domingo, agosto 31, 2003

1.8 De Huasco a Carrizalillo

Apenas estuve en el puerto de Huasco, me puse a telefonear al Fito, que no pude ubicar. Me compré cosas para comer, un par de empanadas de queso (dialogué un poco con el vendedor, quien me preguntó si estaba cumpliendo una manda). Como quería cambiarme la ropa, pues se me estaba enfriando la transpiración, me fui a la costanera, que está abajo, al lado de la playa chica. En frente hay un bosque, con juegos y sitios para picnic. Mientras estaba allá, desde el norte venía caminando una mujer, con un rollo de papel kraft en las manos y con pinta medio artesa. Al pasar a mi lado nos saludamos, y comenzamos a conversar. Señaló que no parezco periodista, sino una especie de peregrino. Me invitó a tomar once a casa de sus padres, y la acompañé a comprar a la panadería. La casa está en una esquina, y tiene remolinos y una bandera que dice Paz. El jardín está lleno de plantas y el interior contiene colecciones de artefactos de la época de los Changos. Ella vive con su hijo Sebastián, de 10 años, con sus padres, su hermano Lorenzo y una hermana que tiene dos niñas. Durante la once me interrogaron y les conté un poco las historias de mi familia. En la noche acompañé a Pilar a llamar por teléfono, y, después, a conocer un mosaico que hizo en el patio principal de la parroquia. Luego me llevó a conversar con el párroco, un sacerdote español que tiene su casa al lado de la iglesia. Nos convidó un pajarete tinto que estaba muy rico, y hablamos acerca de mi proyecto. Al plantearle mis ideas sobre nomadismo y la vida del cazador-recolector, afirmó que yo ponía en duda la evolución. Nos contó el caso de una señora trabajadora a la que se le suicidó un hijo de treintitantos años, y que su otro hijo de 17, estaba metido en la droga y era bebedor excesivo de copete. De regreso en su casa, estuvimos conversando en la cocina, mientras su mamá cocía unos vestidos para un grupo de baile. Esa noche Pilar me prestó un librito sobro Gaudí, del cual leí su biografía. A la mañana siguiente continuamos conversando, mientras tomamos desayuno y después. Me contó sobre la muerte de su marido; hace cuatro años, en un accidente automovilístico. Cuando viajaban a grabar la puesta en marcha de un observatorio en el norte grande, para el programa de periodismo científico, conducido por Eric Goles, el chofer se quedó dormido por la puna. Poco antes su marido se había sacado el cinturón de seguridad para jugar en un computador portátil. La camioneta se volcó y él se salió del vehículo, el cual le cayó encima; se paró y preguntó si los demás estaban bien. Luego se desmayó y murió cuando lo llevaban al hospital. Tenía poco más de 30 años y se desempeñaba como sonidista en una productora. Allí mismo trabajaba Paula Leighton, hermana gemela de Alejandra. Caminamos hasta la plaza de Huasco, en donde ella tomó un colectivo para ir a Vallenar. Me mostró un pequeño parque que había construido su papá con material de desecho. Crearon una junta de vecinos y ganaron un proyecto Fondart para ampliar el parque, que está en terrenos públicos. Pilar me agradeció que me quedara en su casa, pues nuestra conversación dijo que le había hecho muy bien.
Tomé rumbo a Vallenar y pasé a comprar un kilo de aceitunas por $ 500. Me atendió una señora muy amable, con la que conversamos un ratito. Me recomendó que alojara en el hospedaje del Hogar de Cristo, porque es bueno, y que descartara la ribera del río, pues acampaban muchos "patos malos". Al pasar por Freirina, me saludaron unos tipos que después me adelantaron en un camión. El valle de Huasco es muy bonito y se me hizo agradable recorrerlo. Almorcé en una parada de buses y al pasar un tren que venía de Vallenar, el chofer de la locomotora me saludó con la mano. Llevaba unos 30 carros llenos de algo parecido a cenizas. Una vez en Vallenar, luego de recorrer el centro me fui a telefonear a un Centro de Llamados. Allí me puse a conversar con Ricardo, un tipo de unos cuarenta y tantos años, dueño del local junto a su esposa Danitza. Cuando ella llegó, y mi contacto con el Fito había fracasado, ellos me invitaron a colocar la carpa en el patio de su casa, que quedaba saliendo de la ciudad, hacia el interior.

23/08/03 (20:58)
En la casa de Ricardo y Danitza me invitaron a tomar once y luego a cenar. En el intertanto apareció un amigo de ellos, Carlos, que era bastante simpático. Los tres se veían como unos seis años mayores que yo, y salieron al patio a fumar marihuana. La pareja tiene una hija de 17 años, que va en Cuarto Medio y que se tuvo que cambiar de colegio porque usaba muy corto el jumper. Danitza me pareció muy dominante, y decía que deseaba que los militares volvieran a gobernar (¡!). Se quejó de los funcionarios de Indap, que los están tramitando para un crédito. Quieren hacer una plantación y construirse una casa en el terreno que heredará Ricardo. Aclararon que el centro de llamados no es un buen negocio, y que les gustaría poner un servicentro con restaurante. Indicaron que ellos no acostumbran a recibir a desconocidos, pero conmigo había hecho una excepción. Además, para ella una señal importante era la conducta de los dos perros, los cuales tuvieron muy buena onda conmigo. Vimos el programa Contacto en la TV, y salimos a armar mi carpa como a medianoche. Carlos me contó que una vez había llegado un tipo en bicicleta sin cambios, y que arrastraba un pesado carro de madera. Venía de San Antonio y estaba cumpliendo una manda.
Al otro día, armé mis cosas y bajé a Vallenar. Fui a despedirme de Danitza y Ricardo, y a intercambiar teléfonos y e-mails. Luego me dirigí a la plaza de Vallenar, pues habíamos quedado de juntarnos a mediodía con Pilar. Coincidió con un acto de la CUT provincial, con motivo del Paro Nacional (13 de agosto). Un par de muchachos que andaba en esas bicicletas para acrobacias urbanas, me interrogaron que de dónde venía, etc. Otros niños me habían preguntado, por el hecho de andar solo, si yo era "choro". En el discurso de uno de los oradores, me llamó la atención que se refiriera al trabajo de acarrear piedras como "indigno para mujeres". Una muestra más del machismo chilensis. Esperé a Pilar hasta como las tres de la tarde, y me fui hacia la Panamericana. Cuando comenzaba a subir la cuesta que está al sur del cruce, decidí llamar por teléfono a la casa de Pilar. Me contestó su hijo, el que me explicó que su mamá había salido temprano hacia Vallenar. Opté por regresar a Vallenar, con la esperanza de encontrarla. Para aprovechar la espera, me puse a escribir en una banca con mosaicos que hay en la avenida principal (Prat). También fui a recorrer el parque ribereño y un jardinero me recomendó ir al Hogar de Cristo. Tomé rumbo a Quintavalle, pasé un supermercado y al llegar a una plaza, vi el letrero de hospedaje. Un viejo salió a abrir la reja, que estaba con llave, y me dijo que no se podía entrar con vehículo. Igual me hizo pasar y me llevó a un gran comedor en donde me pasó un libro de inscripción y me quitó el carné de identidad. Le pasé los $ 100, y me sirvió un té con un pan con margarina. En ese momento había una pareja de carabineros tomando once, y una pareja de temporeros sentados en la otra mesa. El paco me preguntó mi situación y la paca me miraba de arriba abajo. El ambiente era tenso y las otras personas no hablaban. Al rato arribó un muchacho, con el cual fuimos a las duchas. Él consiguió prender el calefont y un poco de shampoo. Su nombre es Ariel y tiene 23 años. Venía de Valparaíso y se dirigía a Calama. Se dedicaba a ser mimo y estatua en las calles. Tiene un hijo de siete años, y se separó de su mamá hace un año. Empezó a andar con ella cuando él tenía 15 años y ella contaba con 21. Ambos mintieron en sus edades. Se había marchado sin contarle a nadie y había viajado a dedo. Tuvimos bastante afinidad, pero nos tocó pieza distinta, por lo que no pudimos seguir conversando. Él se preocupó de que guardara mi bici en el comedor, pues quedaba cerrado con llave, y por la mañana, de que no se me olvidara recuperar mi cédula de identidad.
Me tocó una pieza con otros dos compadres.

24/08/03 (20:55)
El que estaba más cerca era un tipo de unos 32 años, alto, con barba y pelo castaño claro. Es oriundo de Arica y su profesión es Técnico en Comercio Exterior. Trabajó por varios años en la embotelladora de Coca-Cola en ese ciudad, y tiene un hijo de tres años. Producto de la cesantía y de un "problema personal", se fue a Santiago en busca de trabajo. Allá no encontró pega y le robaron el bolso con toda su ropa. Decidió regresar al norte, y algunas personas le regalaron ropa y zapatos viejos. Hizo dedo pero llegó sólo a La Serena. De ahí caminó hasta llegar casi a Domeyko, en donde lo llevaron a Vallenar. El otro tipo también es alto, pero más moreno. Su nombre es José Antonio y nació en la zona de Rancagua. Estudió Técnico Agrícola y luego entró a un seminario para ser cura. Allí estuvo seis años, pero se retiró antes de consagrarse como sacerdote. Dijo que era como vivir internado en un regimiento, y que estudiaban muchísimo. Tiene como 43 años y su pareja, que vive en una zona rural cerca de Curicó, está embarazada. Llegó a Vallenar para ir a buscar trabajo en unas plantaciones que están hacia la cordillera, en la cual existe un campamento. Espera trabajar hasta octubre, y regresar a Curicó, para plantar frambuesas. Se llevó al tipo de Arica para que ganara algunas monedas y pudiera seguir su retorno. José Antonio me relató la historia de su relación amorosa más significativa, que fue con una santiaguina que vivía en San Francisco, casi al llegar a Franklin. Era una muchacha que trabajaba como secretaria en una notaría, y que vivía con sus padres. Cuando a su papá le dio Alzaimer, la madre la presionó para que terminara con el "cura", como le llamaban. Estuvieron separados como siete meses, y después volvieron por un tiempo, hasta terminar más tarde definitivamente.
Me explicó que el trabajo agrícola era fácil de aprender, y que se podía recorrer el país trabajando de temporero. Quedé de pasar en el verano por su tierra, para que me enseñara algunas cosas. Me escribió una carta muy cariñosa y nos tomamos unas fotos. Me confidenció que su sueño era viajar a conocer España, en donde vive un hermano que es arquitecto.
Nos despedimos con los muchachos y me fui a la plaza de Vallenar para limpiar y ajustar la bicicleta. Como a las 13 horas, inicié el recorrido hacia Domeyko, y cuando iba subiendo la cuesta por la que se sale de la ciudad hacia el oeste, me llamó Ariel desde la otra orilla del río. Me gritó que si me marchaba y, al responderle afirmativamente, me deseó suerte. En la ruta hacia Domeyko se veían muchas majadas a las orillas de la carretera.
Como a las 18 horas, llegué a Domeyko y tomé el empalme hacia Carrizalillo. Avancé hasta el kilómetro 7 y acampé detrás de unas dunas, en plena pampa. Esa fue mi tercera acampada no costera. Al otro día, continué por el camino de tierra que seguía por una quebrada. Como se echó a perder el cambio de piñones, tuve que fijarlo en el cuarto y sólo variar los platos. El paisaje era bello, y me detuve a almorzar delante de una cuesta. Hice una fogata y cociné unos fideos de tres minutos. Al poco rato de reiniciar la marcha, y cuando me restaban unos 25 km para llegar a Carrizalillo, se detuvo una camioneta con cuatro jóvenes, dos de los cuales iban muy curados. Subimos la bicicleta atrás, y al partir se me cayó la polera; regresamos a buscarla y seguimos. Iban muy rápido y temí por mi integridad física. Aparecer en Carrizalillo era como entrar en un oásis. Me ayudaron a bajar la bicicleta al lado de una cancha de fútbol y me explicaron cómo llegar a Punta Choros. Entré en un boliche a comprar pan y chocolate, y me convidaron agua potable. La niña que atendía estaba con su guagua, y me indicó que debía ir a la playa para hallar el camino hacia Punta Choros. Antes de iniciar el recorrido, le pregunté a un caballero que arreglaba una pequeña casa nueva, y que tenía su taxi estacionado. Proseguí el viaje y llegué a la bahía o caleta Carrizalillo; como la vi muy agradable, decidí entrar para conversar con algunos lugareños. Era el 15 de agosto.

