jueves, septiembre 11, 2003

1.11 De Pichasca a Pichidangui

07/09/03 (19:20)
Partí para Ovalle y pasé por Samo Alto –capital de la comuna de Río Hurtado- y por el embalse Recoleta. En el vado de Huampulla me acordé de Lucrecia, pues ella me dijo que le gustaba porque allí hay unos álamos. Llegué a Ovalle como a las 16:15 y me puse a buscar la oficina de la señora Mirta, presidenta de la Asociación de Comunidades Agrícolas del Limarí. Como era tarde y tenía que resolver el asunto del alojamiento, no insistí en la búsqueda y compré algunos víveres. Me dirigí a la salida oriente y aparecí en el balneario de El Peñón, junto al río Limarí. Era el viernes 29 de agosto. Acampé en un sitio para picnic y me acosté temprano. Como a medianoche desperté con la música sound de un recital que había no muy lejos. En la mañana tomé desayuno y le convidé pan a una perra negra y su pequeño cachorro. En otro sitio se levantó un joven con gorro que me saludó con la mano. Pasadas las nueve de la mañana llegó un auto con un hombre, niños y adolescentes. Luego se les unieron otros adultos, todos bien vestidos. Eran adventistas e hicieron juegos, representaciones de temas bíblicos y prédicas. Una lola se acercó y me regaló un marca libros y, después, cuando me marchaba, una niña me regaló un paquete con galletas y trozos de queques que ellos tenían para celebrar el cumpleaños de los niños que habían cumplido años desde enero hasta agosto. Ese alimento me vino muy bien para el viaje. Después de un recorrido, arribé al embalse La Paloma. Paseé por encima de su barrera y vi cómo llegaban familias en auto para hacer picnic. Al almuerzo estaba en Monte Patria, en cuya entrada había gente vendiendo pejerreyes argentinos. En esa ciudad fui a un par de supermercados y me senté en una silla con mesa a la salida del segundo, para prepararme unos emparedados. Había un perro blanco con manchas negras al cual le di unos bocados. Por la radio del pueblo tocaron un tema sound de un grupo "Hechizo" que me hizo acordarme de Lucrecia: "Romance ilegal". En otro momento escuché a un tipo explicar que había un tipo de cueca más rápida y valseada, que se baila en argentina y algunos lugares de Chile. Proseguí mi camino y atravesé la localidad de El Palqui, en donde había una murga ensayando. Pasando Guatulame, me topé con un estero, sobre el que cruza el puente Cárcamo. A un lado hay árboles y pastizal, en donde puse la carpa y preparé comida. Estaba lleno de grandes zancudos, algunos de los cuales cayeron en la comida y el té. Mientras dormía desperté con la música de una fiesta, en la que tocaron cuecas valseadas –medio cumbiancheras-, música mexicana y al grupo "Amar Azul". Reconocí la voz de un cantante de rancheras que imitaba Jesús en Totoral. En la mañana observé en apareamiento de algunos zancudos mientras deshacía la carpa. Siguiendo el viaje, pasé por Chañaral Alto y luego vi las playas a orillas del río Cogotí, en una de las que había un puente colgante. Antes de llegar a La Ligua Baja, me metí hacia el embalse Cogotí y llegué hasta donde comienza. El paisaje es muy bonito y hay rebaños de ovejas pastando en los alrededores. Me devolví un poco y acampé en un bajo, cerca del río; como el día estaba bonito, me bañé en él hasta el atardecer, en que el reflejo del sol en el agua le daba un toque sobrecogedor al momento. Me sequé y armé una fogata en la que preparé comida y té. Hice un "radier" con tierra en una quebradita y puse la carpa bajo un árbol. Se escuchaban los gritos de los pastores que a caballo arreaban las ovejas, junto con sus perros.
Al otro día, atravesé La Ligua Baja y luego subí la cuesta de Las Coloradas, desde donde se puede ver el embalse. El resto del camino a Combarbalá está lleno de cuestas y quebradas, y de vestigios de antigua actividad minera. A la ciudad se llega por una bajada y se entra por un camino de tierra en donde están los locales en que se vende artesanía en combarbalita. Una vez en la plaza, fui al BancoEstado a sacar plata. Más tarde, me comí un completo y compré víveres y un rollo fotográfico. Llené los estanques de agua y quedé listo para reiniciar el viaje cuando eran como las 15 horas. Desde Ovalle a Combarbalá se ven muchas mujeres atractivas.
Avancé por un plano y antes de comenzar el ascenso de la cuesta La Viuda, un campesino a caballo me preguntó si había visto burros en el trayecto. Subí la cuesta y en el portezuelo tomé una fotografía panorámica hacia el oriente. Inicié la bajada, por camino de asfalto, y como a las 17 horas, paré a tomar una foto a un rancho muy bonito, en que resaltaba una roca y un árbol. Continué un poco y, al llegar a otro ranchito, ingresé por el portón y arribé a un casita con corrales. Le pedí permiso a una señora para acampar a la orilla de un estero. Mientras me acosaban chanchos y chivitos, ella me explicó que arrendaban ese pedazo de tierra a un fundo particular.

