1.6 De Cifuncho a Puerto Viejo

(16:10)
La salida de Cifuncho hasta la carretera fue pesada; camino de tierra y constante subida suave. Fueron como 35 km; al divisar la panamericana, entré en una quebrada increíble; por ahí bajaba el camino hacia la mina Esmeralda. Parecía la visión de un paisaje extraterrestre; cerros de piedras al lado de planicies de tierra sin nada de vegetación; más piedras esparcidas sobre la superficie; al fondo, hileras de montañas en todas direcciones. Llegué a la ruta 5 y me tocó una cuesta que está en el límite entre la Segunda y Tercera Región. Al final, vino la bajada, la que hice con mucha rapidez. Había mucho tráfico vehicular, en particular de camiones. Descendí hasta la quebrada Pan de Azúcar, en donde me detuve a abrigarme porque el viento era heladísimo. Poco más allá de la posada La Bomba, me metí por el empalme que conduce a la entrada norte del parque. Aunque con una suave pendiente de bajada, la bicicleta avanzaba poco, debido al viento que tenía en contra. Había muchos hitos blancos que se supone señalaban concesiones mineras. Llegando al parque se nota el cambio climático; mucho más humedad y vegetación. Al cabo de unos cuantos kilómetros oscureció hasta tal extremo que no podía ver el camino. Estaba nublado, sin luna ni estrellas. Me bajé de la bici y caminé como dos horas y media, con la permanente duda si ese era el sendero correcto. Cuando divisé luces me calmé. Arribé a la Caleta un poco antes de que cerrara un negocio. Compré galletas, bebida y otros comestibles. Aparecía mucha gente joven que andaba acampando. Un muchacho que atendía me sugirió que me quedara en el camping de la caleta, pues tenía baño, era tranquilo y cobraban tres mil pesos por noche. Conversamos un rato y me dijo que en Taltal había escasés de hombres; lo mismo que el cabro que me llevó al depto. de Franz me decía de Tocopilla. Aseguró que Portofino en verdad se llamaba Bahía Infieles, pero que la familia de Guido Vecciola, que se creían dueños del lugar, le habían cambiado el nombre.
Observé el camping y estaba muy oscuro; además no había nadie atendiendo. Entonces, me dirigí hacia la playa Piqueros, frente a la isla. El camping estaba repleto de carpas y gente "carreteando". Me di una vuelta y quise saber cuánto cobraban. Le pregunté a unos chicos que bacilaban al lado de una camioneta roja. Me contestaron que no sabían pero que colocara la carpa junto al vehículo porque ellos se hirían muy temprano, para no pagar. Me dieron un combinado y me puse a conversar con un muchacho de unos 21 años, que se entusiasmó mucho al saber que venía desde Arica.
Observé el camping y estaba muy oscuro; además no había nadie atendiendo. Entonces, me dirigí hacia la playa Piqueros, frente a la isla. El camping estaba repleto de carpas y gente "carreteando". Me di una vuelta y quise saber cuánto cobraban. Le pregunté a unos chicos que bacilaban al lado de una camioneta roja. Me contestaron que no sabían pero que colocara la carpa junto al vehículo porque ellos se hirían muy temprano, para no pagar. Me dieron un combinado y me puse a conversar con un muchacho de unos 21 años, que se entusiasmó mucho al saber que venía desde Arica.
13/08/03 (10:45)
Diego estudia administración en la U Adolfo Ibáñez, y sus amigos, ingeniería en otra universidad privada de Santiago. Uno de ellos es cuñado o algo así de la Francisca Alessandri. Otro era jugador de rugby, y el cuarto pololeaba con la hermana de Diego. A la mañana siguiente se iban hacia San Pedro de Atacama. Andaban con botellas de pisco y mucha marihuana. Diego pertenece a una ONG llamada Oikos, que brega por el desarrollo sustentable. Uno de sus patrocinadores es Hernán Büchi. Me contó que un primo lo operó de miopía y quedó con pifias en las corneas, que lo hacen ver las luces como destellos. Le gusta viajar y prefiere la montaña. Está tramitando un viaje de intercambio a Suecia, en donde trabajaría cuidando caballos. Él me habló de una playa muy hermosa que está al sur de Puerto Viejo, a la que se llega por caminos muy malos. Los muchachos se fueron a dar un paseo por el camping, y apareció un joven delgado, con gorro de lana, que me pidió algo de la bicicleta para "matarse". Tenía los ojos desorbitados y parecía haberse drogado con quizás qué sustancia. Los chicos regresaron y comenzaró una mezcla de discusión y hueveo. Todos se marcharon; coloqué la bici apoyada a la parte trasera de la camioneta y me metí con el saco de dormir debajo de la cola de la misma. Como hacía frío, me puse toda la ropa, los zapatos y el gorro.
