jueves, septiembre 04, 2003

1.9 De Carrizalillo a La Serena

Camino a Punta de Choros paró una camioneta roja, doble cabina, que atrás llevaba a dos jóvenes y dos niños. Eran de Vallenar, venían de Caleta Chañaral y andaban paseando a un par de viejos de La Unión. Una vez arriba, me tocó ir saltando todo el camino, pues estaba lleno de calaminas y montículos. Primero pasamos a una playa que está al norte de Punta Choros y en donde hay una pequeña isla. También había un grupo de cabañas y un par de campistas guardando sus cosas. De ahí nos fuimos a Punta Choros, dimos un recorrido por el lugar y fuimos a conocer la playa que está al sur del balneario. También habían cabañas, y estaba estacionada una casa rodante. Finalmente me dejaron en el centro del pueblo. El caballero que manejaba me regaló un par de naranjas del valle de Vallenar, que estaban muy dulces y jugosas. Además me convidó un vasito con agua ardiente de su localidad, la que estaba bien aromática. Al saber que yo venía pedaleando desde Arica, me dijo: "¿Usted es bruto?", y se rió. Bajamos la bicicleta, me desearon suerte y se marcharon. Uno de los niños era un gordito, colorín y pecoso, que cuando supo que había estado en bahía Carrizalillo, aseveró que se llamaba Caleta Mamani, y que en esa localidad cuentan que uno de los Mamani tuvo un hijo con su mamá, debido a la ausencia de su padre.
En Punta Choros bajé a la playa La Barranca y acampé al costado sur, para protegerme del viento. Armé la carpa e hice una fogata para prepararme una sopa. Cuando ya estaba oscuro, me di cuenta de que estaba rodeado de grandes chanchitos de playa, los cuales eran como los de tierra, pero blancos y medio transparentes. Se movían siempre hacia la luz, y también rodearon la carpa. Cuando ingresé a ella con el farol, se escuchaba cómo se metían por debajo del suelo de la carpa, ya que producían mucho ruido.

01/09/03 (09:20)
En Punta Choros sólo estuve esa noche, ya que me pareció muy taquillero. Por la mañana fui a comprar cosas a un almacén, y la señora que atendía me llamó la atención por botar mi basura en su canasto, que para eso habían botes grandes en las calles. Le di las explicaciones del caso y me pareció pesada-mañosa.
El camino hasta la carretera fue agradable; primero circulé por un llano –que se me figuraba la pampa argentina- hasta Los Choros, en donde comenzó una leve pendiente que ascendía la quebrada. Lo bueno es que llevaba viento de cola. Paré en una meseta, y me metí entre unas matas para cagar; allí me percaté de que habían flores rojas, violetas, blancas y amarillas. Luego de pasar por cuestas y bajadas –todo de tierra- y de atravesar unos bajos con ojos de agua y unas majadas, llegué a la carretera. Avancé algunos kilómetros, hasta dar con el empalme que va a la mina El Tofo. Giré hacia el oeste y avancé un par de kilómetros por un camino de tierra en un plano. Topé con la montaña y comencé a subir una cuesta bastante empinada. La hice completa a pie, pues andaba con los cambios malos. Daba varias vueltas, y crucé un ranchito, un rebaño de ovejas y construcciones abandonadas de la mina. Por entre los montes bajaba una espesa niebla, que venía de la costa y se dirigía al interior. Más arriba están los atrapanieblas, que funcionan desde 1990 más o menos. Al encontrarme en la cima, sólo se veía el comienzo de la bajada, ya que todo estaba cubierto de una espesa niebla blanca. Me abrigué harto e inicié el descenso; una larga bajada de tierra con muchas curvas y vados. Todo se veía muy verde y con harta vegetación, y se escuchaba el canto de una gran variedad de aves e insectos. Cerca del final de la bajada, se vieron cabras y unas majadas. Topé con un camino que llevaba, a la derecha, a la Caleta Chungungo. Bajé otro poco y di con un letrero que indicaba que a la izquierda estaba La Dársena. Tomé la derecha, subí por un camino de tierra y arribé a una plaza con pérgola. Al frente había luz y música en una sede social. Avancé por esa calle y le pregunté a la señora de un restaurante si ubicaba a Fresia Rivera. Me contestó que sí, pero que ella no estaba; que vivía en una casa que estaba cruzando la calle, al lado de un almacén. Entré en éste y compré víveres. Le pregunté a la mujer que atendía hacia dónde quedaba la playa, para irme a acampar. De regreso, pasé a la sede vecinal y pregunté si podían venderme un té; estaban haciendo papas fritas, para reunir fondos para las actividades de fiestas patrias. Había un par de mujeres muy bonitas, que estaban con sus guaguas; habían otros adultos, y varios niños. Estos fueron los únicos interesados en conocerme, además de un pescador que es solterón, y que prefiere pagar putas ya que las mujeres siempre lo engañan. El resto era muy indiferente. Me puse a conversar con un caballero que resultó ser el presidente de la junta de vecinos. Habían remodelado la sede con un proyecto del Fosis. Me contó que el agua potable de los atrapa-nieblas ya no daba abasto, porque la caleta había crecido mucho; que ahora dependían de los camiones de agua potable de la municipalidad de La Higuera. Los atrapa-nieblas (90) los dejarán para uso del turismo. También me dijo que en agosto habían tenido el Día de la Montaña, en que todo el pueblo se iba a otro lugar a festejar. Al final de la velada, me ofreció el patio de la sede para que pusiera la carpa, el cual contaba con baño independiente. Además me contó que antes funcionaba una máquina de fierro de 40 metros de alto, con la que llenaban los barcos con mineral de hierro de El Tofo. La mina cerró y vendieron la máquina como chatarra (fierro viejo).
A la mañana siguiente (19/08/03) levanté campamento, fui a comprar víveres y tomé una foto panorámica desde la salida de Chungungo.