08/09/03
(18:15)
Esa noche dejé la bicicleta encadenada sobre un árbol.
A la siguiente mañana, cuando bajaba la cuesta, me pasaron varios vehículos con gitanos, que después encontraba parados a orillas del camino, pidiendo agua en una casa, comiendo o en otras actividades. Nos saludamos en más de una oportunidad. En el poblado de Los Pozos se acabó el pavimento y me tocaron unos siete kilómetros de camino malo, con mucha piedra, cruces de agua y viento en contra. Al acercarme a la localidad de Canela se fue cubriendo con niebla e hizo frío. En Canela Alta compré algunos víveres y la señora que atendía me preguntó de a dónde venía y hacia qué parte me dirigía. Se sorprendió con mi relato. El paso por Canela Baja fue grato, por el bello paisaje y la vista de una hermosa lola colegial. Más adelante me tocó algunas cuestas y un poco de garúa. Aparecí en la Panamericana y enfilé hacia el sur en busca de la Caleta Mansa. Como en ese lugar hay un santuario dedicado al padre Hurtado, me pasé de largo y llegué a Huentelauquén norte. Ya que eran más de las cinco, me metí por un callejón hacia el mar. Crucé un portón abierto y seguí por una huella entre el pastizal. Se veían rebaños y una que otra casa. Me topé con unos niños que regresaban de su jornada escolar a sus hogares y los acompañé para hablar con sus padres. La mamá es una mujer de pelo negro, en algo parecida a Damaris, pero con menos dientes. Le conté mi situación y expresó que no había problema para acampar cerca de la casa, y que podía ocupar la cocina para calentarme agua. Pero que debía esperar a su marido, para que él diera la autorización. Ella me explicó que esos terrenos eran de una comunidad agrícola; que su marido es nieto de una señora que tiene derechos de comunera. Ellos sólo tienen animales, porque la tierra no es fértil para cultivarla. Su marido trabaja de jornalero en una obra en el pueblo. Me habló de un tipo que es comunero pero muy egoísta; que tiene muchos animales y vive en una pensión en el pueblo. Tienen agua potable pero no electricidad. Ven televisión con una batería de camión que deben recargar cada 10 días aproximadamente. Ella me dijo que el perro galgo era para cazar liebres y conejos, y que encontraba mejor la carne de los últimos. Según relató, hay personas que cazan coipos en los ríos.