A eso de las 07:00 nos levantamos, nos despedimos y partimos. Fui a la caleta a tomar una fotografía y luego regresé a tomar otra frente a la isla.
Al iniciar el pedaleo se me salió la cadena y se metió entre el piñón y el marco. Puse la bici en el suelo; un motorista de Conaf se detuvo a preguntarme si tenía algún problema. Pedaleé hasta Chañaral, pasando al lado de unos cerros en cuyas cimas había atrapa-nieblas. Una vez en esta ciudad, compré víveres, telefoneé a Ellen y deposité plata en el BancoEstado. Conversé con una señora que vende confites al frente de la plaza e hice un pequeño recorrido urbano.
Después de almuerzo, me abastecí de agua en una estación de servicio y seguí viaje hacia el sur.
Anduve hasta la playa Porto Fino, en donde encontré varias carpas con grupos de jóvenes surfistas. Uno de ellos se acercó y me preguntó si andaba con aguja e hilo; pensó que yo era extranjero, pero cuando se percató de mi chilenidad, nos pusimos a conversar. Su nombre es José y estudia arquitectura en la U Finis Térrea. Me contó que tiene un viejo auto Ford Falcon, y que sus amigos estaban en una competencia de ajedrez. Vi que los surfistas tomaban yerba mate, que se levantaban temprano para ir a correr olas y que a media mañana se devolvían a comer. Divisé a dos mujeres con trajes y tablas y una de ellas al verme pasar en bici exclamó "qué bacán". José me contó que se habían robado un par de trajes, de las rocas, en donde los dejan para que se sequen. Cada uno de ellos está avaluado en 100 mil pesos. Esa noche ellos se fueron a Pan de Azúcar. Al día siguiente me marché después de almuerzo. Avancé por el camino costero hasta la playa Obispito, en donde instalé la carpa tras unas rocas e hice una pirca para protegerme del viento.
A eso de las 07:00 nos levantamos, nos despedimos y partimos. Fui a la caleta a tomar una fotografía y luego regresé a tomar otra frente a la isla.

Al iniciar el pedaleo se me salió la cadena y se metió entre el piñón y el marco. Puse la bici en el suelo; un motorista de Conaf se detuvo a preguntarme si tenía algún problema. Pedaleé hasta Chañaral, pasando al lado de unos cerros en cuyas cimas había atrapa-nieblas. Una vez en esta ciudad, compré víveres, telefoneé a Ellen y deposité plata en el BancoEstado. Conversé con una señora que vende confites al frente de la plaza e hice un pequeño recorrido urbano.
Después de almuerzo, me abastecí de agua en una estación de servicio y seguí viaje hacia el sur.
Anduve hasta la playa Porto Fino, en donde encontré varias carpas con grupos de jóvenes surfistas. Uno de ellos se acercó y me preguntó si andaba con aguja e hilo; pensó que yo era extranjero, pero cuando se percató de mi chilenidad, nos pusimos a conversar. Su nombre es José y estudia arquitectura en la U Finis Térrea. Me contó que tiene un viejo auto Ford Falcon, y que sus amigos estaban en una competencia de ajedrez. Vi que los surfistas tomaban yerba mate, que se levantaban temprano para ir a correr olas y que a media mañana se devolvían a comer. Divisé a dos mujeres con trajes y tablas y una de ellas al verme pasar en bici exclamó "qué bacán". José me contó que se habían robado un par de trajes, de las rocas, en donde los dejan para que se sequen. Cada uno de ellos está avaluado en 100 mil pesos. Esa noche ellos se fueron a Pan de Azúcar. Al día siguiente me marché después de almuerzo. Avancé por el camino costero hasta la playa Obispito, en donde instalé la carpa tras unas rocas e hice una pirca para protegerme del viento.