27/08/03

Conocí a unos niños de la familia Mamani, y ellos me presentaron a Alberto, un muchacho que andaba en una camioneta. Estudia agronomía en la U de La Serena, y vive en la villa La Compañía. Su padre es comerciante de productos marinos. Los acompañé a la playa y sobre una roca faenaron un conejo que habían cazado la noche anterior. Luego me sugirieron que pusiera la carpa en una terraza de cemento de una casa que sólo alberga gente en verano. Instalé mis cosas y me puse a arreglar la piola de los cambios. Hubo varios niños y niñas que observaron la operación. Después de oscurecer fui a ver cómo subían un bote a la playa, el cual venía con redes y algunos pescados. Más tarde fui a la casa de los niños a buscar agua caliente, y conocí a uno de los hijos mayores, el cual está casado con una lola bien bonita. El cabro es buzo y me contó que trabajó un tiempo en cultivo de ostiones, cerca de bahía Salada. En la carpa me preparé una sopa, y, posteriormente, volví a la casa, pues me habían invitado a tomar cerveza. Estábamos en eso cuando apareció el "guayo", un pescador que estuvo un rato relatándome partes de su vida. Entremedio aparecían otras personas de la caleta que, por curiosidad, iban a ver quién era yo. El guayo me contó que él no hace mucho que se había hecho pescador; que antes había trabajado en Vallenar, en el negocio de las "alverjas". Me explicó que por el güiro ganaban $ 37 por kilogramo, y que para pescar usaban unas redes que colocaban por donde se supone que transitaban los peces. Las fijaban con pesos y boyas, y las dejaban unas cuantas horas, hasta que los peces se enredaran. Ahí volvían a recogerlas. Él vive en una cabaña que le pasó Ulises, el papá de los niños Mamani. A continuación, me pasé a la casa de al lado, en donde celebraban el cumpleaños (atrasado) de la dueña de casa (Carmen) y de su nieta María Inés. Ahí estaba Cristian, otro hijo de Ulises, con quien conversamos un rato. Me presentaron con los invitados y me senté entre Ulises y un tipo de pelo largo, que le decían "Nino" o algo así. Éste era un hombre como de mi edad, oriundo de esa zona, pero que se había ido por muchos años a vivir a La Serena. Trabaja con su taxi y es fanático de los vehículos a motor. Él me recomendó quedarme para ver el rodeo de los burros, que continuaría al otro día. Ulises relató el rescate del cuerpo sin vida de un joven que sacaba huiros. Cuando desapareció, llegaron los marinos, pero sólo se limitaron a mirar por las rocas y desde un bote. Ulises se metió a bucear y lo encontró enredado en unos huiros, con un cangrejo que le caminaba por la cara. Lo subieron al bote y lo llevaron a tierra. Era de una familia pobre de Vallenar. Ulises decía que había que darle la pasada a la generación más joven, ya que ellos iban en bajada. Después me enteré que tiene sólo 39 años. Se enorgullecía de haber procreado siete hijos. Tiene un jeep viejo con bramador, en el cual se ha volcado como siete veces. Al rato salimos a bailar, y Ulises demostró sus dotes danzando con varias de las presentes. Mientras, no paraba de beber copete. Pasadas las dos de la mañana, me fui a acostar. Los dueños de casa (Norton y Carmen) me dejaron invitado para que fuera a tomar desayuno.

29/08/03
(19:30)
En el desayuno me fijé más en las personas que estaban allí: habían dos hijas de Carmen y Norton. Una –Lorena- estaba con su amigo José (Pepe), y la otra –Inés-, vivía en la casa de enfrente, con su hija María Inés (de 13 años), y su marido (de 36). Éste maneja camiones gigantes en la mina de cobre La Escondida, y es chofer desde los 19 años. María Inés es morena y muy atractiva, pero es cabra chica y matea. Lorena era la que nos hacía reír a todos con sus tallas, chistes e imitaciones. Con Pepe nos hicimos amigos; él tiene 45 años y tiene una tienda de ropa en el centro de Vallenar. Le gusta el whisky, tiene algunos gestos un poco "fletos" y me dijo que ya no estaba ni ahí con las mujeres. Le gustaría tener una vida más "libre", pero me confesó que le tenía pánico a no tener seguridad monetaria. Pepe me contó que su familia integra una comunidad ecológica "San Francisco de Asís", en una playa al norte de Huasco. Otros comensales eran una señora (creo que se llamaba Marta) y una mujer joven con su hijo. Después de almuerzo fuimos a Carrizalillo en camioneta, a ver el "rodeo" de burros.
Los lugareños, a caballo, en motos, jeep y camionetas se dedican a arrear los burros que andan sueltos en los montes y las quebradas.














Los llevan hasta un corral, en donde los marcan en las orejas.






De regreso a la casa, nos topamos con una camioneta en donde venían tres o cuatro mujeres y una niña. Eran la tía de Carmen, sus primas y una sobrina. Excepto la mayor (de unos 75 años) las demás eran descendientes de un chino. Tienen una residencial en Vallenar, y el papá (chino) había sido comerciante. Una de ellas era una mujer de unos cincuentitantos años, pero que en su juventud debe haber sido bella.

31/08/03
(19:47)
Norton me preguntó si yo pertenecía a alguna filosofía; yo le respondí que a una de vida sana y natural. Él me contó que había participado en una organización suiza que se llama "Rearme moral", y que ellos preconizaban también una vida sana y simple. También me contó que era jubilado de la CMP, y que antes había producido, como por cuatro años, una Feria de talentos, artesanía, hobbys, de los empleados de la firma. La muestra fue un éxito y la llevaron a distintas ciudades. En ella expuso su poesía el papá de Pilar Triviño.
La mujer cincuentona y descendiente de chinos, cuando hubo tomado unos tragos de vino, empezó a "tirarme los cagados", y, en un momento, a modo de juego, quizo darme un beso en la boca; yo me corrí y se lo di en la mejilla.
Carmen contó la historia del "detenido desaparecido". Un tipo que para el golpe del 73 se escondió; al regresar a su casa sin aviso, encontró a su mujer acostada con un compañero de partido. Al verlos, decidió esconderse para siempre, y que su ex pareja obtuviera cualquier beneficio que le produjera ser la esposa de un detenido-desaparecido. Ahora el personaje se dedica a sacar güiros, pero vive con formas que no son comunes en esa gente: tiene pantuflas, bata, bajada de cama, libros, todo limpio, ordenado y con decoraciones, etc.
Carmen y Lorena habían participado en la campaña de Baldo Prokurica, y se identificaban con RN, pero se sentían desilusionadas, porque él nunca les devolvió la mano. También se conocen con Guido Girardi, que ha ido para allá con una hermana.
Esa noche, como a las tres de la mañana, se produjo un pelea entre el hermano de Guayo –que estaba de visita- y René, el papá de Ulises. Ambos se sacaban la madre y amenazaban con matarse. El papá de Ulises era conocido por lo sinvergüenza, y había estafado a varias personas con cheques sin fondos. A Carmen y Norton les pidió 400 mil pesos hace más de cinco años, los que nunca más se los devolvió.
Al día siguiente ordené mis cosas, preparé la bicicleta y tomé una fotografía a Norton, Carmen, Lorena y al viejo "Chancle". Éste era un maestro de la zona de unos 60 años pero que se veía mayor. Es callado, amable y servicial. Cuando limpiaba la bici se acercó y me acompañó un rato; sólo yo hacía las preguntas, más que nada sobre su familia y oficio. Me confesó que nunca le había gustado trabajar en la mar, por lo que había escogido un trabajo sobre tierra.
Norton me comentó que de todas las personas que le han sacado fotos en esa casa, nadie se las ha enviado, y que le gustaría tener una, ampliada.
Luego de despedirme, ese domingo de agosto, después de almuerzo, pedaleé hasta después de la majada, en donde tuve que seguir a pie porque había mucha arena en el camino.

viernes, agosto 22, 2003

1.7 De Puerto Viejo a Huasco

Alfredo y el otro copiapino me llevaron en la camioneta hasta la carretera. Anduve unos 40 km hasta Copiapó. En el camino, mientras arreglaba la parrilla delantera, que se había soltado, apareció el compadre que conocimos con Tomás en Caldera (Javier Campusano). Iba con una amiga en un auto a Copiapó, y tenía que juntarse con su "polola" a las ocho. Seguí mi camino y llegué a destino poco antes de oscurecer. Cuando estaba acomodando la bicicleta para entrar al cajero automático, apareció Javier nuevamente.
Ese sábado 2 de agosto, Javier me llevó a una pensión en que cobraban $ 3.000, con agua caliente. Después, le invité una cerveza en un boliche. Allí conversamos acerca de la posibilidad de hacer comercio para el sur, comprando barato en las importadoras de Santiago y vendiendo más caro en las localidades que bordean el lago General Carrera. De ahí, me acompañó a la Telefónica para llamar a la hermana de María Inés, Lina. Hablé con su hija Antonella, quien me explicó cómo llegar a la casa. Javier se despidió y quedé de llamarlo para fiestas patrias. Tomé la bici y encaminé hacia Tierra Amarilla. Luego de algo más de una hora de viaje, y pasando por un tramo muy oscuro, llegué a allí. En un comercio pregunté por la Escuela Punta de Cobre, y todavía me faltaban varias cuadras. Arribé a la casa y llamé por citófono. Salió una muchacha de anteojos, blanca y pelo trigueño. Era Antonella, quien me acompañó a estacionar la bici y me mostró la que sería mi pieza. Luego apareció su hermana Carolina, más alta, de pelo más oscuro y también con anteojos. A continuación me condujeron al comedor diario, en donde me presentaron con el resto de la familia: Lina, Esteban, María José, Octavio, José y la abuela. En ese lugar me quedé hasta el miércoles por la mañana. Me duché, lavé toda la ropa, limpié y engrasé el eje delantero. Le hice mantención a la bicicleta, escribí y me comuniqué por Internet y teléfono (esto último en Copiapó). La parcela pertenece a la abuela, quien enviudó como a los 30 años (ahora tiene unos 75). Ella me explicó que trabajaba con medieros, quienes le pagaban $ 200.000 por habilitación, y se quedaban con la mitad del excedente producto de la venta de las cosechas. Ella prefería este sistema al de contrata de obreros, porque éstos sacaban mucho la vuelta. Ella toma pastillas contra la depresión y tiene las primeras señas de artereosclorosis o algún tipo de demencia senil. Dice que no puede vivir sin estar trabajando y tiene otro campo donde cultiva habas. Uno de sus hijos, Octavio, es geólogo y fanático de las carreras de caballos. Me contó que la zona gaucha por excelencia es Tucumán, y que los argentinos son muy acogedores, relajados y con más sentido comunitario que los chilenos; más alegres y menos trabajólicos. Su otro hijo, José, me relató su experiencia en campamentos mineros en la cordillera, y en faenas de construcción y mantenimiento de caminos. Con un equipo de radio se comunicaba con una doctora boliviana, quien vivía en el salar de Uyuni. También se contactaba con una mujer que le envió fotos de las carreras en Mónaco, y ayudaron a ubicar a la hija de una señora que vivía en Perú, y que habían perdido contacto hace muchos años. Ahí tomé conciencia de la importancia de la radio como medio interactivo de comunicación, que mediante redes pueden cubrir inmensas extensiones del planeta.