20/08/03 (08:07)
Ayer salí a mediodía de Chungungo. Tomé una fotografía a la salida del pueblo y caminé toda la subida. En la cima de un cerro había un tipo sentado que me saludó. Me preguntó si me dirigía a la carretera; me advirtió que me tocaría harta lucha, y me aconsejó que esperara un "cacharro". Tenía fijado el piñón en el Nº4 y cambiaba los platos. Las subidas las hice a pie. El paisaje es bonito, con montañas hacia el este y océano hacia el oeste. Todo está cubierto de verde, con arbustos, pastos y flores amarillas, violetas, rojas y blancas. La niebla se desplaza, el viento corre helado y el sol aparece a ratos. Paso cerca de algunas majadas y cruzo vehículos cuyos conductores me saludan. Las playas no tienen arena y el verde llega hasta la misma orilla; paso las caletas Temblador y Totoralillo. Atravieso un mirador desde donde se disfruta la vista de una pequeña isla. Cuando faltan unos 10 o 12 km para llegar a la carretera, pasé por el lado de un rebaño de cabras, guiado por unos pastores que gritaban diferentes voces. El lugar, encajonado en unos montes, producía múltiples ecos. Arribé a la panamericana como a las 15:15 horas; bajé una cuesta y llegué a Caleta Hornos. Antes de cruzar el puente hay una animita que tiene un pedazo de carrocería de camión, específicamente un foco y parte del tapabarros. En el pueblo había varios camiones estacionados. Me tomé una Coca al paso y continué caminando para subir la cuesta. Estaba a 34 km de La Serena y me esperaba un camino lleno de subidas y bajadas. Estaba nublado y fresco. Conduje por la berma y divisé la costa, los montes, la posada El Rutero, ranchitos. Antes de llegar a La Serena bajé una gran cuesta que duró unos 10 kms. Una vez en el plano, me alcanzó un ciclista de competencia, con traje especial, casco, etc. Conversamos un tramo; es de Coyhaique y soltero. El fin de semana había ido a competir a Vallenar. En su trabajo le dejan salir dos horas antes para practicar. Me indicó que los repuestos para bici los venden en la calle Brasil, y me mostró la supuesta entrada hacia Caleta San Pedro. Aparecí en la playa, cerca de los toboganes de agua; una señora me explicó que debía devolverme hasta un camino de tierra. Lo hallé y conseguí encontrar la caleta. En una de los primeros negocios, pregunté por Eva y Tilico y me explicaron que vivían en una casa frente a la multicancha. Llegué a la puerta y una persona salió a preguntarme a quién buscaba. Volvió hacia una pieza con luz en que se veía un grupo de gente. De ahí salió la Eva, que al acercarse la llamé por su nombre; ella dijo el mío con emoción y nos dimos un abrazo. Me hizo pasar y salió Tilico. Estaban en el post-velorio de su papá, quien había muerto antes de ayer, y fue sepultado ese día. Estaban muy sorprendidos con mi visita, y más aún al saber que venía pedaleando desde Arica. Me llevaron a la pieza de ellos y tomamos once. Llegó una pareja y la mujer se quedó conversando con Eva y conmigo. Era de Coronel y había vivido en Temuco, Curanilahue, Arica y Codpa, en donde trabajó en la hostería. Tiene a sus hijos en Santiago, estudiando, y está aburrida de vivir en la caleta. Nos relató la talla de la "calentura", para referirse a unas fiebres que le dan a veces en las noches. Tilico me estuvo contando sobre su trabajo en la extracción de machas; que se metía hasta unos dos metros de profundidad, con traje de buzo, máscara y 25 kg de plomos. Las sacan con las manos y las meten a un chinguillo. El kilo se la compran a 700 pesos, y desconchadas a $ 3.500. Van a sacar cuando hay pedidos. Estuvieron desaparecidas durante 10 años. Él trabaja desde los 14 años y dijo que había ganado mucho dinero, buena parte del cual gastó en copete. Tuvo seis caballos de carrera y los vendió para carretear. Conoce desde Arica, donde sacaban machas en la frontera con Perú, hasta las islas que están al frente de Quellón. También ha cabalgado hasta la frontera con Argentina, con unos amigos cabreros. Su papá murió de cáncer a la próstata a los 70 años; era delgado, piola y bueno para trabajar. Hasta antes de enfermar, colocaba redes desde la playa hasta 100 m más adentro. Me contó que se enredaban lenguados o corvinas, y otros peces que se acercan a la orilla, hasta 25 m, al revoltijo, para comer pulgones de mar. Con un amigo fueron una vez a los güiros, a la isla Gaviota, pero se "chorió" porque era mucho trabajo y poca plata (40 o 50 mil pesos en 20 días). En La Serena están pagando $ 45 por kilo de güiro y, según él, se ven güireros hasta Los Vilos solamente. Tiene casi 31 años (los cumple el 20 de septiembre) y se autodenomina como "marihuanero". Con Eva conversamos acerca de su familia y amigos. Su papá sufre dolores de cabeza y está con depresión. Tavita y Damaris siguen viviendo con Willi y Pato en la casa de sus padres. Los niños: Juan Guillermo y Martina están bien. El Gato está estudiando música en Valparaíso y Karen en Temuco. Tilico contó que su papá pasaba una semana entera en los cahuines y que su mamá lo esperaba igual con el almuerzo preparado.