10/09/03
(13:10)
La señora me habló de un cantante de música mexicana que responde a las características que yo le relaté; su nombre es algo así como Darío Gómez. Cuando llegó su marido, le expliqué que deseaba poner la carpa cerca, para no tener que ir hasta la playa. Él me dijo que lo mejor era que fuera hacia allá, porque hay una casa abandonada en donde yo podía colocar la carpa. Me señaló que no me demoraría más de 15 minutos y que tuviera cuidado con las espinas de los cactus. Aunque fue siempre amable y se hizo corroborar por un viejo a caballo, se notó que no quería que yo acampara cerca de su casa. Su mujer se había entrado, con la excusa de que debía preparar la cena. Los hijos también se callaron. Partí hacia la costa, pero como estaba oscureciendo, me quedé en un sitio que estaba no muy lejos de la casa, el cual lo conformaban las ruinas de unas pircas y una mata de cactus. Luego de despejar el terreno de las piedras y espinas, instalé la carpa. Por la mañana caminé con la bicicleta al lado hasta la carretera, compré algunos víveres para el camino y enfilé hacia el sur. A la hora de almuerzo llegué al balneario de Los Vilos. En la Copec de la entrada, llené los estanques con agua. Fui por el camino principal y llegué a la Costanera; seguí por la izquierda y arribé a la caleta Las Conchas. De regreso, paré en una pérgola para comer unas empanadas de mariscos con queso derretido. El boliche se llama D’ javú y la dueña es una señora de unos 45 años, que me contó algo de su vida. El marido la dejó por otra hace unos años, y ella ha "luchado" por mantenerse y darle educación a sus hijos: uno estudia arquitectura y el otro pedagogía en La Serena. Uno se fue a Perú a un campeonato de judo. También tiene una hija. El local lo instaló en el verano pasado y asegura que es rentable; que vende mucho en vacaciones y poco en invierno, pero que se compensa. Allí atiende una lola alta, bonita y de buen cuerpo, pero que no era buena para la conversa. En el boliche de al lado había una morena con la cual nos sonreímos un par de veces. Las empanadas estuvieron muy ricas –le comenté-, nos despedimos y continué el viaje. Entre Los Vilos y Pichidangui hay varios balnearios con casas muy grandes y lujosas, construidas sobre playas y acantilados. Llegué a Pichidangui al anochecer y arribé al muelle cuando ya estaba oscuro. Ahí conversé con un lugareño, que me explicó que podía acampar en la playa y hacer fogata sin problema. Estábamos al costado de la caleta, y de pronto un joven que andaba con su pequeño hijo me preguntó que de dónde venía. Le hice un resumen de mi experiencia, y le pregunté si conocí a Rodrigo Rivas. Él no lo ubica; y yo le conté que era mi compañero en Periodismo en la UC. Él resultó haber sido compañero de colegio del Lito Montes, y estudió Periodismo en la U de Chile. Es muy amigo de la Silvia Carrasco y, a través de ella, conoció a Pablo Álvarez. También tuvo un cuasi romance con la Marcela Corbalán.

11/09/03
(12:25)
En el muelle de Pichidangui había un tipo algo chalado, que andaba con un saco y que me decía que se podían hacer buenos negocios. Era un hombre de la calle conocido como el "Cachicho", que me preguntó si yo andaba solo. Le respondí que sí, a lo que él replicó: tú no andas solo, pues te acompaña Dios (¿?).
El joven que me invitó a la casa de sus abuelos es Ernesto Ayala, nieto del empresario que fuera pdte. de la Sofoca y de la CMPC. Me presentó a su pequeño hijo Ernesto, a su hijita Josefina, a su esposa Ximena y a la nana. Me duché y luego me hizo pasar al living, en donde me convidó una cerveza y cosas para picar. Después pasamos al comedor, a servirnos unas empanadas, ensaladas, y pescado que había capturado él y su hijo en bote. Utilizaron lienza y de carnada pusieron huevos de loco. Ernesto me contó que estaba escribiendo una novela acerca de una relación entre una mujer de 36 y un hombre de 22 años. Antes había escrito un libro por encargo, sobre el crimen de una niña. También había hecho un libro con varios cuentos. Coincidentemente, también estudió Ingeniería en la Católica antes de entrar a Periodismo. Además, hace clases en la Universidad Adolfo Ibáñez. Dijo que mi manera de ser le recordaba a Pablo Hunneus hijo, el que estudió un tiempo teatro en la Católica. Ximena trabaja para la revista Ya y también colabora en la revista del Domingo en Viajes. Me preguntó cuál era el motivo para hacer el viaje en bicicleta, y le contesté que era para conocer y percibir en una forma muy directa los lugares que iba conociendo, y porque a mí me gusta pedalear. A Ernesto también le encanta hacer trayectos en bicicleta por montañas y quebradas –se ha metido por Río Hurtado- tanto como el excursionismo y escalar cerros. Instalé la carpa en el patio, encadené la bici a un árbol, y dormí tranquilamente. En la mañana escribí un poco y luego apareció Ernesto para que fuera a tomar desayuno. Una vez terminado, me despedí de todos, intercambiamos e-mails y teléfonos, y reanudé el viaje.