelante pasé por el poblado de Sierra Nevada, en donde una montaña con nieves eternas hace de telón de fondo. Cerca de las 12 horas llegué al tunel Las Raíces. Una bicicleta en la parte posterior de una camioneta. Detrás, un caballero asomó su cabeza por la ventana y me dijo: "ese es colega suyo, es venezolano". Se me acercó un funcionario de la concesionaria y me preguntó si quería cruzar. Me explicó que no podía hacerlo en bicicleta, pero que le pediría a una camioneta que me llevara. Fue donde la cobradora del peaje y ésta le pidió el favor a un tipo que iba con su hijo. Dos empleados me ayudaron a subir la bici. El túnel mide 4,5 km, es angosto -una vía- y alto. Fui sentado en el asiento trasero y los que iban delante no me dijeron nada en todo el trayecto (otra vez en Chile). Al terminar, le pedí al conductor que me ayudara a bajar la bici. Lo hizo y nos despedimos.
14/02/07
La mayoría de la gente trabajadora usa jokey de beisbol.
Alrededor de las tres de la tarde arribé a Curacautín. Busqué un cajero automático y lo hallé dentro de un supermercado. Realicé compras y fui a la plaza. Me ubiqué tras una feria artesanal, almorcé y descansé un poco. Antes de partir, pasé por una oficina de información turística. Una lola me aseguró que en el camino a Victoria habían campings, pero no sabía a cuántos kilómetros. Tal como me habían dicho los camioneros, había subidas, llanos y bajadas, con riachuelos y puentes. Tipo ocho de la tarde, pasé por el costado de una explanada ubicada en la esquina de una calle de ripio. Había un letrero que decía: "faja Fernández". Le pregunté a una señora y a un caballero que esperaban locomoción en un paradero situado un poco más hacia el oeste, y me contestaron que esa zona era tranquila, sin peligro. Hice fuego para tomar once y después puse la carpa. Llegó la noche; muchas estrellas. Dormí bien. Encadené la bici en un arbusto. Por la mañana estaba frío y húmedo. La cubierta de la carpa se hallaba mojada. Como estaba en la sombra, empecé a llevar las cosas hacia el sol. Encendí fuego y preparé el desayuno. Una vez que la carpa se secó. Estuve listo para partir a las 11:25 h. Inicié el pedaleo y alcancé la ciudad de Victoria a las 13:10. Compré un rollo de 36 fotos y me dirigí a un supermercado a comprar dos latas de cerveza. Luego, partí hacia la plaza central y me senté en una banca cerca del chorro de agua de una especie de pileta. Hacía mucho calor y el rocío era refrescante. Mientras miraba a una hermosa muchacha que leía un libro sentada en otra banca, se acercó un caballero con maletín y se puso a conversar conmigo. Era oriundo de Misiones (Argentina) y trabajó en Gendarmería. En Santiago, laburó en la fábrica Bartolazo, cerca de Peñalolén. Ahora se desempeña como vendedor viajero de los plásticos Wenko, y vive en San Bernardo.
Reinicié el pedaleo a las 15:20 h, salí a la ruta 5 sur y me dirigí hacia el norte. Por el calor, me saqué la polera. Hay muchos locales con venta de tortillas, queso y mote con huesillos. Alrededor de las 17:10 arribé a Collipulli, luego de pasar al lado del Vidaducto del Malleco. Intenté llamar a Paulina Ríos a Conce, pero no contestaban. La chica que atendía me informó que hay un lugar para acampar a orillas del río, al costado del puente Santa Elena, unos 15 km en la ruta hacia Angol. Me tomé un helado de lúcuma y proseguí por la ruta de la madera. A esta altura, ya se notaba el vencimiento del neumático trasero. Aparecí en dicho puente a las 18:50 h y le pregunté a un caballero por dónde bajar. Me metí por un camino empedrado y llegué a un terreno a orillas del río, con bastantes árboles, huellas de fogatas, pasto, arena y basura. Había un auto y una pareja recostada en el pasto. Me bañé en el río aunque era muy bajo. Después llegó una camioneta con forestales a darse un chapuzón. Al rato, me trasladé hacia un sitio más adecuado para acampar. Hice fuego y cociné fideos y huevo frito. Bastantes zancudos. Me acosté pasadas las 22 horas. Como a medianoche llegaron vehículos motorizados con jóvenes bulliciosos que colocaron música reguetón. Tomaron copete e hicieron fogatas. Hubo un conflicto con el "guatón de los motes" que manejaba una camioneta. Se fue y dejó a su contrincante y a unas muchachas. De madrugada llegó otro vehículo a buscarlos.
