viernes, septiembre 05, 2003

1.10 De La Serena a Pichasca

Coloqué la bicicleta en el maletero del bus y me fui a Paihuano. El camino no era lo empinado que yo me figuraba, y la pendiente es más bien suave. Bordeamos el embalse Recoleta y el día se despejó. Llegué a Paihuano como a las 14 horas, puse el equipaje en la bici y comencé a buscar la casa de la mamá de Carmen Gloria. Antes, compré plátanos en un almacén. Como la dirección no la hallaba, le pregunté a una niña que andaba en bicicleta. Ella, con otra amiga que llegó, me ayudó a dar con la casa, que no era la 137, sino la Nº117. Golpeé la puerta y salió Fernanda, la hermana menor de Carmen Gloria.
(09:40)
Le expliqué la situación y me hizo pasar por el portón. Luego apareció su mamá y repetí la historia. Me pasó a la cocina y me dio una ensalada para almorzar. Luego tomé algo caliente y seguimos conversando. Me contó que ella no estaba enojada con su hija, sino que era Carmen Gloria la que se molestó porque a Gloria ya no le agrada Claudio. La invitó a pasar unos días en vacaciones, pero sólo a ella y los niños. Dijo que en un comienzo ella se llevaba bien con su yerno, pero que con el tiempo él la decepcionó. Me invitó a darme una ducha y a alojar en la pieza para los visitantes. Es un cuarto amplio, bonito, con escasa decoración, y en una mesita al rincón hay una fotografía de Sai Baba.
Gloria fue muy acogedora y cariñosa conmigo. Me dio propóleo para mejorar mis defensas, y me enseñó a hacer un pan indio que se llama chapati. Dijo que me enseñaba porque tenía condiciones y paciencia, según mi signo géminis. Ella es libra, y congeniamos bastante. Su primer marido fue militar y es del Opus Dei, y ella estaba hecha una geisha. Se aburrió de eso y dejó todo para irse al Elqui. Llegó con la intención de hacer un periódico –ella estudió Comunicación Social en el Instituto de Mónica Herrera- y un tipo le pasó la casa e invirtió en el proyecto. Me confidenció que el gran amor de su vida fue un muchacho 14 años menor que ella: él tenía 22 y ella 36; de esa relación nació Fernanda, que hoy tiene 17 años. Después conoció a un holandés, que fue su segundo marido. Con él tuvo un restaurante y también vivió en Holanda, en una casa flotante. Él viajó en bicicleta desde Tacna a Santiago en cuatro semanas (70 km diarios), y había estado en China y otros países. El recorrido lo hizo a los 38 años. Ahora están separados, pero son muy amigos. Él es voluntario del Cuerpo de Paz en Colombia y se dedica a sanar a los niños heridos por la guerra de guerrillas. Gloria tiene 54 años y se mantiene bastante bien: lleva una dieta sana y hace meditación todas las mañanas. Fernanda no va al colegio, pero da exámenes libres una vez al año. Ahora está en Tercero Medio. Gloria insinuó que yo le recordaba tanto a su gran amor (al papá de Fernanda), como a su marido holandés. Le ayudé a limpiar y reparar una licuadora, y me dio un yogurt de soya. Cooperé pelando nueces, con las que preparó una mermelada de alcayota. Lavé la loza y le ofrecí mi colaboración en lo que quisiera.