Por la mañana me propuse llegar hasta Bahía Inglesa. El camino tiene muchas subidas y bajadas; agregado a eso el viento en contra, se hizo un viaje muy pesado. Antes de llegar a Caldera, crucé con una camioneta de gitanos, los cuales me saludaron. Una vez en esa ciudad-puerto, me metí a un restaurante ubicado a un costado de la plaza principal. Mientras comía una hamburguesa con papas fritas, apareció un tipo de barba con pinta de hippie-artesa, ofreciendo visores para puertas a $ 500. Se llama Hugo, tiene 40 años y es oriundo de Taltal. Lleva 20 años "caminando" y conoce desde Venezuela hasta el sur. En "Locombia" le llegó un balazo que le atravesó un brazo y le rebotó en la cadera. Andaba con lentes oscuros y me mostró que le quedan pocos dientes a causa del exceso de peyote. Del Perú "se trajo" a su actual pareja, con su hijo, la que vende artesanías en una de las esquinas de la plaza de Taltal. Dijo que pensaba irse a vender a El Salvador, pues allá los mineros tienen plata. Se tomó una cerveza chica y me interrogó si es que yo andaba entregando algún mensaje; que todo viajero tiene que sembrar una semilla en los demás. Me propuso que fuéramos a acampar a Bahía Inglesa, a donde termina la costanera y los hoteles. Él iba a buscar unos tipos a los cuales había ayudado con los pasajes y nos juntaríamos más rato. Anduve hasta el balneario y esperé un rato en el lugar propuesto. Encontré que estaba demasiado cerca de las viviendas y me fui hacia la playa Las Machas, en donde se veían unas pocas carpas de mochileros. Coloqué mi carpa cuando ya estaba anocheciendo. Más tarde escuché las voces de un grupo de chicas que instalaron su carpa cerca de la mía. Al otro día, un muchacho que acampaba solo, se puso a conversar con las niñas y, más tarde, fue a charlar conmigo. Su nombre es Tomás, estudia Arte en la Universidad Católica y su hobby es el buceo. Esa noche organizamos una fogata para preparar una comida hecha con elementos aportados por las chiquillas y un pescado que había arponeado Tomás. Yo me dediqué toda la tarde a recoger palitos y ramas secas de los alrededores. Llegaron con vino tinto y utensilios de cocina. Las niñas estudiaban diseño en Educares u otra universidad privada, y una se estaba cambiando al Arcos. Esta se llama Natalia y es una morena exótica y sensual. La otra morena también se llama Natalia, y las dos rubias son Cata y Claudia, las cuales son más calladas. El cocimiento quedó exquisito , y la onda fue muy buena. Durante toda la velada "la negra" se sentó a mi lado y llegué a pensar que ella quería tener algo conmigo. Sin embargo, en un momento ella me pidió que le hiciera un moño en su bufanda. Yo le dije en broma: "No querís otra cosita". Ella me había sugerido que, además, le hiciera un masaje. Al hacerle el nudo, se quejó de que le tiré el pelo. Una vez terminada mi tarea, se levantó con rapidez y deshizo mi nudo. Luego se realizó otro con turbante incluido. A partir de ese hecho, ella se distanció y se allegó más a Tomás. Incluso al rozar su pierna con mis dedos, ella se corrió automáticamente. Cuando ella señaló que si teníamos sueño nos fuéramos a acostar, yo me retiré inmediatamente. Por la mañana, después de una noche en que no pude aplacar el frío en los pies, me dediqué a lavar la vajilla. Estaba en eso cuando apareció "la negra" metiendo sus pies al agua y con una gran sonrisa en la que mostraba sus blancos y grandes dientes.