El viernes 9 me levanté a las 8:30. Hice fuego y tomé desayuno. Todavía humeaba la fogata de los carreteros de la noche anterior. Dejaron las botellas plásticas y la basura tirada. Reflexión sobre los espacios públicos. Listo para partir aproximadamente a mediodía.
Luego de unos 45 minutos de pedaleo arribé a Angol. Encontré un local de repuestos de bicicletas "La hermosa". Compré un neumático. Después fui a dar una vuelta por la plaza principal. Mucha gente, vehículos motorizados y ciclistas. Un taxista me preguntó que de dónde venía y hacia dónde iba. Posteriormente paré a comprar tomates, pan y leche chocolatada. Salí con rumbo a Renaico y paré en la sombra de un árbol, pasado un rió y al lado de un kiosco. En la marmita traía fideos; hice una ensalada de tomates y abrí la lata de sardinas. Llegó una camioneta con cajas de tomates y una señora que abrió el kiosco. Al poco rato, se acercó a regalarme cuatro tomates. Retomé el recorrido a las 16 horas. Muchos camiones y buses. A las 17:30 llegué a Renaico. Intenté otra vez comunicarme con Paulina, pero sin resultado. Paré un rato a orillas del río a mirar la gran cantidad de gente y carpas que estaban en el balneario municipal. Seguí el viaje hasta llegar a Nacimiento como a las 17:30 h. Fui a conocer la plaza principal, un antiguo fuerte situado sobre un monte, con una gran vista al valle y al río. Le pregunté a un tipo sobre balnearios populares. Me habló de un puente colgante y de Nicodagua, a unos 8 km hacia el oeste. De ahí, fui a comprar bebida y huevos. Retomé la ruta y a las 19:00 me encontré en el peaje de Nicodagua. Avancé un poco pero me devolví al ver que el río se alejaba de la carretera.
Entré a un camping particular en donde había un kisco atendido por dos hermanas. Sólo me cobraron $ 1.000 por la carpa (no tuve que pagar los $ 400 por persona). Me instalé en uno de los sitios, busqué palos en un bosque al otro lado de la carretera, y calenté agua para cocinar fideos. Ya de noche, llegó una de las hermanas (la menor y más morena) y me regaló unas sopaipillas que había hecho su mamá. Unos vecinos -que reunían varias carpas- pusieron reguetón con letras bien picantes ("cochinas").
15/02/07
Esa noche llegó un grupo de jóvenes: dos mujeres y cuatro hombres. Colocaron sus carpas al lado e hicieron fuego. Comieron y empezaron a tomar copete. Yo me acosté pasadas las diez y me desperté como a la una de la madrugada, por el boche que tenían. Se pusieron a cantar y tocar la guitarra. Invitaron a un venico llamado Marcos. Jugaban a un tipo de bachillerato oral. Decidí levantarme y sumarme al carrete. Me convidaron trago y uno de ellos -llamado Andrés- me relató su historia personal.
16/02/07
Andrés fue hijo de una relación furtiva entre una mujer de Tomé y un hombre de Conce. Fue criado por su abuela en condiciones de pobreza. Trabajó cargando luga y en una zapatería. Entró a la U de Conce y estudió con becas. Laboró en un restorán y otros lugares. Fue "adoptado" por una familia de buena situación de Conce, con dos hermanos, uno de los cuales estudia arquitectura. Hace poco terminó la carrera de Periodismo y se especializó en metodología cuantitativa de investigación. Ahora le dieron pega en una agencia de ingenieros que hacen estudios para empresas. Le gusta la corriente de Maturana, y también tiene una visión muy crítica de la prensa nacional.