(22:00)
Gloria señaló que yo parecía brasileño y judío. Al día siguiente salí como a las 11 horas en la bicicleta, pero sin equipaje, hacia Alcoguaz, a la casa de una pareja, amigos de Gloria. Pasé por Monte Grande, Pisco Elqui, Los Nichos, Las Placetas y Horcón. Demoré dos horas y 45 minutos. Casi todo el camino fue de subida, y desde Pisco es de tierra. Me recibieron Remi y Paulina, que tienen un hijo de unos cuatro años. Él es francés y ella estuvo exiliada allá, pues sus padres son comunistas. Remi trabajó en un banco, en donde ahorró la plata para venirse a Chile. En Francia hicieron juntos un recorrido en bicicleta de unos 1.000 km, y Remi hacía largos viajes en los que comía mientras pedaleaba. Llegaron hace 15 años, y en un comienzo vivían en una pieza con baño y cocina en el mismo ambiente. Después construyeron su actual casa, de dos pisos –arriba es un taller- y desde hace cuatro años Remi está construyendo una casa con forma de cohete en espiral. Al lado tiene la cocina-comedor-baño-bar, en una construcción ovalada. Usa cemento mezclado con adobe, arcilla y tierra de color. La estructura de la torre es de fierro, por lo que ha soldado mucho, lo que tiene a Remi con algunos problemas de salud. Gloria me contó que ellos pintan, bailan y hacen aikido. Remi me relató que para Paulina ha sido difícil el retorno, porque a ella la rechazan tanto los "momios" como la gente de la izquierda partidaria, que esperan de ella una cierta militancia o le dicen que en Francia vivía bien mientras ellos padecían la dictadura. Me expuso la historia de una señora –que estaba allí cuando yo llegué- que había sido pareja de un mirista que mataron para el golpe. Posteriormente ella trabajó para los militares, los cuales la convencieron de que ellos eran los "buenos". Ahora que hay posibilidades de reparación económica, ella se inscribió para recibir una indemnización por la muerte de su esposo. Almorzamos pescado con quinoa y ensalada. Remi preparó un gran pan, al que le puso una cucharadita de cloruro de magneso (creo), con harina integral. Me dijo que en ocasiones compran los granos de trigo y ellos mismos lo muelen en una trituradora metálica. El terreno está lleno de árboles frutales, entre los que vi un nogal, naranjo y níspero. La otra construcción es una especie de templo-sala de exposiciones, que en el techo tiene una obra hecha con resina y trozos de madera, en espiral, para que el agua de la lluvia escurra hasta una pileta en el centro. Para los revestimientos, inventó una mezcla de cemento con arcilla, para soportar el inmenso frío producto de las nevadas en invierno. Este año me dijo que nevó en junio, y que la temperatura llega varios grados bajo cero. Subimos por las escaleras hasta el cuarto piso del "cohete" y me mostró unos mosaicos hechos en el suelo. Me arrepiento de no haber tomado fotografías del lugar. Le ofrecí mi ayuda para trabajar un tiempo el próximo año, pero él dudó que yo me la pudiera cargando sacos de cemento. Intercambiamos coordenadas y emprendí el viaje de regreso a Paihuano.
Bajé velozmente, me demoré una hora y media y llegué pasaditas las 19 horas. Gloria sacó la cuenta con los números de mi fecha de nacimiento y dijo que yo era número 11, lo cual es un signo de sabiduría, de tener pasta de maestro…(¿?) Indicó que yo debía asumir mi "misión" y seguir adelante en mi proyecto. Miró la palma de mi mano derecha y sentenció que yo sería bueno para hacer Reiki y masajes. Por la mañana, antes de partir, me regaló tres paltas, unos higos secos, mermelada de alcayota, miel, pro-póleo (en un frasquito con gotario) y masa para hacer chapati.
Pedaleé hasta Vicuña, en donde me compré un pastel, tomé una bebida y compré paté y pan. Casi justo al mediodía estaba tomando el camino hacia Río Hurtado.

05/09/03
(11:35)
Luego de un trayecto plano, entre arboledas, comenzó una cuesta –todo camino de tierra- que tuve que realizar caminando. Iba sin polera y transpirando; de pronto tuve la "visión" de que en una vida pasada había sido un esclavo que trabajaba duro a pleno sol. Gloria me habló de un par de regresiones que había hecho como parte de terapias. Más allá de que si realmente existen la reencarnación y las vidas pasadas, lo importante es que la imagen que se vive, la historia que se cuenta, sirve para quedar tranquilo. Una señora tenía horror a que le pusieran la mano o le taparan la nariz. En la regresión tuvo la visión de que había sido una egipcia, que murió sepultada por la arena en una tumba faraónica. El otro caso fue el de una mujer que perdió a sus dos hijos, por una extraña enfermedad, de manera seguida. En la regresión, ella visualizó una guerra en la que sus dos hijos murieron en combate, sin que ella pudiera ver cuando ocurría. En esta vida se le había dado la oportunidad de verlos morir. Con eso calmó su pesar; conoció a su nueva pareja, con la cual tienen una niñita.
Bajada la cuesta, viene la ascensión por una quebrada, con suave pendiente. Pasé por el lado de un ranchito y, más adelante, crucé con un camión, cuyos ocupantes me saludaron. Al mirar a las cumbres, me pareció ver la esfinge de un rostro parecido a Carlos Marx. Un tramo más arriba, cuando eran como las 14 horas, paré en la sombra de un árbol para prepararme el almuerzo. Hice fuego, cociné en la olla y me hice un té con higos. El lugar era ameno, con una alfombra de pasto, rodeado de piedras y cactus. Cuando fui a tomar una fotografía para el registro, me di cuenta que justo quedaba en el recuadro la cara de Marx.