(17:30)
Un rato después me invitó a tomar desayuno: pan con paté y leche chocolatada. Más tarde, cuando estaba en mi carpa, apareció ella para avisarme que se iban al valle del Elqui. Me dio su casilla de correo electrónico y me pidió que le enviara fotografías. Luego, me trajo una bolsita con yerba mate. A continuación, les tomé una foto a las chicas con Tomás. Con él cocinamos un almuerzo y, como había mucho viento, trajo su carpa y la puso junto a la mía. En la noche apareció una niña mochilera pidiendo un poco de sal. Venía con dos mujeres más y un hombre, de Puerto Viejo.
En conversaciones con Tomás, él planteó que las personas que mochileaban solas es porque les gusta vivir a su propio tiempo. Al día siguiente, después de desarmar el campamento, nos fuimos a Caldera. Atrás quedó una perrita que nos hizo compañía en esos días y noches, de color café claro medio anaranjado. Cuando empecé a pedalear, me siguió corriendo por un rato. Una vez en Caldera, nos encontramos con Tomás en la costanera; él conversaba con un tipo alto, moreno, crespo y macizo, que parecía de mi edad. Resultó ser un tipo que tiene 34 años y que ha trabajado en múltiples faenas. Tiene a su esposa en Bahía Murta, una localidad ribereña al lago General Carrera, en Aysén. Es oriundo de Copiapó y allá tiene un hijo de 14 años, que conoció hace poco. Actualmente pololea con la mamá del niño. Nos contó que trabajaba en la construcción, en la pesca, en las forestales; que en el sur se dedicaba a guiar turistas. Afirmó que yo parezco judío; que tiene fotos que les han enviado esos turistas desde diferentes países. Indicó que en primavera volverá al sur, y que lo pasemos a visitar. Su nombre es Javier Campusano. Con Tomás nos fuimos a comer unos completos, y a comprar a un supermercado. Luego nos dirigimos a la plaza, después de abastecerme de agua. Intercambiamos teléfonos y e-mails, y nos despedimos. Él partió para el norte, con intención de conocer Cifuncho y llegar a Antofagasta. Yo pedaleé a Bahía Inglesa y luego tome rumbo sur por el camino costero.
El viento era tan fuerte que me costaba mucho avanzar. Además, para cruzar al otro lado de la bahía, tuve que subir una cuesta. Cuando el camino ya era más plano, oscureció hasta no poder ver nada. Me bajé de la bici cuando faltaban unos 15 km para Puerto Viejo.
Para sentirme acompañado, canté todo el repertorio que tengo en memoria. De pronto pasó un jeep con una pareja, que paró más adelante y se ofreció a llevarme. Les contesté que gracias, pero que iba bien y que ya faltaba poco. Pasé por la desembocadura del río Copiapó, un lugar muy húmedo, con vegetación y ranchitos con animales. A lo lejos se veía una potente luz de Puerto Viejo. El camino llegó a un empalme, doblé a la derecha y bajé a una caleta. Los perros ladraban mucho y uno le pegó una mordida a la alforja. Llegué a la playita en donde estaban varados los botes, y le pregunté a una señora cómo pasar a la playa en donde acampaban los mochileros. Me respondió que no podría subir el cerro con arena en bicicleta, así que mejor me regresara al empalme de donde venía y que, un poco más allá, estaba la entrada al camino que lleva a playa Blanca. Subí la cuesta y busqué la huella, pero no la pude encontrar porque estaba demasiado oscuro. Como era muy peligroso intentarlo a ciegas, pues habían barrancos, me devolví a la caleta. Una vez allá busqué un sitio para instalar la carpa y escogí un lugar en la playa, debajo de un quitasol de paja. En el intertanto, todo indica que un perro me sacó la bolsa de pan que traía. Coloqué la carpa y me acosté.
Al otro día, desarmé temprano todo, mientras conversaba con un pescador que era oriundo de Talcahuano. Después, pasé a comprar algunos víveres a un almacén y le eché un vistazo a la "toma" de casas (carpas de madera) de veraneo, que ya ocupa todo el plano de la bahía.
Tomé el camino adecuado y al poco rato llegué a una playa hermosa, con arena blanca, aguas turquesas, cuevas y plataformas colgantes. Había tres carpas; yo me fui a la más sureña, que estaba entre unas rocas. Allí me encontré con Javier Bonnefont.