Las dos hermanas se llaman Darling y Yenifer, son de Nacimiento y estidian en Los Ángeles. Sus padres tienen un restaurante y son derechistas. Los dos hermanos fueron ciclistas de montaña, pero lo dejaron por los accidentes.
Bebimos copete hasta las 05:30, en que nos acostamos.
Desperté como a las 9:20 y seguía mareado. Ese sábado 10, tomé desayuno y después me uní al grupo de mis vecinos. Como hacía mucho calor, nos bañamos varias veces en el río. Para almorzar preparé un guacamole, con los tomates que tenía y paltas de ellos, con cecinas, ajos, ajíes y pan. El resto del día lo pasamos entre la conversa, el río, la cerveza y el guitarreo. Al atardecer, antes de irse, me regalaron pan, papas, vino y carbón. Nos tomamos unas fotos e intercambiamos mails. Les ayudé a empacar y se fueron en un colectivo a Nacimiento.
Esa noche preparé un puré de papas y un huevo frito. Apareció la morenita que atiende el kiosco y quedamos en conversar más tarde. Me cambié de ropa y fui a encontrarme con ella. Se llama Violeta y tiene 26 años. Tiene un hijo -Diego- de dos años y medio. Lo tuvo con su último pololo, con quien tuvo una relación de tres años y medio. Él le había dicho que por una operación, no podía tener hijos. Sus padres la trataron mal cuando quedó embarazada, y ella se fue. El resto del año vive y trabaja en Nacimiento, en el comercio. Arrienda una pieza. Mientras está en el terreno de sus papás, la tienen controlada y "cortita".
El domingo 11 me levanté temprano y estaba nublado. Preparé desayuno y desarmé la carpa. Le dejé las papas, el pan, el carbón y el vino a una familia que había llegado un rato antes. Colocaron música evangélica. Tomaban mate. Una adolescente sordo-muda que jugaba.
Pasé al kiosco de la entrada y le tomé una foto con las hermanas en el interior. Le escribí mis datos en un papel a Violeta y nos despedimos. Eran las 12 del día. El camino hacia Santa Juana tiene muchas curvas y subidas. En el transcurso vi una misa al aire libre y una fiesta con carreras a la chilena. Pasadas las 15 horas, me detuve en un empalme a comer un pan y un durazno. Había un tipo en pana y un par de personas, de una casa cercana, fueron a ayudarle. Al pasar a mi lado, el mayor me preguntó por mi viaje. Seguí, y un poco más allá comenzó una gran bajada, que en una de sus curvas tiene una cascada. A continuación, un plano y una larga recta antes de llegar a Santa Juana a eso de las 16:30. Busqué la plaza principal y había una festividad de la miel, con mucha gente, escenario, estands y música criolla. Compré un tarro de jurel y me fui a almorzar a una esquina de la plaza. Luego llamé por teléfono a Tombo y al Huaso, para conseguir alojamiento en Conce. Compré un helado y volví a llamar. Eduardo me dio el dato de un Centro Social en Penco (en la estación de trenes). Emprendí viaje a las 18 horas, y que quedaban unos 46 km hasta Conce. El trayecto es bastante plano, con curvas y gran parte bordea el río Bío-Bío. El paisaje es bonito, con mucha vegetación y caídas de agua. Cuando iba arribando a San Pedro, un hombre que esperaba locomoción, me dijo: "usted que es bueno para pedalear; lo vi arriba antes de Santa Juana". Aproximadamente a las 21 horas estaba cruzando el puente por donde se entra a Conce. Seguí por una ciclovía, luego por la calle y después, otra ciclovía en el parque Ecuador. Llegué a la U de Conce y busqué la casa de Paulina. Toqué el timbre y salió Nelson, su marido. Estaba solo, pues Paulina con sus dos hijas estaban vacacionando en Villarrica. Me hizo pasar y nos sentamos en la mesa a cenar y a conversar. Dejé la bici y el equipaje en el patio trasero y me di una ducha. Esa noche dormí en la pieza de María José, la hija mayor (15 años).

(continúa...)