21/08/03
(08:17)
En Tierra Amarilla, al segundo día, llegaron dos señoras y un caballero de visita. En la tarde tomamos todos once en el comedor. La discusión giró en torno a la relación hombre-mujer y su desarrollo histórico. Esteban, el marido de Lina, afirmó que la humanidad está en proceso de autodestrucción (problemas medioambientales) que se manifiesta, entre otras cosas, en la delincuencia, la drogadicción y la crisis de la familia. Él responsabilizó de esto al proceso de emancipación femenina. Ahí saltaron las chicas (María José, Antonella y Carolina) y yo. Nuestro argumento fue que, de los casi 100 mil años de existencia humana, sólo los últimos 10 o 20 % habían sido patriarcales, y que antes la relación mujer-hombre era horizontal. Las guerras, la criminalidad, la destrucción del ecosistema, son problemas creados por el modo de vida patriarcal, una de cuyas instituciones es la familia "tradicional" y el matrimonio "típico". Esteban replicó sobre la base de la diferencia de fuerza física entre hombre y mujer, a lo cual Antonella revatió con la fortaleza que significa parir a los hijos.
Con Antonella conversamos acerca del actual orden mundial, con la clasificación entre países del núcleo, de la periferia y de la semiperiferia. También dialogamos sobre la exclusividad como pretención y condición en las parejas.
Partí de Tierra Amarilla el miércoles 6 de agosto por la mañana. En el camino a Copiapó pasé al lado de un colorido campamento gitano. Uno de ellos me saludó con su mano. En la ciudad compré galletas y leche para el viaje, y continué. Pedaleé hasta el empalme que lleva a Barranquillas y entré por un camino de tierra. Avancé por un plano desértico y arribé a la caleta cerca de la puesta de sol. Visité la caleta y conversé un poco con lugareños. Volví hacia la playa y un tipo en camioneta aconsejó que acampara tras unos roqueríos, al lado de un monolito de una asociación de pesca de orilla. Armé la carpa a oscuras, alumbrado por un farol con vela. Llegaron dos tipos con cuatro palos de eucaliptos para que me hiciera una fogata. Uno de ellos era un buzo mariscador y el otro era cuidador en unas cabañas que tenían que ver con una planta que procesa güiros. Al llegar había pasado por el lado de la ruidosa máquina que tritura las algas. Al día siguiente, mientras arreglaba mis cosas, apareció el cuidador con su diminuto cachorro, al que había traído de Copiapó para criarlo como compañero y cuidador.
A las personas que les pregunté por el camino a Bahía Salada, me advirtieron que no tomara la huella costera, porque no podría andar con la bicicleta. Salí de Barranquillas y me metí por un empalme de tierra. Al poco andar, comencé a enterrarme en la arena. En una bifurcación, en vez de seguir por la izquierda, tomé la ruta hacia el mar, con lo cual empezó la ardua travesía.
(18:10)
El trayecto de Barranquillas a Bahía Salada fue por caminos con mucha arena, por dunas, en las que se enterraba la bicicleta. Por lo tanto, tenía que ir caminando y empujar la bici, descansando cada cierto tiempo. La primera noche la pasé unos pocos kilómetros antes de Bahía Salada, arriba de una pequeña bahía.
A la mañana siguiente, proseguí caminando hasta encontrar las playas. Anduve por ellas –muy bonitas por cierto- hasta desembocar en una caleta, en donde varios perros salieron a ladrarme. Me detuve y ellos se acercaron poco a poco; me olorosaron y se calmaron. Seguí y llegué a una planta de cultivo de ostiones. Un poco más adelante había un grupo de personas arreglando material con boyas. A uno de ellos le pedí agua para tomar y me llenó el bidón sacando de un gran tonel plástico. Pedaleé hacia el interior hasta encontrar una bifurcación. Almorcé allí y luego proseguí. Al rato, había vuelto a la costa y encontré un empalme que decía: Totoral, 33. Lo tomé y al cabo de un rato me topé con varias huellas que se cruzaban. Ante la duda, volví a la costa, y topé con un balneario privado llamado Gaviotas. Está rodeado de pircas y dentro tiene torres de vigilancia y construcciones modernas pero de estilo rústico. El camino volvió a convertirse en dunas, y busqué una huella por donde cruzar unos montes. Al otro lado hallé una hermosa bahía, y luego una larga playa con vegetación en la orilla. Como tenía arena y piedras, tuve que seguir a pie. Me crucé con dos camionetas llenas de jornaleros, uno de los cuales me llamó "flaquito" y otro me convidó lo que le quedaba de una botella de bebida cola. Al llegar a un camino que subía para dar la vuelta por dentro de la punta Cachos, y bajar a la Caleta Pajonales, se detuvo un caballero en camioneta. Era el cuidador del área de manejo y llevaba un revólver sobre la guantera. Me llevó a la caleta y me dijo que instalara la carpa al costado de una pared de palos y ramas, que estaba cubierta con un arbolito, y que formaba una esquina con otra pared. Quedé a la vuelta de la casa del señor Muñoz, y su pequeño hijo Juan, llamado "guatón" por su madre, me ayudó a armar la carpa y a meter la bici adentro. Me invitaron a tomar once y aproveché para calentar agua en la olla para prepararme arroz. En la mesa conocí a otro habitante de la caleta, que estaba sentado en un sillón y muy arropado. Su nombre es Jesús y hablaba muy poco; más que nada se dedicó a escuchar mi relato de la vida en el sur. Me contó que había trabajado en barcos pesqueros en aguas peruanas, y que le vendían la pesca a los mismos peruanos, desembarcando en lugares escondidos cerca de la frontera. Opinó que la veda del loco había sido para peor, porque ahora la gente ya no se fija en el tamaño del molusco. Piensa que se debería eliminar la veda y sólo fiscalizar muy bien el tamaño mínimo. Afirmó que la depredación de los recursos marinos se debió, aparte de los barcos de arrastre que pescaban para la fabricación de harina de pescado, a la presencia de barcos-factoría rusos en aguas territoriales. Luego de la conversación, me fui a dormir.
El día después viajé en la bici por un camino de tierra hacia el pueblo de Totoral, y me tocó bajar una cuesta muy empinada en la que casi perdí el control del vehículo en una curva. Llegué a un vallecito que es un oasis, y me preparé el almuerzo en la plaza principal. Una vez que terminé, le presté alcohol a un señor que quería borrar una pizarra blanca que tenía escrito con plumón. Era miembro de la Junta de Vecinos y me explicó cómo tenía que llegar al camino para ir a Canto de Agua y, desde ahí, bajar a Carrizal Bajo. Fue la primera vez que escuché el término "majada", y le pregunté qué era eso. Me indicó dónde comprar pan y seguí por el camino hacia el este. Cuando buscaba la casa de la amasandería, me topé con Jesús, que caminaba con unas cajas de vino en una bolsa.

22/08/03
(08:50)
Jesús me llevó a la casa de Abelino, un viejo que, según el buzo, conocía todos los caminos de la zona. El caballero vivía en un ranchito con casa de adobe y una terraza techada, y tapada con cajas. Después de explicarme la ruta, con mapa en el suelo y todo, los dos hombres –que ya estaban bebidos- me invitaron a pasar y servirme vino. En eso llegó Godoy, un viejo de 75 años, con cara de chicha y voz chicharra, que había trabajado de minero y ahora se dedicaba a los güiros. Le pidieron que cantara sus cuecas y, acompañado de palmas, entonó una dedicada a sus amigos pechadores de vino y comida, y otra, a las herramientas del minero: el combo, la pala y el barreno. De pronto, Albino, alto y delgado, con voz ronca y visco, se fue a acostar y cerró las puertas. Poco antes había aparecido Ricardo, un joven campesino, al que apodaban Cayo; flaco, caricaturesco, que hablaba muy acampado y daba palmadas cada cierto rato. Jesús envió a éste a comprar queso, cecinas y mantequilla, y a buscar a la amasandera. Cuando ella llegó, le compré la bolsa con ocho panes amasados en mil pesos.
Comparado con la noche anterior, Jesús era otra persona: hablador, movedizo, con liderazgo. Me explicó que él aparecía por el pueblo sólo cada seis meses, y que en esas fechas, se dedicaba a disfrutar con sus amigos. Después de varios vasos de vino, empezó a recitar sus payas, que, según aseveró, tenía escritas muchas en un cuaderno. Lo divertido era que yo esperaba encontrar la estructura de rimas, pero eran totalmente irregulares. Mientras las decía, en varias oportunidades se le llenaron los ojos de lágrimas. Jesús me dijo que tiene 55 años, y que nunca se casó, aunque tiene un par de hijas viviendo en Vallenar, y otros por ahí. Afirmó que de Santiago viene a visitarlo una mujer que es ejecutiva del Banco de Chile, a quien le gusta la zona y las habilidades de Jesús. Me confidenció que su gran amor frustrado fue una muchacha que trabajaba en una boite de Calama, cuando él estaba terminando su servicio militar. Él se enamoró, pero ella no quiso seguirlo. También aseguró que había tenido varios oficios: domador de caballos, conductor de maquinaria pesada para caminos, pescador, buzo, y que conocía casi todo el país. Cuando ya estaba atardeciendo, me invitó a pasar la noche en esa casa, y yo, pensando en conocer algo más esa realidad, acepté. Cuando empezó a oscurecer, y el frío era mucho, entramos a la vivienda, la cual tenía dos piezas: una era la cocina y la otra el dormitorio. Ambas tenían piso de tierra e iluminación por placas solares. Debido a una mala conexión, ésta comenzó a menguar, por lo que Abelino prendió una vela que tenía en su velador. Apagaron un televisor blanco y negro y continuó la tomatera. Abelino sólo tomaba vino blanco –"bencina"- y el resto, tinto –"petróleo"-. Jesús cantó boleros y canciones mexicanas, y otras de sus payas, mientras la borrachera de sus amigos aumentaba. Comenzaron las discusiones y enojos, sacándose en cara quién era más pechador o cagado. Tipo 21:30 puse mi saco de dormir en el catre de al lado, pegado a una pared. No pude dormir hasta las 4:30, pues ellos siguieron bebiendo, con peleas, risas, llantos, y la desagradable voz de Godoy, al cual no se le entendía ni la mitad. Como a la una de la mañana, Abelino partió a buscar una vela, y al regresar tuvo un buen rato con arcadas, y escupía al suelo. Pasadas las tres de la mañana, sólo quedaron el dueño de casa y Jesús, pues los otros dos prácticamente habían sido expulsados por pesados. Los dos amigos se acostaron y Jesús quedó dormido. En cambio, Abelino siguió hablando solo y, para más remate, encendió una radio con canciones y programación evangélica. Estos amigos se divertían recordando carretes de hace 30 años, y discutían por la veracidad de las versiones. Jesús también habría sido futbolista, y Godoy era bueno para la pelota hasta que lo "quebraron".
Tipo 6:30 de la mañana, volvió Godoy con más vino. Prepararon té caliente con vino, supuestamente para componer la caña. Me levanté, tomé desayuno y preparé mis cosas para irme. Mientras cagaba en el WC, abrió la puerta Cayo, todavía medio borracho, para preguntarme si tenía plata para comprar vino. Me enojé y le cerré la puerta. En la noche me había consultado si andaba con dinero para ir donde unas chiquillas al pueblo. Aproximadamente a las 9:30 ya estaba listo; me despedí de Abelino, quien tenía de nuevo arcadas, y fui a un ranchito cercano en donde desayunaban Jesús y Cayo. El primero insistió en que el camino hacia Carrizal Bajo que salía desde la huella a Caleta Totoral Bajo estaba bueno, que ya habían pasado la máquina. Además me recomendó que preguntara por su hermano Aroldo.
En Totoral me llamó la atención el uso marcado del "ché", que también puede ser "ch" o "chi", y de la palabra "cumpa".
Emprendí el viaje y al llegar a la bifurcación, subí a pie una cuesta muy empinada. Después avancé unos 5 km hasta el empalme, anduve un poco y me encontré una bifurcación sin señales (como la mayoría). Menos mal que al poco rato apareció una camioneta por la huella izquierda, que era la que pensaba seguir, porque el chofer me indicó que la ruta a Carrizal era la otra. Proseguí el viaje por un camino lleno de piedras y muy irregular.
Para almorzar, hice una fogata en un bajo húmedo, con muchas huellas de animales, antes de la entrada a una propiedad privada. Tomé una fotografía del lugar y continué. Pasé entre rebaños de cabras, al borde de quebradas, y por caminos buenos para bicicross o rallys. También hubo tramos en que tuve que empujar la bicicleta, pues había bancos de arena. Cuando la huella se fue hacia la costa, se metió en una quebrada por donde bajé a gran velocidad. Llegué a una pequeña bahía y volví a subir un monte. Al otro lado se veía Carrizal Bajo. El camino llega a la orilla norte de un riachuelo que desemboca en el mar. Hacia el interior se veían unos flamencos rosados. Me saqué los zapatos y calcetas y atravesé el río por una parte baja. Recorrí la playa y llegué a la caleta. Pregunté por Aroldo y me dijeron que debía estar en el restaurante La Sirenita. Antes de ir hacia allá, apareció; le hablé de Jesús y de que necesitaba un lugar para colocar la carpa. Me llevó a su casa e instalé mis cosas en una pieza en donde guarda materiales para pescar. Me convidó una colchoneta y tomamos once. Por la mañana compartimos en el desayuno, y me contó algunas cosas sobre su vida.
(19:02)
Aroldo estuvo casado con una de las hermanas que son buzos, y que tienen el restaurante La Sirenita. Tienen hijos adolescentes que estudian en Vallenar. Ahora son amigos y él toma pensión diaria en el restaurante. Me contó que hace un tiempo dejó una vela prendida sobre un recipiente de plástico, y después vio desde su bote en el mar cómo se incendiaba su casa. Una de las pocas cosas que logró rescatar fue el artefacto de cocina. Por otra parte, producto de su afición al trago, perdió todo lo que había ganado trabajando, ya que comenzó a vender sus pertenencias para comprar copete. Ahora está chantado y bucea para sacar güiros; labura todos los días, de ocho de la mañana a una de la tarde. El kilo se lo pagan a $ 45. Tiene un bote y funciona con dos ayudantes. Algunas veces saca congrios de sus cuevas. Quedé de volver algún día y acompañarlo a la pega.
Después de tomar una fotografía con vista a la caleta, partí con rumbo a Huasco. En el camino pasé cerca de bonitas playas, en especial de la que está frente a la guardería de Conaf. Antes de llegar, conocí la playa Los Toyos y Tres Playitas, que tiene la particularidad de estar llena de focos para iluminación. Previo al arribo, atravesé por Huasco Bajo, un lugar muy bonito y verde.