(17:30)Un rato después me invitó a tomar desayuno: pan con paté y leche chocolatada. Más tarde, cuando estaba en mi carpa, apareció ella para avisarme que se iban al valle del Elqui. Me dio su casilla de correo electrónico y me pidió que le enviara fotografías. Luego, me trajo una bolsita con yerba mate. A continuación, les tomé una foto a las chicas con Tomás. Con él cocinamos un almuerzo y, como había mucho viento, trajo su carpa y la puso junto a la mía. En la noche apareció una niña mochilera pidiendo un poco de sal. Venía con dos mujeres más y un hombre, de Puerto Viejo.
En conversaciones con Tomás, él planteó que las personas que mochileaban solas es porque les gusta vivir a su propio tiempo. Al día siguiente, después de desarmar el campamento, nos fuimos a Caldera. Atrás quedó una perrita que nos hizo compañía en esos días y noches, de color café claro medio anaranjado. Cuando empecé a pedalear, me siguió corriendo por un rato. Una vez en Caldera, nos encontramos con Tomás en la costanera; él conversaba con un tipo alto, moreno, crespo y macizo, que parecía de mi edad. Resultó ser un tipo que tiene 34 años y que ha trabajado en múltiples faenas. Tiene a su esposa en Bahía Murta, una localidad ribereña al lago General Carrera, en Aysén. Es oriundo de Copiapó y allá tiene un hijo de 14 años, que conoció hace poco. Actualmente pololea con la mamá del niño. Nos contó que trabajaba en la construcción, en la pesca, en las forestales; que en el sur se dedicaba a guiar turistas. Afirmó que yo parezco judío; que tiene fotos que les han enviado esos turistas desde diferentes países. Indicó que en primavera volverá al sur, y que lo pasemos a visitar. Su nombre es Javier Campusano. Con Tomás nos fuimos a comer unos completos, y a comprar a un supermercado. Luego nos dirigimos a la plaza, después de abastecerme de agua. Intercambiamos teléfonos y e-mails, y nos despedimos. Él partió para el norte, con intención de conocer Cifuncho y llegar a Antofagasta. Yo pedaleé a Bahía Inglesa y luego tome rumbo sur por el camino costero.
El viento era tan fuerte que me costaba mucho avanzar. Además, para cruzar al otro lado de la bahía, tuve que subir una cuesta. Cuando el camino ya era más plano, oscureció hasta no poder ver nada. Me bajé de la bici cuando faltaban unos 15 km para Puerto Viejo.
Para sentirme acompañado, canté todo el repertorio que tengo en memoria. De pronto pasó un jeep con una pareja, que paró más adelante y se ofreció a llevarme. Les contesté que gracias, pero que iba bien y que ya faltaba poco. Pasé por la desembocadura del río Copiapó, un lugar muy húmedo, con vegetación y ranchitos con animales. A lo lejos se veía una potente luz de Puerto Viejo. El camino llegó a un empalme, doblé a la derecha y bajé a una caleta. Los perros ladraban mucho y uno le pegó una mordida a la alforja. Llegué a la playita en donde estaban varados los botes, y le pregunté a una señora cómo pasar a la playa en donde acampaban los mochileros. Me respondió que no podría subir el cerro con arena en bicicleta, así que mejor me regresara al empalme de donde venía y que, un poco más allá, estaba la entrada al camino que lleva a playa Blanca. Subí la cuesta y busqué la huella, pero no la pude encontrar porque estaba demasiado oscuro. Como era muy peligroso intentarlo a ciegas, pues habían barrancos, me devolví a la caleta. Una vez allá busqué un sitio para instalar la carpa y escogí un lugar en la playa, debajo de un quitasol de paja. En el intertanto, todo indica que un perro me sacó la bolsa de pan que traía. Coloqué la carpa y me acosté.

Al otro día, desarmé temprano todo, mientras conversaba con un pescador que era oriundo de Talcahuano. Después, pasé a comprar algunos víveres a un almacén y le eché un vistazo a la "toma" de casas (carpas de madera) de veraneo, que ya ocupa todo el plano de la bahía.
Tomé el camino adecuado y al poco rato llegué a una playa hermosa, con arena blanca, aguas turquesas, cuevas y plataformas colgantes. Había tres carpas; yo me fui a la más sureña, que estaba entre unas rocas. Allí me encontré con Javier Bonnefont.