Tipo 16 horas proseguí el viaje. Luego de la quebrada se inició otra cuesta que también hice a pie. Cuando iba subiendo, pasaron a mi lado una camioneta cargada, y dos jeep con extranjeros. Después de la cima, viene una bajada suave que pasa al lado de un fundo con vides. Un tractor llevaba a los jornaleros de regreso a la casa del administrador. Antes de llegar a la entrada, salió un tipo en moto. Seguí bajando y paré en una curva, en un costado de la quebrada. El agua pasaba por una cañería. A ambos costados habían ranchos. Bajé a las ruinas de una casa de adobe y coloqué la carpa entre una pirca y un árbol de espinos. El anochecer fue precioso, con el cielo rojizo, vista al observatorio del cerro Tololo y, a mis espaldas, las cumbres con nieve. El amanecer también fue maravilloso.
Levanté el campamento y continué; pasé el puente Pangue, subí una pequeña cuesta y al otro lado, luego de una bajada, había un ranchito con muchos animales. A continuación, había una última subida, con una panorámica muy bonita. Llegué a la cima, al portezuelo –me arrepiento de no haber tomado una foto- y se veía todo el camino que había hecho. La bajada es empinada, con muchas curvas, y de unos 12 km; se pasa cerca de varios ranchitos, un paisaje que recuerda las películas sobre Heidi. En una de esas se cayó el bolso de cuero, y tuve que amarrarlo con la goma a la parrilla delantera. Llegué a Hurtado y compré una bebida en un boliche. El caballero me contó que había hecho el servicio militar en Arica. Bajé por las sinuosas calles de tierra, rodeado de hermosos parajes, y almorcé bajo unos árboles, al costado del camino. Seguí descendiendo; pasé Morrillos en donde escuché los loros tricahue –que creía eran cuervos-, luego Serón. La bajada se combinaba con pequeñas subidas, todo en curvas, siguiendo las oscilaciones de la montaña. Llegué a Fundina y se pasa por varios vados. Finalmente arribé a Pichasca, en donde paré en una casa que tenía a algunas señoras sentadas en su patio delantero. Pregunté por Allan y me dijeron que era su vecino, pero que a esa hora estaba en la escuela. Avancé hasta allá y me contactaron con él; me reconoció de inmediato, pero pensó que yo era ingeniero. Me presentó a su polola Julia, y a un joven alemán que está realizando trabajos voluntarios: Oliver. De ahí caminamos a su casa, y me acomodaron en una pieza-estudio. Era el 26 de agosto.
(14:45)
Esa tarde-noche conversamos bastante. Recordamos la época de los trabajos voluntarios (1986) y de la campaña del NO (1988). Me refirió su trabajo en la comuna, a la cual llegó hace cinco años, después de su regreso de Alemania. Su tesis de magíster fue un análisis comparativo entre el valle del Elqui y el de río Hurtado. Es presidente de la junta de vecinos hace como cuatro años, y es profesor de la Escuela para Adultos. Además está a cargo de un proyecto para reciclar y reutilizar el agua en el colegio. También organiza actividades sociales y anima eventos. Esa tarde llegó Lucrecia, una muchacha de 25 años que estudió sicología en la universidad de La Serena. Ella trabaja en un proyecto de la municipalidad y el ministerio de Educación para integrar a los niños con discapacidad al sistema normal. Ella me recordó a Viviana (San Pedro) y yo le recordaba a un amigo. Me agradó, pero no tanto como para imaginarme algo. Ella pololea hace cinco años con Enrique, que trabaja en Illapel. Creo que comparten un depto. en La Serena. Lucrecia nació en Salta, Argentina, ya que su papá fue exiliado. Él es dibujante técnico y trabaja en El Salvador. Coincidimos en que ella es de signo géminis, al igual que su hermano mayor, y su madre es leo y su papá es cáncer (igual que los míos).
La polola de Allan –Julia- cumple 27 años este 2003. Ella es oriunda de Pichasca y ha combinado sus estudios medios con trabajos en distintas partes: planta de pisco, Santiago, La Serena, etc. Su especialidad son las hierbas medicinales, y me contó que sufrió hipertiroidismo, lo que la ponía muy nerviosa. A ella le gustaría tener hijos, pero Allan dice que está muy viejo. Es delgada y con nariz aguileña; aunque no es muy bonita, tiene atractivo y simpatía. Cuenta con esa sencillez que me hizo recordar a Irma.