lunes, agosto 18, 2003

1.6 De Cifuncho a Puerto Viejo


(16:10)

La salida de Cifuncho hasta la carretera fue pesada; camino de tierra y constante subida suave. Fueron como 35 km; al divisar la panamericana, entré en una quebrada increíble; por ahí bajaba el camino hacia la mina Esmeralda. Parecía la visión de un paisaje extraterrestre; cerros de piedras al lado de planicies de tierra sin nada de vegetación; más piedras esparcidas sobre la superficie; al fondo, hileras de montañas en todas direcciones. Llegué a la ruta 5 y me tocó una cuesta que está en el límite entre la Segunda y Tercera Región. Al final, vino la bajada, la que hice con mucha rapidez. Había mucho tráfico vehicular, en particular de camiones. Descendí hasta la quebrada Pan de Azúcar, en donde me detuve a abrigarme porque el viento era heladísimo. Poco más allá de la posada La Bomba, me metí por el empalme que conduce a la entrada norte del parque. Aunque con una suave pendiente de bajada, la bicicleta avanzaba poco, debido al viento que tenía en contra. Había muchos hitos blancos que se supone señalaban concesiones mineras. Llegando al parque se nota el cambio climático; mucho más humedad y vegetación. Al cabo de unos cuantos kilómetros oscureció hasta tal extremo que no podía ver el camino. Estaba nublado, sin luna ni estrellas. Me bajé de la bici y caminé como dos horas y media, con la permanente duda si ese era el sendero correcto. Cuando divisé luces me calmé. Arribé a la Caleta un poco antes de que cerrara un negocio. Compré galletas, bebida y otros comestibles. Aparecía mucha gente joven que andaba acampando. Un muchacho que atendía me sugirió que me quedara en el camping de la caleta, pues tenía baño, era tranquilo y cobraban tres mil pesos por noche. Conversamos un rato y me dijo que en Taltal había escasés de hombres; lo mismo que el cabro que me llevó al depto. de Franz me decía de Tocopilla. Aseguró que Portofino en verdad se llamaba Bahía Infieles, pero que la familia de Guido Vecciola, que se creían dueños del lugar, le habían cambiado el nombre.
Observé el camping y estaba muy oscuro; además no había nadie atendiendo. Entonces, me dirigí hacia la playa Piqueros, frente a la isla. El camping estaba repleto de carpas y gente "carreteando". Me di una vuelta y quise saber cuánto cobraban. Le pregunté a unos chicos que bacilaban al lado de una camioneta roja. Me contestaron que no sabían pero que colocara la carpa junto al vehículo porque ellos se hirían muy temprano, para no pagar. Me dieron un combinado y me puse a conversar con un muchacho de unos 21 años, que se entusiasmó mucho al saber que venía desde Arica.

13/08/03
(10:45)
Diego estudia administración en la U Adolfo Ibáñez, y sus amigos, ingeniería en otra universidad privada de Santiago. Uno de ellos es cuñado o algo así de la Francisca Alessandri. Otro era jugador de rugby, y el cuarto pololeaba con la hermana de Diego. A la mañana siguiente se iban hacia San Pedro de Atacama. Andaban con botellas de pisco y mucha marihuana. Diego pertenece a una ONG llamada Oikos, que brega por el desarrollo sustentable. Uno de sus patrocinadores es Hernán Büchi. Me contó que un primo lo operó de miopía y quedó con pifias en las corneas, que lo hacen ver las luces como destellos. Le gusta viajar y prefiere la montaña. Está tramitando un viaje de intercambio a Suecia, en donde trabajaría cuidando caballos. Él me habló de una playa muy hermosa que está al sur de Puerto Viejo, a la que se llega por caminos muy malos. Los muchachos se fueron a dar un paseo por el camping, y apareció un joven delgado, con gorro de lana, que me pidió algo de la bicicleta para "matarse". Tenía los ojos desorbitados y parecía haberse drogado con quizás qué sustancia. Los chicos regresaron y comenzaró una mezcla de discusión y hueveo. Todos se marcharon; coloqué la bici apoyada a la parte trasera de la camioneta y me metí con el saco de dormir debajo de la cola de la misma. Como hacía frío, me puse toda la ropa, los zapatos y el gorro.
A eso de las 07:00 nos levantamos, nos despedimos y partimos. Fui a la caleta a tomar una fotografía y luego regresé a tomar otra frente a la isla.
Al iniciar el pedaleo se me salió la cadena y se metió entre el piñón y el marco. Puse la bici en el suelo; un motorista de Conaf se detuvo a preguntarme si tenía algún problema. Pedaleé hasta Chañaral, pasando al lado de unos cerros en cuyas cimas había atrapa-nieblas. Una vez en esta ciudad, compré víveres, telefoneé a Ellen y deposité plata en el BancoEstado. Conversé con una señora que vende confites al frente de la plaza e hice un pequeño recorrido urbano.
Después de almuerzo, me abastecí de agua en una estación de servicio y seguí viaje hacia el sur. Anduve hasta la playa Porto Fino, en donde encontré varias carpas con grupos de jóvenes surfistas. Uno de ellos se acercó y me preguntó si andaba con aguja e hilo; pensó que yo era extranjero, pero cuando se percató de mi chilenidad, nos pusimos a conversar. Su nombre es José y estudia arquitectura en la U Finis Térrea. Me contó que tiene un viejo auto Ford Falcon, y que sus amigos estaban en una competencia de ajedrez. Vi que los surfistas tomaban yerba mate, que se levantaban temprano para ir a correr olas y que a media mañana se devolvían a comer. Divisé a dos mujeres con trajes y tablas y una de ellas al verme pasar en bici exclamó "qué bacán". José me contó que se habían robado un par de trajes, de las rocas, en donde los dejan para que se sequen. Cada uno de ellos está avaluado en 100 mil pesos. Esa noche ellos se fueron a Pan de Azúcar. Al día siguiente me marché después de almuerzo. Avancé por el camino costero hasta la playa Obispito, en donde instalé la carpa tras unas rocas e hice una pirca para protegerme del viento.
Por la mañana me propuse llegar hasta Bahía Inglesa. El camino tiene muchas subidas y bajadas; agregado a eso el viento en contra, se hizo un viaje muy pesado. Antes de llegar a Caldera, crucé con una camioneta de gitanos, los cuales me saludaron. Una vez en esa ciudad-puerto, me metí a un restaurante ubicado a un costado de la plaza principal. Mientras comía una hamburguesa con papas fritas, apareció un tipo de barba con pinta de hippie-artesa, ofreciendo visores para puertas a $ 500. Se llama Hugo, tiene 40 años y es oriundo de Taltal. Lleva 20 años "caminando" y conoce desde Venezuela hasta el sur. En "Locombia" le llegó un balazo que le atravesó un brazo y le rebotó en la cadera. Andaba con lentes oscuros y me mostró que le quedan pocos dientes a causa del exceso de peyote. Del Perú "se trajo" a su actual pareja, con su hijo, la que vende artesanías en una de las esquinas de la plaza de Taltal. Dijo que pensaba irse a vender a El Salvador, pues allá los mineros tienen plata. Se tomó una cerveza chica y me interrogó si es que yo andaba entregando algún mensaje; que todo viajero tiene que sembrar una semilla en los demás. Me propuso que fuéramos a acampar a Bahía Inglesa, a donde termina la costanera y los hoteles. Él iba a buscar unos tipos a los cuales había ayudado con los pasajes y nos juntaríamos más rato. Anduve hasta el balneario y esperé un rato en el lugar propuesto. Encontré que estaba demasiado cerca de las viviendas y me fui hacia la playa Las Machas, en donde se veían unas pocas carpas de mochileros. Coloqué mi carpa cuando ya estaba anocheciendo. Más tarde escuché las voces de un grupo de chicas que instalaron su carpa cerca de la mía. Al otro día, un muchacho que acampaba solo, se puso a conversar con las niñas y, más tarde, fue a charlar conmigo. Su nombre es Tomás, estudia Arte en la Universidad Católica y su hobby es el buceo. Esa noche organizamos una fogata para preparar una comida hecha con elementos aportados por las chiquillas y un pescado que había arponeado Tomás. Yo me dediqué toda la tarde a recoger palitos y ramas secas de los alrededores. Llegaron con vino tinto y utensilios de cocina. Las niñas estudiaban diseño en Educares u otra universidad privada, y una se estaba cambiando al Arcos. Esta se llama Natalia y es una morena exótica y sensual. La otra morena también se llama Natalia, y las dos rubias son Cata y Claudia, las cuales son más calladas. El cocimiento quedó exquisito , y la onda fue muy buena. Durante toda la velada "la negra" se sentó a mi lado y llegué a pensar que ella quería tener algo conmigo. Sin embargo, en un momento ella me pidió que le hiciera un moño en su bufanda. Yo le dije en broma: "No querís otra cosita". Ella me había sugerido que, además, le hiciera un masaje. Al hacerle el nudo, se quejó de que le tiré el pelo. Una vez terminada mi tarea, se levantó con rapidez y deshizo mi nudo. Luego se realizó otro con turbante incluido. A partir de ese hecho, ella se distanció y se allegó más a Tomás. Incluso al rozar su pierna con mis dedos, ella se corrió automáticamente. Cuando ella señaló que si teníamos sueño nos fuéramos a acostar, yo me retiré inmediatamente. Por la mañana, después de una noche en que no pude aplacar el frío en los pies, me dediqué a lavar la vajilla. Estaba en eso cuando apareció "la negra" metiendo sus pies al agua y con una gran sonrisa en la que mostraba sus blancos y grandes dientes.
(17:30)
Un rato después me invitó a tomar desayuno: pan con paté y leche chocolatada. Más tarde, cuando estaba en mi carpa, apareció ella para avisarme que se iban al valle del Elqui. Me dio su casilla de correo electrónico y me pidió que le enviara fotografías. Luego, me trajo una bolsita con yerba mate. A continuación, les tomé una foto a las chicas con Tomás. Con él cocinamos un almuerzo y, como había mucho viento, trajo su carpa y la puso junto a la mía. En la noche apareció una niña mochilera pidiendo un poco de sal. Venía con dos mujeres más y un hombre, de Puerto Viejo.
En conversaciones con Tomás, él planteó que las personas que mochileaban solas es porque les gusta vivir a su propio tiempo. Al día siguiente, después de desarmar el campamento, nos fuimos a Caldera. Atrás quedó una perrita que nos hizo compañía en esos días y noches, de color café claro medio anaranjado. Cuando empecé a pedalear, me siguió corriendo por un rato. Una vez en Caldera, nos encontramos con Tomás en la costanera; él conversaba con un tipo alto, moreno, crespo y macizo, que parecía de mi edad. Resultó ser un tipo que tiene 34 años y que ha trabajado en múltiples faenas. Tiene a su esposa en Bahía Murta, una localidad ribereña al lago General Carrera, en Aysén. Es oriundo de Copiapó y allá tiene un hijo de 14 años, que conoció hace poco. Actualmente pololea con la mamá del niño. Nos contó que trabajaba en la construcción, en la pesca, en las forestales; que en el sur se dedicaba a guiar turistas. Afirmó que yo parezco judío; que tiene fotos que les han enviado esos turistas desde diferentes países. Indicó que en primavera volverá al sur, y que lo pasemos a visitar. Su nombre es Javier Campusano. Con Tomás nos fuimos a comer unos completos, y a comprar a un supermercado. Luego nos dirigimos a la plaza, después de abastecerme de agua. Intercambiamos teléfonos y e-mails, y nos despedimos. Él partió para el norte, con intención de conocer Cifuncho y llegar a Antofagasta. Yo pedaleé a Bahía Inglesa y luego tome rumbo sur por el camino costero.
El viento era tan fuerte que me costaba mucho avanzar. Además, para cruzar al otro lado de la bahía, tuve que subir una cuesta. Cuando el camino ya era más plano, oscureció hasta no poder ver nada. Me bajé de la bici cuando faltaban unos 15 km para Puerto Viejo.
Para sentirme acompañado, canté todo el repertorio que tengo en memoria. De pronto pasó un jeep con una pareja, que paró más adelante y se ofreció a llevarme. Les contesté que gracias, pero que iba bien y que ya faltaba poco. Pasé por la desembocadura del río Copiapó, un lugar muy húmedo, con vegetación y ranchitos con animales. A lo lejos se veía una potente luz de Puerto Viejo. El camino llegó a un empalme, doblé a la derecha y bajé a una caleta. Los perros ladraban mucho y uno le pegó una mordida a la alforja. Llegué a la playita en donde estaban varados los botes, y le pregunté a una señora cómo pasar a la playa en donde acampaban los mochileros. Me respondió que no podría subir el cerro con arena en bicicleta, así que mejor me regresara al empalme de donde venía y que, un poco más allá, estaba la entrada al camino que lleva a playa Blanca. Subí la cuesta y busqué la huella, pero no la pude encontrar porque estaba demasiado oscuro. Como era muy peligroso intentarlo a ciegas, pues habían barrancos, me devolví a la caleta. Una vez allá busqué un sitio para instalar la carpa y escogí un lugar en la playa, debajo de un quitasol de paja. En el intertanto, todo indica que un perro me sacó la bolsa de pan que traía. Coloqué la carpa y me acosté.
Al otro día, desarmé temprano todo, mientras conversaba con un pescador que era oriundo de Talcahuano. Después, pasé a comprar algunos víveres a un almacén y le eché un vistazo a la "toma" de casas (carpas de madera) de veraneo, que ya ocupa todo el plano de la bahía.
Tomé el camino adecuado y al poco rato llegué a una playa hermosa, con arena blanca, aguas turquesas, cuevas y plataformas colgantes. Había tres carpas; yo me fui a la más sureña, que estaba entre unas rocas. Allí me encontré con Javier Bonnefont.