16/08/03 (12:02)
Javier andaba con un carro atado a la espalda. Había tomado un bus de Santiago a Copiapó y había hecho dedo hasta Caldera o Puerto Viejo. Desde allí caminó hasta playa Blanca. Llevaba como tres días en el mismo lugar. Él es un joven de unos 23 años y estudia Diseño en la Universidad Mayor. Conversamos todo el resto del día y por la noche hicimos una fogata en la cual cocinamos algo para cenar. Me contó de su relación con su ex polola.

17/08/03
(17:25)
Javier y su ex se conocieron hace unos siete años; pololearon y, con el tiempo, el vínculo comenzó a neurotizarse. Hubo rompimientos, reconciliaciones, peleas, etc. Se aman pero se les hace muy difícil estar juntos.
Javier y su ex se conocieron hace unos siete años; pololearon y, con el tiempo, el vínculo comenzó a neurotizarse. Hubo rompimientos, reconciliaciones, peleas, etc. Se aman pero se les hace muy difícil estar juntos.
Javier me contó que había estado dos veces mochileando en Ecuador, y que conocía también Perú. Ganaba sus monedas trabajando de malabarista.
Al día siguiente levantamos el campamento y nos fuimos a la caleta a buscar comida y a telefonear. Yo le dejé un recado a la secretaria de María Inés en Arica, en la radio. Caminamos por la costa durante una hora hasta que llegamos a playa La Virgen; en donde habían unas diez carpas y por lo menos seis vehículos. Nos instalamos hacia el lado derecho de la playa y, al poco rato, ya nos saludábamos con un par de niñas que tenían su carpa a nuestra izquierda. En la noche se hizo una fogata y nos invitaron a tomar ponche y vino navegado. Durante el carrete, conversé con un par de chicas y con algunos muchachos. Una de las féminas era parecida a la Daniela Benavente, pero rubia. Un grupo de muchachos eran boys scouts en su ex colegio (San Benito) y formaban una banda de punk. Después nos fuimos a la fogata de un amigo de Javier, en donde comencé a sentirme muy mareado. Tuve náuseas y fui a vomitar a la orilla del mar. Eso mismo lo repetí antes de irme a dormir. Al día siguiente pasamos toda la jornada conversando con los chicos de la banda rockera. Nos reímos mucho con las historias de las patadas en la cara que me dio la Sandra -en Ancud- y de su pelea con otra mina en el depto. de Ezio. Preparamos comida con unos huevos que encontré en la basura. Había estado rastrojeando las rumas de basura y encontré bastante comida sellada y en buen estado. También cooperé con la limpieza de la playa, ayudando a unos cabros que redujeron el número de montones de basura.
En la noche fuimos a una fogata que tenían esos muchachos y estaban los que acampaban en el sector sur de la playa. Por la tarde habían llegado unas niñas en auto que se instalaron en dos carpas. Un grupo de ellas llegó a la fogata. Más tarde llegaron dos parejas que también habían aparecido por la tarde, y que colocaron su carpa en el extremo norte. La mayoría de los jóvenes estudiaba en universidades privadas: Andrés Bello, Mayor, Finis Térrea, Los Andes, del Desarrollo; y unos pocos en la UC. Es decir, pertenecían a familias de sectores socioeconómicos acomodados. Conversaban acerca de sus viajes, y varios conocían casi todo Chile más algunos lugares en otros países americanos. Las más cuicas eran dos amigas que estudiaban en Los Andes, ingeniería comercial y periodismo. Ésta era hija de ese periodista que estuvo mucho tiempo en canal 13 (Sari). La otra se llama Claudia y es una flaca, rubia, bastante bonita. Otras chicas muy "güenas" eran un par de flacas que tenían facha de modelos o promotoras de élite. El problema es que hablaban poco y no pescaban. Era un placer mirar a la más delgada (Carolina) que me inspiró un momentáneo romanticismo infantil. Es más o menos alta y de pelo largo, castaño. Su amiga se llama Domi y su cara me recordaba a la Carola Fuentes. Tenían 20 o 21 años.