(22:30)
En el segundo día en Pichasca, amasé lo que me regaló Gloria y le agregué nuez molida. Cuando estaba en eso, apareció Lucrecia, y comenzó a ayudarme en la preparación de los panes indios. Para la once teníamos hechos varios y los compartimos con Allan y Julia. Al rato llegó Denis, un tipo lugareño, algo menor que yo, que se dedica a cuidar un recinto que usan los curas para hacer sus retiros. Uno de los temas de conversación fue el de los fenómenos paranormales. Allan relató que en su niñez con su hermana veían un hombrecillo que en las noches les bailaba vestido de marinero, hasta que un día al dar un giro, reapareció como un anciano con un bastón, que les decía adiós. Denis contó que en una oportunidad levitó con cama y todo, y que de pronto cayó de golpe. Dice que un amigo fue testigo de ello. También recordó que cuando niño ayudaban a su padre a trabajar en un pique minero, y que dormían en unas colchonetas en las que se acurrucaban culebras debajo de la almohada. Lucrecia expuso el caso de una tía que nadie sospechaba que tenía una historia oculta, pues era profesora. Resulta que había estado casada con un sádico, y para librarse de él tuvo que arrancar sin poder llevarse a sus pequeños hijos. Pasaron los años, y ya de adulta, su hija se suicidió.
Allan y Julia se fueron a dormir y Denis se quedó hasta que se acabó el vino. Nos trasladamos al living y la cosa comenzó a alargarse. Ya a esa altura me parecía que Lucrecia estaba interesada en mí, pero con Denis presente, no había nada que hacer. En una de esas, ella se sentó a mi lado en el sofá, y ese gesto de cercanía reafirmó mi sospecha. Cuando por fin Denis se despidió, ya eran como las dos de la mañana. Se fue sin contarnos esa cosa secreta que lo atormentaba. Una vez solos, con Lucrecia nos recostamos frente a frente, mientras escuchábamos los temas de un español. Luego de mirarnos a los ojos, tomé su mano, y ella también me acarició. Luego, me la cogió y se la puso bajo la chomba, para que sintiera los latidos del corazón. Yo la abracé y le hice cariño. Le pregunté que desde cuándo había tenido ganas de que la tocara, y me respondió que desde que conté las historias de mis amores platónicos y frustrados, que había tenido desde mi niñez. Agregó que le encantaban mis manos grandes y de dedos largos. Yo señalé que me gustaba su suave piel y su cuerpo delgado y bien proporcionado. Ella me llevó a su pieza y nos echamos en su cama; ahí nos besamos y empezamos a sacarnos la ropa. Cuando estábamos desnudos y abrazados, le pregunté si había visto la película "Los puentes de Madison", con Maryl Streep y Clint Eastwood. Ella dio un grito de asombro y afirmó que era una de sus películas favoritas, y que había llorado al verla. Después, me vestí y traje la miel desde la cocina. Nuestros cuerpos se acoplaban muy bien y me gustó mucho abrazarla por atrás y poner mis manos sobre su vientre, con las de ella cubriéndolas. Dijo que en la tarde, al ver mi cuello por la camisa, había tenido curiosidad de saber cómo era mi pecho, y que al tocarlo le había gustado. Creo que dormimos sólo un par de horas hasta que se tuvo que levantar. Ella se fue a trabajar y yo volví a dormir. Después de almuerzo me puse a hacer la masa para el chapati, con el higo que había rayado la tarde anterior, cuando conversábamos con Denis. Cuando dejé reposar la masa llegó Lucrecia y estuvimos un rato juntos hasta que la pasó a buscar el colectivo que la llevaría a Ovalle. Antes de eso intercambiamos números telefónicos y le di mi e-mail. Previo a la despedida, me tiró la talla de que por qué no arrendábamos una casa juntos en Pichasca; yo le contesté que prefería ser sólo visita. Esa tarde tomamos once con Allan, Julia y luego apareció Denis que llegó con una caja de vino para reponer la que se había tomado. Más tarde, Allan me invitó a su pieza a ver fotografías de su estadía en Alemania. Se veía muy diferente sin bigotes y con el pelo largo. También me habló de sus crisis de pánico y de los tratamientos que realizó. Me explicó cómo habían sido las heridas que le hicieron los pacos, y las secuelas que tuvo. Intercambiamos teléfonos y correos electrónicos.
A la mañana me puse a arreglar las cosas para irme a Ovalle. Tuve que rearmar la alforja delantera, y todo estuvo listo como a mediodía.