16/08/03
(12:02)
Javier andaba con un carro atado a la espalda. Había tomado un bus de Santiago a Copiapó y había hecho dedo hasta Caldera o Puerto Viejo. Desde allí caminó hasta playa Blanca. Llevaba como tres días en el mismo lugar. Él es un joven de unos 23 años y estudia Diseño en la Universidad Mayor. Conversamos todo el resto del día y por la noche hicimos una fogata en la cual cocinamos algo para cenar. Me contó de su relación con su ex polola.

17/08/03
(17:25)
Javier y su ex se conocieron hace unos siete años; pololearon y, con el tiempo, el vínculo comenzó a neurotizarse. Hubo rompimientos, reconciliaciones, peleas, etc. Se aman pero se les hace muy difícil estar juntos.
Javier me contó que había estado dos veces mochileando en Ecuador, y que conocía también Perú. Ganaba sus monedas trabajando de malabarista.
Al día siguiente levantamos el campamento y nos fuimos a la caleta a buscar comida y a telefonear. Yo le dejé un recado a la secretaria de María Inés en Arica, en la radio. Caminamos por la costa durante una hora hasta que llegamos a playa La Virgen; en donde habían unas diez carpas y por lo menos seis vehículos. Nos instalamos hacia el lado derecho de la playa y, al poco rato, ya nos saludábamos con un par de niñas que tenían su carpa a nuestra izquierda. En la noche se hizo una fogata y nos invitaron a tomar ponche y vino navegado. Durante el carrete, conversé con un par de chicas y con algunos muchachos. Una de las féminas era parecida a la Daniela Benavente, pero rubia. Un grupo de muchachos eran boys scouts en su ex colegio (San Benito) y formaban una banda de punk. Después nos fuimos a la fogata de un amigo de Javier, en donde comencé a sentirme muy mareado. Tuve náuseas y fui a vomitar a la orilla del mar. Eso mismo lo repetí antes de irme a dormir. Al día siguiente pasamos toda la jornada conversando con los chicos de la banda rockera. Nos reímos mucho con las historias de las patadas en la cara que me dio la Sandra -en Ancud- y de su pelea con otra mina en el depto. de Ezio. Preparamos comida con unos huevos que encontré en la basura. Había estado rastrojeando las rumas de basura y encontré bastante comida sellada y en buen estado. También cooperé con la limpieza de la playa, ayudando a unos cabros que redujeron el número de montones de basura.
En la noche fuimos a una fogata que tenían esos muchachos y estaban los que acampaban en el sector sur de la playa. Por la tarde habían llegado unas niñas en auto que se instalaron en dos carpas. Un grupo de ellas llegó a la fogata. Más tarde llegaron dos parejas que también habían aparecido por la tarde, y que colocaron su carpa en el extremo norte. La mayoría de los jóvenes estudiaba en universidades privadas: Andrés Bello, Mayor, Finis Térrea, Los Andes, del Desarrollo; y unos pocos en la UC. Es decir, pertenecían a familias de sectores socioeconómicos acomodados. Conversaban acerca de sus viajes, y varios conocían casi todo Chile más algunos lugares en otros países americanos. Las más cuicas eran dos amigas que estudiaban en Los Andes, ingeniería comercial y periodismo. Ésta era hija de ese periodista que estuvo mucho tiempo en canal 13 (Sari). La otra se llama Claudia y es una flaca, rubia, bastante bonita. Otras chicas muy "güenas" eran un par de flacas que tenían facha de modelos o promotoras de élite. El problema es que hablaban poco y no pescaban. Era un placer mirar a la más delgada (Carolina) que me inspiró un momentáneo romanticismo infantil. Es más o menos alta y de pelo largo, castaño. Su amiga se llama Domi y su cara me recordaba a la Carola Fuentes. Tenían 20 o 21 años.
En la penúltima fogata en playa Virgen, una muchachada me "entrevistó" acerca de mi viaje. Claudia, la cuica simpática, me dijo que era "demasiado aperrado", y su pololo estaba intrigado por cómo me lavaba "el niño"…(¡!)

18/08/03
(07:45)
En playa La Virgen estuve entre el 30 ó 31 de julio hasta el 2 de agosto. La última noche en ese balneario llegaron dos mochileros: el Pipo y el Papa. También apareció una camioneta doble tracción con un par de tipos que hicieron un asado. Los primeros venían de Santiago; uno estudiaba fotografía en el Arcos e iba hacia Bolivia (Diego), y el otro, Alfredo (Pipo), estudia arquitectura en la U. Andrés Bello. Los de la camioneta viven en Copiapó; el dueño del vehículo es Álvaro, quien a todos trataba de "hijo"… Después de picotear un poco de asado, y comer unos tallarines que había preparado Carolina, hicimos una fogata. Ella se sentó a mi lado y yo me puse muy nervioso, por lo que casi no conversamos. Al rato, dijo que tenía frío y se fue a dormir.
Al día siguiente, después de ir a dejar a Javier a la caleta, los muchachos trajeron un pescado. Lo limpié y corté para asarlo en la fuente. Con la cabeza y espinazo hicimos un caldillo. Quedó bastante sabroso. Mientras preparaba mis cosas, Álvaro me llamó McGiber, David Carradin (Kung Fu). Él nos relató su experiencia de llevar a dos ciclistas franceses hasta los faldeos del Ojos del Salado. Temprano, el grupo en donde estaban las "modelos" me dejó una frazada (con fragancia femenina) y comestibles. Otros grupos nos habían dejado unas ollas, agua y comida. Eso, más lo que encontré botado (chalas, ollas, sartén), sumaba tal cantidad, que la mitad se las dejé en una caja al Pipo y al Papa.

martes, agosto 05, 2003

1.5 Antofagasta-Taltal-Cifuncho

18/07/03 (13:00)

Salí de Antofagasta el 16 de julio, en un Turbus de las 08 horas. Aunque hay un camino de tierra costero, desde Antofa a Paposo son como 170 km., sin habitantes, por lo que decidí hacer el trayecto en bus. El bus me movilizó unos 180 km., hasta el empalme a la mina Julia y la quebrada del Despoblado-Paposo.

Cuando echaba el equipaje y la bicicleta al maletero del bus, inicié una conversación con un caballero (Luis) que iba a Taltal. Era de Antofagasta y se dirigía a dicha ciudad para ver su negocio comercial. Su esposa y tres hijos estaban de vacaciones en Limache. Arriba del bus continuamos la charla, la que no se detuvo sino hasta que llegamos a mi parada. Tanto él como su mujer tienen 46 años, la hija mayor, 20, el del medio 15 y el menor, 8 años. El suegro era un ucraniano, que había llegado después de la Segunda Guerra Mundial, en donde fue prisionero en un campo de concentración alemán.