En la noche fuimos a una fogata que tenían esos muchachos y estaban los que acampaban en el sector sur de la playa. Por la tarde habían llegado unas niñas en auto que se instalaron en dos carpas. Un grupo de ellas llegó a la fogata. Más tarde llegaron dos parejas que también habían aparecido por la tarde, y que colocaron su carpa en el extremo norte. La mayoría de los jóvenes estudiaba en universidades privadas: Andrés Bello, Mayor, Finis Térrea, Los Andes, del Desarrollo; y unos pocos en la UC. Es decir, pertenecían a familias de sectores socioeconómicos acomodados. Conversaban acerca de sus viajes, y varios conocían casi todo Chile más algunos lugares en otros países americanos. Las más cuicas eran dos amigas que estudiaban en Los Andes, ingeniería comercial y periodismo. Ésta era hija de ese periodista que estuvo mucho tiempo en canal 13 (Sari). La otra se llama Claudia y es una flaca, rubia, bastante bonita. Otras chicas muy "güenas" eran un par de flacas que tenían facha de modelos o promotoras de élite. El problema es que hablaban poco y no pescaban. Era un placer mirar a la más delgada (Carolina) que me inspiró un momentáneo romanticismo infantil. Es más o menos alta y de pelo largo, castaño. Su amiga se llama Domi y su cara me recordaba a la Carola Fuentes. Tenían 20 o 21 años.
En la penúltima fogata en playa Virgen, una muchachada me "entrevistó" acerca de mi viaje. Claudia, la cuica simpática, me dijo que era "demasiado aperrado", y su pololo estaba intrigado por cómo me lavaba "el niño"…(¡!)
18/08/03
(07:45)
En playa La Virgen estuve entre el 30 ó 31 de julio hasta el 2 de agosto. La última noche en ese balneario llegaron dos mochileros: el Pipo y el Papa. También apareció una camioneta doble tracción con un par de tipos que hicieron un asado. Los primeros venían de Santiago; uno estudiaba fotografía en el Arcos e iba hacia Bolivia (Diego), y el otro, Alfredo (Pipo), estudia arquitectura en la U. Andrés Bello. Los de la camioneta viven en Copiapó; el dueño del vehículo es Álvaro, quien a todos trataba de "hijo"… Después de picotear un poco de asado, y comer unos tallarines que había preparado Carolina, hicimos una fogata. Ella se sentó a mi lado y yo me puse muy nervioso, por lo que casi no conversamos. Al rato, dijo que tenía frío y se fue a dormir.
En playa La Virgen estuve entre el 30 ó 31 de julio hasta el 2 de agosto. La última noche en ese balneario llegaron dos mochileros: el Pipo y el Papa. También apareció una camioneta doble tracción con un par de tipos que hicieron un asado. Los primeros venían de Santiago; uno estudiaba fotografía en el Arcos e iba hacia Bolivia (Diego), y el otro, Alfredo (Pipo), estudia arquitectura en la U. Andrés Bello. Los de la camioneta viven en Copiapó; el dueño del vehículo es Álvaro, quien a todos trataba de "hijo"… Después de picotear un poco de asado, y comer unos tallarines que había preparado Carolina, hicimos una fogata. Ella se sentó a mi lado y yo me puse muy nervioso, por lo que casi no conversamos. Al rato, dijo que tenía frío y se fue a dormir.
Al día siguiente, después de ir a dejar a Javier a la caleta, los muchachos trajeron un pescado. Lo limpié y corté para asarlo en la fuente. Con la cabeza y espinazo hicimos un caldillo. Quedó bastante sabroso. Mientras preparaba mis cosas, Álvaro me llamó McGiber, David Carradin (Kung Fu). Él nos relató su experiencia de llevar a dos ciclistas franceses hasta los faldeos del Ojos del Salado. Temprano, el grupo en donde estaban las "modelos" me dejó una frazada (con fragancia femenina) y comestibles. Otros grupos nos habían dejado unas ollas, agua y comida. Eso, más lo que encontré botado (chalas, ollas, sartén), sumaba tal cantidad, que la mitad se las dejé en una caja al Pipo y al Papa.


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