04/09/03
(07:20)
(Mi segundo día en la caleta San Pedro)
Desarmé la bicicleta con una llave especial que compré en La Serena. Allá saqué dinero de un cajero automático y me metí en Internet. Mandé varios correos y llamé por teléfono a Marella (Ancud). Una vez en la Caleta, saqué el eje del "motor" y cambié los rodamientos. También compré una palanca de cambio para los piñones y la reemplacé por la que se había roto. Cuando armé la bici, la fui a probar a la ciudad. Entré nuevamente a Internet, compré víveres en un supermercado, y averigüé la salida de buses hacia Paihuano. Llamé por teléfono a Carmen Gloria y ella me dio las coordenadas para llegar a la casa de su mamá.
En la caleta dimos un paseo con Eva y Josefa por la playa y estuvimos en la plaza del lugar. Conocí la cancha donde corren los perros, y vi la casa de la abogada (blanca, sólida, de dos pisos), que se diferencia del resto. Me fijé en los nombres de las calles, pues todas hacían referencia a elementos marinos: brisas, ancla, etc. Esta caleta es particular porque es una playa abierta, sin muelle ni botes.
En casa de Tilico y Eva me quedé cuatro días y aunque él nunca fue pesado conmigo, noté que mi presencia le incomodaba un poco. En las mañanas salía con el rifle a postones a dispararle a los gatos, ya que éstos se comían a los pollos. El resto del día se la pasaba con sus hermanos y amigos preparando los implementos para las carreras de perros y las peleas de gallos. Fumaban mucha marihuana, y tienen códigos para referirse a ella sin nombrarla. Sus hermanas fueron poco sociables; casi no me pescaron. Lavé mi ropa, la que demoró en secar pues todos los días estuvieron nublados. Eva me contó que su papá ha estado enfermo, y que las chicas –con Pato y Wili- no aportan en la casa, ni siquiera con prender el fuego en las mañanas.
Una noche Tilico llegó con una pierna de animal en una fuente. Nos dijo que era un gato que su amigo había cocinado al horno. Probé la carne y el sabor era parecido al pollo.
Los muchachos habían conseguido que la gente que estaba reparando la calle les llevara tierra y emparejaran la cancha de carreras. Una vecina reclamó que por qué no usaban mejor el recurso en arreglar las calles interiores. La "máquina" para mover la piel que persiguen los perros en las carreras, está hecha con una bicicleta, en la que enrollan un cordel en el aro trasero. Los perros corren, según Tilico, como a 70 km/h.