En el viaje en bus conversé con Luis, quien me relató una experiencia desagradable en Algarrobo. Estaba con su familia en una costanera comiendo un pollo asado, con la intención de llevarse la basura hasta el depósito más cercano. Pasaron dos señoras y les llamaron la atención. “No porque se limpien el culo con papel caro van a tener el derecho de humillarnos”, aseveró.

Luis me contó que estaba disgustado con su hija porque ella no quiso ingresar a la universidad. Trabaja como secretaria ejecutiva en El Mercurio de Antofagasta y se acostumbró –según él- a ganar plata. Era buena alumna y su padre cree que podría haber sido una profesional “exitosa”. Su hijo de 15 años es buen alumno (notas 6,5 – 6,8) pero es racista; molesta a su hermana por ser morena. La esposa tiene una media hermana en Rusia, pero con la cual ya no mantienen comunicación.

Concordamos en que el sistema previsional y de salud es deficiente y en que hay demasiado contraste entre ricos y pobres.

20/07/03 (08:00)

El Turbus me dejó en la carretera, en un paradero desde el cual no se divisaba nada alrededor. Inicié el viaje como a las 10:30. Tipo 13:30 me detuve a almorzar en el km 30. Como el entorno era un hermoso desierto, aproveché para tomarme una fotografía.

Continué y, aproximadamente en el km 40, pasé por la minera Julia. El viento noreste me ayudó a hacer más liviano el viaje.

Al pasar cerca de faenas mineras, me saludaron con manos y bocinazos el chofer de un camión y el de una retroexcavadora. Fue alucinante ver esa tremenda máquina perforando el desierto a la orilla del mismo hoyo que ella había hecho. También pasé al lado de un campamento minero, que se veía feo y aburrido.

Desde allí hacia delante –unos 38 km- fue pura bajada, cada vez más empinada. Una vez que descendía por la cuesta Paposo –en donde comienza la Reserva- me entumí de frío y había neblina. El paisaje cambió; aparecieron cactus y pequeños arbustos, con terrenos más húmedos. Los letreros de Conaf piden proteger al guanaco y a los cactus. Llegué a la Caleta Paposo como a las 17 horas, me di una vuelta por su interior y avancé un poco hacia el sur, en busca de un lugar para acampar. Bajé a la playa y ubiqué un sitio entre roqueríos. Dormí bien porque tenía la cabeza protegida por las rocas.

Al día siguiente, tomé la ruta costera, con bastante calamina, hacia Taltal. El paisaje es hermoso, por la variedad de colores: el mar calipso, espuma blanca, rocas rojizas, salmones y amarillentas, tierra verdosa, y los distintos tipos de cactus más otros arbustillos.

Almorcé entre roqueríos, con vista a una gran roca cubierta de guano de las aves. Previo a la entrada a Taltal había trabajos del CMT (Comando Militar del Trabajo). Hay unos cortes en la montaña que producen un efecto de eco con el ruido del oleaje; parece como si el mar estuviera a ambos lados del camino. Hay una caverna y una gran animita, tipo gruta-santuario, dedicada al “choluto” o algo así. A poco dar las 17 horas, me asomé al centro de Taltal, luego de atravesar la cuesta que parte al cerro situado a mitad de la urbe. Compré bebidas, comida y llamé por teléfono a Patricia. Revisé el litoral y me pareció más aconsejable regresar a la zona de camping, ubicada en la salida norte.

18/07/03 (13:00)

Anoche acampé en una playa llamada “Muelle de Piedra”. Llegué como a las siete de la tarde y había un grupo de muchachas carreteando. Eran las mismas que me cantaron “lo podemos lograr” cuando iba subiendo la cuesta a la entrada de Taltal, cuando eran como las 16:45. Al acercarme, un cabro que estaba medio borracho me fue a saludar y me presentó a las chicas como un amigo. Eran como ocho mujeres y unos tres hombres. Me convidaron un "jote" (vino tinto con bebida cola) y conversamos. La más interesada fue una morena delgada que me agradó bastante. Estudiaban tercero y cuarto medio en un liceo comercial-administrativo de Taltal. Habían llegado temprano para hacer un asado y disfrutar de sus vacaciones de invierno. Se fueron casi a las 20 horas, en un auto en que subieron como a diez personas. Uno de los jóvenes me explicó que el camino costero a Cifuncho todavía no estaba bueno, por lo que me convenía tomar la ruta por la salida poniente de la ciudad. La morenita y otra chica me preguntaban sobre mi vida y escuchaban entusiasmadas. La primera tenía parientes en Petorca y conocía hasta Tocopilla. Les gustó mucho cuando mencioné las amistades "con licencia", que para ellas eran “con cover”.

Primera pana de la bicicleta. A las 10:30 partí del camping rumbo al centro de Taltal. Luego de pasar la cuesta, sentí un golpe en la rueda trasera; primero se descentró hacia la derecha y, luego, hacia la izquierda. Llevé la bici a una berma de tierra a la orilla contraria; le saqué las alforjas y la di vuelta. El eje trasero estaba trancado, los rodamientos desencajados y el cono, por el lado del piñón, metido tras los rodamientos. Después de desarmar y sacar el eje, observé que se había despegado la cuveta; una pana que requería de un taller especializado. Limpié todo y guardé las piezas. Llevé mis cosas a la otra orilla y esperé que pasara alguna camioneta. Un par de tipos que iban en una camioneta vieja -en dirección contraria-, se detuvieron. Eran dos buzos que iban hacia el norte a su faena de extracción de mariscos. Al ver que era un desperfecto mayor, se ofrecieron para llevarme a donde un caballero que arregla bicicletas. Un rato antes habían pasado tres muchachos con una bici; al consultarles por un taller, me respondieron que en Taltal no había.

El sujeto que arregla bicicletas llegó como a las 14:30; como de 50 años, usaba anteojos y su aspecto era de buena gente. Su taller es una confitería o kisco, que es una pieza de su antigua y deteriorada vivienda. Un desgastado letrero de Free, anuncia el nombre del boliche: “Coné”. Don Romualdo Aspee me dio las coordenadas para ir a comprar una masa trasera y un juego de rayos. Los conseguí en el local del técnico Pinto, todo por $ 3.300. De vuelta, observé todo el proceso para tratar de aprender la maniobra. Mientras lo hacía, conversamos acerca de su vida: el kiosco lo instaló por el 74 y tuvo una época esplendorosa. Un día, al regresar su mujer de un viaje a Ovalle, en donde tenía a sus parientes, se cortó el cuello. Como era Año Nuevo, la llevaron al hospital pero pasó más de hora y media para que llegara el médico. La señora falleció de anemia aguda, pero, por error, el doctor colocó en el certificado de defunción que había sido un homicidio. El esposo y su hermana pasaron siete días incomunicados en la cárcel. Posteriormente, los parientes de Ovalle mostraron pruebas del suicidio: ella había dejado escrita una mesa, bajo un mantel, con un texto en que anunciaba su intención. Además, en las tarjetas de Navidad para sus hermanos, había puesto claves que se descifraban al colocarlas todas juntas. Se mató a los 38 años; no tenía hijos, y poseía antecedentes depresivos. El viudo hace todo tipo de arreglos para sobrevivir, y empezó lo de las bicicletas por casualidad, cuando un cuñado le llevó unas para arrendar. Antes había sido taxista, y llevaba buzos hacia Paposo. Dos de ellos murieron en un accidente automovilístico por conducir ebrios. Don Romualdo añoraba la época de Pinochet (¡!), cuando los que trabajaban en la minería ganaban mucho y Taltal era pujante. Dijo que su negocio le hacía sobrellevar la viudez, pero por el estado del inmueble, se notaba que le ponía poco empeño. Por colocar la masa y enrayar la rueda me cobró $ 1.200, pero yo le pagué mil quinientos. Era de esas personas que se avergüenzan de cobrar por sus servicios, y se sentía bien ayudando a arreglar los biciclos de los niños.

Concluida la reparación, como a las 17 horas, fui a comprar víveres y tomé once en la costanera, para ver la puesta de sol. Tipo seis de la tarde pedaleé hacia la salida de Taltal. Recorrí como ocho kilómetros y me regresé; estaba muy oscuro y hacía frío. Volví a la playa Muelle de Piedra e instalé la carpa.

Alrededor de las 23 horas llegó un grupo de jóvenes con música, que se pusieron a hacer un asado en el sitio del lado sur. Algunos, al ver mi carpa, se aproximaron para invitarme a compartir. “Oiga gancho” –me dijeron- venga a comer carne y a tomarse un trago. Me disculpé porque estaba cansado; como insistieron, mostrándome una presa de pollo asado por la entrada de la carpa, accedí.

Eran tres muchachos que trabajaban como buzos: Longho, Pedro y el Paja. Estaban bastante mareados y sacaron marihuana para fumar. Me dieron pollo asado, salchichas y un vaso de whisky con jugo, más su buen poco de cerverza. En un mini equipo de música escuchaban una cassette con el grupo “Las garras del amor”, de ritmo sound. Cerca de la una de la madrugada llegó una muchacha y un tipo en camioneta, metieron la carne que estaba en la parrilla en un bolso, guardaron el copete y se marcharon en un auto. Hacía mucho frío y, después de limpiar un poco, fui a acostarme. Por la mañana me dirigí al centro, antes conversé un poco con la persona encargada de asear el área de camping, que vivía arriba de una loma y recorría toda la playa con su perro. Una vez en el centro, entré a un local de Entel para llamar a Pata. No estaba, así que le pregunté a la que atendía dónde se encontraba la comisaría. Conversamos; su nombre es Miriam, 31 años, casada, un hijo, y testigo de Jehová. No cree en animitas ni en santos, vírgenes ni celebran Navidad, el día del niño, etc. Fue muy simpática y se preocupó por mi seguridad. Luego partí a la comisaría y allí un paco me señaló muy amablemente que el camino costero no llega a Cifuncho, porque se corta como a mitad de trayecto. Compré víveres y me estacioné a almorzar en la plaza-museo ferroviario. Salí de Taltal a las 13:20, y llegué al empalme que lleva a Cifuncho como a las 15:30, después de 14 km de cuesta no muy empinada, pero agotadora.

Allí me encontré con Fernanda y Cristian, quienes esperaban que alguien los llevara a Cifuncho. Ambos están a un año de terminar sus carreras en la U de Chile. Él estudia Biología y ella Biotecnología. Cuando faltaba poco para las 16 horas, proseguí el pedaleo, por un camino asfaltado; hubo un poco de subida y luego todo descenso, con una leve pendiente. Al cabo de unos 10 km, comenzó el camino ripiado, y, en el km 14 hay un desvío a la playa Las Tórtolas, que dicen es hermosa. A la pareja los llevó un camión con rampla que iba rapidísimo hasta una mina que queda poco antes de Cifuncho. El paisaje en la ruta es hermoso, con cerros veteados y otros en cuyas crestas tienen roqueríos en forma de espinazos. Alcancé la entrada a la caleta como a las 18 horas, por lo que presenciamos la puesta de sol. Acampamos junto a un quitasol de madera y paja. La Fernanda me recuerda a Yasna; delgada, estatura media, piel blanca, ojos pequeños, delicada.

04/08/03 (22:24)

La salida de Taltal fue pesada, pues eran como 14 km con una suave pendiente, pero constante. Llegué al empalme que se dirige a Cifuncho y me encontré con una pareja de mochileros que se estaban preparando almuerzo en una cocinilla. De lejos, ella me recordó a Yasna, por lo delgada, fina, pálida y pequeños ojos. Su nombre es Fernanda y estudia biotecnología en la U. de Chile. Él se llama Cristian y es alumno de Biología en la misma universidad. Estaban en vacaciones de invierno, y se habían venido en bus hasta Chañaral. Habían hecho dedo hasta el empalme; pero antes habían pasado la noche en una residencial en Taltal. Conversamos un rato y luego yo proseguí mi camino. Al rato los vi pasar en la cabina de un gran camión con acoplado que iba muy rápido. La bajada por la quebrada es muy hermosa y la vista de los cerros, con sus corridas de colores, y sus “espinazos” rocosos me llamó la atención. Después de transitar unos 30 km arribé a la caleta Cifuncho, en donde me reuní con la pareja de mochileros. Instalamos el campamento al lado de un quitasol de palo y paja, a unos 200 m de los botes varados. Arriba del cerrito que estaba a nuestras espaldas, había una caseta con baños.


05/08/03 (10:25)

Una tarde fui al muelle con mi catalina para pescar. Había dos mariscadores sentados en la orilla. Uno me dijo que mi nylon era muy grueso y me prestó un rollo suyo. Me convidaron carnada (anchoveta) y pude pescar un joven jurel. Otros dos se me soltaron al estar subiéndolos al muelle. El lanzamiento de la lienza lo hacían con un movimiento corto del brazo y muñeca, formando una curva hacia arriba. En cambio, yo usaba el tradicional movimiento giratorio. La ventaja del método de ellos es que no necesitan mayor espacio y la carnada no se maltrata por la fuerza centrífuga. Finalmente, me regalaron dos jureles más y como 10 cavinzas. Otro caballero que dio un paseo por el muelle me regaló seis erizos frescos. Los pescados los limpié, los hice filetes y los colocamos a la parrilla. Los erizos los abrí en la mañana y les puse jugo de unos limones que me había dado el mismo señor. Los cangrejitos que parasitan en el interior, los guardé para usarlos de carnada. En el anochecer fuimos con Cristian al muelle y coloqué un cangrejito en mi arte de pesca. Al primer lance picó una cavinza. Se nos acabó la carnada y seguimos con señuelos rojos. No volvieron a picar. Un buzo nos regaló como tres cavinzas más, las cuales las comimos a la parrilla acompañando unos ricos fideos. Más tarde fuimos a tomarnos un litro de vino tinto en el único restaurante de la caleta. El dueño es un tipo relleno, crespo y moreno, de clara homosexualidad, llamado José. La caja, de marca desconocida, nos costó $ 1.500.- Luego de intercambiar e-mail nos fuimos a dormir a las carpas.

A eso de las 03:30 escuché una voz que desde fuera de la carpa, a mi costado izquierdo, me decía: “Oiga amigo, venga a tomarse unos tragos conmigo. Le invito unos combinados para compartir un rato”. Rechacé la oferta y expliqué que estaba durmiendo, que mañana me iba temprano. El fulano insistió: “Cómo me va a dejar esperando. Son las 12 y a la una se devuelve a dormir. Santiaguino, no puede rechazar una invitación. Si viene conmigo le regalo el desayuno”. Ahí comprendí que se trataba del dueño del restaurante, que estaba medio borracho (cuando estábamos allá, él había empezado a tomar una piscola). Insistí en agradecer su ofrecimiento, pero que me hallaba acostado, con sueño y sin ganas de salir. Agregó: “Si no sales, yo entro a la carpa. Tus amigos están emparejaditos y tú tan solo. Yo puedo acompañarte adentro y hacerte unos cariños”. En ese momento me puse un poco nervioso pues pensé que el tipo podía pasar de las palabras a la acción. Con un poco más de dureza le señalé: “Hombre, déjeme dormir; yo no voy a salir y usted tampoco va a entrar. Por favor, necesito descansar”. Con eso se resignó, pero antes de irse indicó: “De todas maneras, venga en la mañana a tomar el desayuno conmigo”. Obviamente, nunca fui.

lunes, agosto 04, 2003

1.4 San Pedro-Tocopilla-Antofagasta

24/07/03 (08:55)

En bus me movilicé de San Pedro a Calama. Ahí anduve por el centro en bicicleta, saqué plata del cajero automático y llamé a la tía Valeria para que me diera el contacto de su amigo en Tocopilla. Encontré una estatua que rinde homenaje al minero: demasiado realista, parece un tipo disfrazado como los que se paran en el centro con el cuerpo pintado de cobre…

Compré cosas para comer y beber y abordé el bus. Me bajé en María Elena y observé las calles cuyo plano asemeja la bandera de Gran Bretaña. Arribé a Tocopilla pasadas las 19 h. y llamé al celular que me había dado la tía; era número equivocado. La llamé a ella y el celular estaba fuera de servicio. Opté por recorrer la ciudad y preguntar por Franz Reimer a algunos vendedores de artesanías. A la tercera, el hijo de un vendedor callejero dijo conocerlo, y me ofreció conducirme hasta su depto. Eran unos bloques ubicados frente al hospital; como no estaban, regresamos al centro. Los encontré en un local y nos presentamos. La tía había conversado con Alejandra, y yo tenía mal uno de los números de su celular. Ella tiene 30 años y es diseñadora de vestuario; estudió en el Duoc en Santiago. Franz, de 28 años, es licenciado en Arte, de la Universidad Arcis. Fue compañero de curso de Sebastián Orellana cuando vivió en Iquique. El departamento donde viven es de su abuelo, por lo que no pagan arriendo. Se mantienen con la fabricación y venta de cabritas, ropa estampada y proyectos artísticos. Participaron en la confección de un mural en Antofagasta, con la técnica del esgrafiado, la que permite bajo y sobre relieves. La mamá de Franz es descendiente de griegos y enviudó cuando él tenía siete años. Su papá era piloto de avionetas y hacía prospecciones pesqueras en el norte. Un día, al regresar de su jornada, desapareció sin dejar rastros, a la altura del Pabellón de Pica. Eso ocurrió en 1982; nunca se encontraron restos del aparato. Hay fotografías de él en un mural que tienen en una de las paredes del pasillo. En una que aparece con bigotes se asemeja al actor que hacía del detective Make Hamer (creo que se llama Stace Keatch). El depto. tiene una pequeña cocina, dos baños (en uno está sólo el retrete) y en el otro, la ducha (que también es un lavadero) y el lavamanos. Más adelante está el ambiente amplio, en donde se encuentra la pieza a un lado y el comedor-taller al otro. Tienen bicicletas –una de ellas sueca- y un pequeño equipo de música. Fuman bastante marihuana y tienen plantas en la azotea y un cactus San Pedrito en la ventana. Hay varios adornos con cuelgas de conchas y poseen un pequeño (micro) huerto con algunas hierbas.

Al día siguiente acompañé a Franz y a su amigo Pete (que es pintor) a la azotea, adonde fue a regar las plantas. Desde allí tomé una foto de la ciudad.


Para almorzar preparamos una tortilla española, con una receta de unas muchachas vascas que estuvieron alojando con ellos.

Cuando fuimos a comprar, me llevó al muelle, en donde había un bote de un pescador, que tenía dos calamares en su interior.

Comimos con Julio, un muchacho que trabaja en Servicio País y que se dedica a recorrer las caletas que hay en la zona. Él es de Chillán y estudió Ingeniería Comercial.

Por la tarde Franz me llevó a recorrer la ciudad hasta la playa Caleta Boy, en donde está el kiosco de su abuelo, que él administra en las vacaciones.

Primero bajamos a la costanera y pasamos por debajo de unas casas parecidas a palafitos; avanzamos por una calle en donde se halla la ex cárcel boliviana.

Subimos a los cerros, cruzamos la línea del tren y llegamos a unos roqueríos denominados “Las gárgolas” que estaban llenos de cajas de vino. Seguimos un sendero por donde se veía unos torreones construidos entre las rocas.

Bajamos, cruzamos una villa de mineros y llegamos a Caleta Boy. Está rodeado por columnas y murallas. Hay una piscina de agua de mar, la cual se renueva con el oleaje, y varios restaurantes y kioscos.

Regresamos por el camino principal, pasando por fuera de las termoeléctricas, del ferrocarril y del puerto. El tren de carga sube por la montaña, en una trocha que está iluminada en la noche. Franz me mostró la roca del camello (que en verdad es un dromedario) y que es un símbolo de la ciudad. Otro ícono que aparece en un compacto con temas dedicados a Tocopilla, es el tren.

Por la tarde volvió Alejandra, que había pasado el día en Antofagasta, pues fue a entregar un proyecto al Fondart y a dejar ropa.

26/07/03

Al día siguiente, salí temprano a comprar algunos víveres. En una panadería el pan estaba a $ 800 el kilo, igual que en San Pedro. Coloqué mi equipo en la bicicleta y salimos al centro. Llegó Pete y todos me acompañaron hasta el término de la calle principal. El día anterior nos habíamos topado –cuando estábamos en Caleta Boy- con un ciclista que entraba a la ciudad. Era un tipo delgado, moreno, de extracción popular, y la bici la traía cargadísima, con cuerdas en las que colgaban objetos, entre ellos una copa. En un asta llevaba unos banderines, entre los cuales identifiqué al de carabineros. Una vez que marché de Tocopilla, en el camino vi una estatua en homenaje al minero, pero hecha con restos de tubos y fierros, y pintada; era como infantil. También me fijé en la animita de un camionero, que tenía un camioncito a escala con el logo y nombre de la empresa. Al tipo le decían el “loco Juan” o algo así, apodo que tenía escrito en letras grandes. Pasé bordeando varias caletas pequeñas; Punta Atala, por ahí almorcé. Después de pasar Caleta Buena y antes de llegar al Cementerio a la entrada de Gatico, me salí del camino hacia la cordillera. Entre unas rocas instalé la carpa. En esa zona los roqueríos están llenos de pequeñas cuevas.

Por la mañana levanté el campamento y proseguí el viaje. Cuando anduve a la altura de Cobija, observé al que alguna vez fuera puerto boliviano. Tiene buenas bahías y unas ruinas. A la hora de almuerzo estaba en Michilla, en donde me detuve al final del pueblo, en un restaurante atendido por una pareja de ancianos. Allí compré galletas y leche, las que comí sentado en un paradero. Llegaron dos “caminantes”, uno de pelo largo y otro, de corto, con sombreros. Conversaban sobre posibilidades de pega en esa localidad. Al otro lado de la carretera, una joven muchacha esperaba locomoción con su pequeña hija. Continué el pedaleo y aparecí en Hornitos; me asomé al balneario y vi lujosas casas, una cancha de golf, una playa larga. Franz me había recomendado acampar en la playa sur, llamada Itata, que era mejor y más piola. Le hice caso y me dirigí hacia allá. Las casas eran más modestas, y no había nadie, todo cerrado. Me metí a la playa, hacia el lado izquierdo, buscando rocas para protegerme. Encontré un lugar apropiado e instalé la carpa.

A la mañana, seguí un camino por la orilla de la playa y salí a la carretera por un sendero de tierra que llevaba hacia una caleta. Después de almuerzo arribé a Mejillones, pregunté por don Pedro Suárez y su hijo Petoño, y me respondieron que el primero estaba viviendo en Antofagasta, en donde tiene una lavandería, y que el otro se encontraba de viaje en Santiago. Son dueños del Hotel Costa del Sol y del restaurante La Rinconada. Conversé con una señora que hacía aseo en la playa de la Capitanía de Puerto. Yo estaba descansando en una banca y ella se acercó. Fue muy amable y me recomendó pedirle permiso a los marinos para instalarme en la playa. Así lo hice y me dijeron que la colocara al costado oeste de la Capitanía. Unos niños que pasaron a mi lado con una pelota de fútbol me preguntaron si el viaje lo hacía por algún motivo o sólo "por la mía". Aunque había quedado con los marinos de poner la carpa como a las 22 horas, la comencé a armar tipo 20 horas, porque estaba oscuro y quería descansar. No muy lejos, hacia el oeste, había un grupo de jóvenes hiphoperos bebiendo y divirtiéndose. A eso de las 22 horas llegó un grupito de lolas y se acomodó cerca de la carpa. Una de ellas bromeó con que podía salir su ocupante pegando balazos. Otra se puso a cantar temas del grupo Sin Bandera. Cuando contaban las cuatro de la madrugada, esa misma chica llegó a la carpa, la sacudió y me preguntó si yo había visto a un chico de rulos que andaba perdido. Les expliqué que no, que me había acostado temprano. Siguieron su camino no sin antes disculparse.

En la mañana, luego de dejar listo el equipaje en la bici, fui a un kiosco a comer algo. Un caballero bajo, que compraba el pan, entabló conversación. Después de un diálogo, me invitó a tomar desayuno al hotel que administra.

29/07/03 (15:35)

Don Isaías era hijo de ferroviario, pero él fue bancario. Trabajó en Potrerillos, y recuerda “la guerra” que hicieron los camioneros contra los trenes. Mientras tomábamos té con empanadas de queso, llegó un abogado para hacer un trámite por una demanda que tiene con su ex esposa. Él desea estar en las vacaciones escolares con su hija, que vive con la mamá, y ésta lo acusa de violencia intrafamiliar. El hombre se mostró bastante machista y acotó que ahora las mujeres tenían demasiadas atribuciones. A la salida del edificio, y luego de cargar agua, conversamos con un pasajero que era músico –de apellido Gómez- que nos contaba de la época en que los ingleses eran dueños de las mineras. Hacían grandes fiestas bailables, y tenían el desierto habilitado con canchas de tenis y de golf. Una de éstas atraviesa el río Loa. Les gustaba, y pedían, el cha-cha-chá, recordó.

De Mejillones me dirigí hacia la carretera. Me detuve luego de un cruce ferroviario en que habían varias animitas, una de las cuales tenía un sistema de riego con estanque de agua. El camino hacia Antofagasta tenía muchas animitas, y existe un intenso tráfico vehicular. Después de Cerro Moreno y del monolito que señala el trópico de Capricornio, me metí por el camino que lleva al balneario Juan López. Unos kilómetros antes existe una cuesta empinada con varias curvas bastante cerradas. La subí casi completa arriba de la bici; sólo el último tramo lo hice a pie.

Al llegar a la playa, fui primero al lado sur, donde hay acantilados y cuevas perforadas por el oleaje. A continuación, di la vuelta por un peñón y me metí a la playa principal. Salí por la entrada norte y llegué a un restaurante, pues quería comprar galletas. En ese lugar había una pareja con su hija pequeña. Él se llama Domingo y es técnico electrónico; trabaja para las mineras. Andaban en una camioneta todo terreno, con dos perros negros. Me invitaron a tomar café y comer galletas. Viven en Antofagasta y les gusta realizar paseos. Después de charlar por un buen rato, me ayudaron a buscar un sitio donde colocar mi carpa en la playa. No recuerdo si él era de la V o de la Región Metropolitana. Es hijo de un suboficial de carabineros, pero detesta a los pacos, porque en la época de las protestas lo apalearon. Además es sobrino de Santiago Sinclair, el milico que fue cercano a Pinocho. Más tarde, esperé que avanzara la noche para instalar la carpa al lado de un bote de fibra que estaba varado en la playa. Cuando inicié la maniobra, el dueño bajó de la casa y me preguntó que cuál era mi intención. Le expliqué mi motivación y él aceptó encantado, pues así aprovechaba de cuidarle el bote. Me invitó a tomar té y me convidó unos emparedados con queso. Los comí solo, en la cocina, pues su familia estaba jugando al bingo en el comedor. En la mañana llegó con un amigo y les ayudé a empujar el bote. Me dio un poco de café caliente. Iban a la vuelta de la puntilla, a intentar pescar unos dorados. Al dueño del bote le dicen Lima y tiene un hermano en Iquique.

La señora de Domingo me contó que el antofagastino es clasista, que cuando fue a comprarse una joya de 200 mil pesos, la gente de la tienda la miraba con incredulidad, porque ella es morena y con su esposo visten con sencillez.

31/07/03 (09:20)

En el camino a Antofagasta me detuve en La Portada para tomar una foto. Seguí el viaje y recorrí la costanera hasta llegar al centro, a una bomba de bencina. Desde ahí llamé a Marisol y le pregunté si su hermana me podía recibir. Quedé de llamarla más tarde, por lo que fui a conocer la plaza central y la Sotomayor, donde está el Mercado. Paré en un restaurante en el que almorcé el menú de tres platos, por $ 1.200. Finalizado esto, telefoneé a Marisol y me contó que su hermana no quería recibirme porque se acababa de cambiar de casa, y debido a que su marido no era un tipo relajado. “Son de otra onda”, agregó.

Entonces, llamé al pelao Carvallo para que me contactara con alguien de Serpaj. Quedó de devolverme el llamado, pero no lo hizo. Traté de comunicarme nuevamente con él, pero su celular estaba fuera de servicio. Como ya era tarde, recurrí al dato que me había dado el Mena. Me dirigí al hotel Lyon, en donde me pasaron una pieza con dos camas por $ 4.000. Fui al supermercado a comprar alimentos y, al regresar, me di una ducha con agua caliente. Me acosté y comí algunas cosas. Estaba tan cansado que me quedé dormido sin haberme lavado los dientes. En la mañana, mientras preparaba mis cosas, me entretuve escuchando la conversación de una pareja de edad que ocupaban la pieza de al lado. Venían a Antofagasta al Hospital, y se quejaban de las condiciones del lugar, que por no pagar más habían caído en ese sitio. Cuando fueron a bañarse, se les cortó el agua caliente. Era divertido escuchar cómo discutían por menudencias y se retaban mutuamente. Se notaba que ella era mandona. Después, me rasuré y preparé la bicicleta. Me encaminé a un Centro de Llamados y pude ubicar al Pelao. Él me dio el número telefónico y el nombre de Pato Ponce. Marqué el número y me atendió un tipo simpático y tallero, que me dio la dirección de su pega y de su depto. Antes, entré a una oficina de Chilexpress y retiré el giro que me envió la tía Piru. Me llegaron casi $ 70.000.- Busqué la avenida Rendic y pedaleé hasta un Centro Juvenil, pasado una Comisaría. El Pato me recibió y era más viejo de lo que me figuraba; ahora estaba más serio. Dejó mi equipaje en su oficina y regresé en bici al centro. Pasé a almorzar un menú en El Rincón Latino, por mil pesos. A continuación, recorrí un poco más la ciudad. Me dirigí hacia el sur, por la costanera. Entré al balneario municipal, en donde tomé una fotografía.

Proseguí y llegué hasta una sede universitaria. Regresé al centro y entré en un local con Internet. A las 21 horas me puse a esperar a Pato en la entrada del edificio, y conversé un poco con el conserje. Antes, cuando estuve en la plaza, un caballero del mantenimiento, me preguntó si yo era un alemán. Había un grupo de gitanas, y una de ellas se parecía a la Pantera, pero era más alta. Al aparecer Pato, subí con la bicicleta por las escaleras hasta el cuarto piso. En su depto. Estaba alojando el maestro Baez, oriundo de Los Andes, que había venido a Antofagasta a trabajar en la renovación de un departamento. Él está capacitado para construir una casa completa, incluyendo el alcantarillado. Una vez hizo una en Cartagena, con internit por fuera y volcanita en el interior. Allá pescaba en la playa, hasta que le salió un pez con mojones en la güata. Antes de regresar a Santiago, quiere ir a Iquique, a la Zofri, para comprarse una caña de pescar. Tiene un hijo de 26 años, bueno para dibujar y que desea ser escritor, por lo que se la pasa metido en las bibliotecas. Se lo trajo como ayudante, pero al muchacho no le gusta el trabajo manual. El maestro me contó que cuando trabajaba en Portillos, conoció a varios extranjeros que recorrían el mundo en vehículos motorizados, en bicicleta o a pie. Este era el caso de un finlandés, que en la mochila llevaba 10 kg de nueces, almendras, maní, etc. La especialidad de Baez era colocar baldosas, adoquines, y, ahora, cerámicos. Tanto él como Pato son militantes del partido Comunista, y se trataban de “compañeros”. Baez era amigo del hermano de Pato.

01/08/03 (08:50)

Coincidiendo con mi llegada a Antofagasta, se divisaron en sus costas una manada de unos 350 delfines y una familia de orcas.

Pato participó en lo que se conoció en la UC como Pop Power. Lo expulsaron de Periodismo en 1984; luego estudió sociología y terminó Periodismo en la Usach. Tiene una hija que estudia sociología en la UC y está separado. Es el Jefe de Serpaj en Antofagasta y están a cargo de algunos Hogares de Menores (en riesgo social) del Sename. Hace poco se les había incendiado uno por un cortocircuito. Es hijo de obreros de Talca y después del golpe estuvo preso y fue torturado. Me contó que el Pop Power nació de un grupo de estudiantes para defenderse de las agresiones de los universitarios de derecha. Cuando llegó a estudiar a Santiago, vivió ocho meses en una hospedería del Hogar de Cristo. Luchaban por mejorar sus condiciones (crédito, becas, comida, etc.) para lo cual contaban con el apoyo de las asistentes sociales, que hicieron de contacto entre alumnos de distintas carreras. Conversamos acerca del cabro que me topé en Uruguay, y del que se suicidó y era pareja de Magdalena MaxNeef; del negro Bugueño, que cuando fue relegado le tenían todo preparado en el pueblo antes que llegara. Realizaron tomas, huelgas de hambre y acciones directas. Según él, todo ese proceso significó la remoción del rector Jorge Swett.

Desde el primer momento me "palanqueó" con el tema del trabajo; que mientras el 50% de los chilenos tenía que padecer el tedio, rutina, formalidades y sacrificios de la labor remunerada, yo andaba tirado en las playas mirando las estrellas. Al igual que el tío Mario, él me veía como una hoja al viento, sin un sentido de vida; y también hizo referencia a la película “Busco mi destino”. Indicó que si yo anduviera en otra onda y me quedara más tiempo, él me habría llevado a ver el trabajo que ellos realizan con los menores en situación de riesgo. Una noche –la segunda- en que cooperé con una botella de 1,5 litros de vino tinto, me preguntó lo que yo entendía por ser de Izquierda. Le hablé de la justicia social, de la igualdad en la diversidad, que la dignidad, democracia, derechos humanos, etc. Él afirmó que el ser de Izquierda está ligado a un origen o condición de clase, de la clase trabajadora, del “lado oscuro de la luna”, que da una impronta que no tiene el que viene de otra clase. Me acordé de la mina que con mucho resentimiento me trataba de “pequebú” (pequeño burgués). Yo repliqué que han existido muchos intelectuales, propagandistas o activistas de Izquierda que no provenían de las clases populares, como el caso de Marx, Engels, Bakunin, por ejemplo. Como dice el viejo que leía novelas de amor respecto a los indígenas: “puedes ser como uno de ellos, pero nunca serás uno de ellos”.

Al final del vino y antes de irnos a dormir, nos dimos un abrazo fraternal. El punto es cómo aprovechar las herramientas e instrumentos obtenidos gracias a mi clase de origen, para usarlas a favor de los sectores postergados, oprimidos, discriminados, explotados, etc.

04/08/03 (22:24)

El último día en Antofagasta, bicicleteé hasta la caleta Coloso. Al llegar, entré a un restaurante y me comí un par de empanadas de queso con una bebida. Cuando terminé, una niñita se me acercó y conversamos. Me pidió un lápiz pasta, porque necesitaba hacer las tareas y en la caleta no vendían lapiceras. Le regalé la que me había dado el tío Mario. Pedaleé hasta pasada la planta de la minera, y tomé una fotografía con la puesta de sol en el muelle. Una señora me contó que el camino para caleta El Cobre comenzaba en Roca Roja.