1.5 Antofagasta-Taltal-Cifuncho
Cuando echaba el equipaje y la bicicleta al maletero del bus, inicié una conversación con un caballero (Luis) que iba a Taltal. Era de Antofagasta y se dirigía a dicha ciudad para ver su negocio comercial. Su esposa y tres hijos estaban de vacaciones en Limache. Arriba del bus continuamos la charla, la que no se detuvo sino hasta que llegamos a mi parada. Tanto él como su mujer tienen 46 años, la hija mayor, 20, el del medio 15 y el menor, 8 años. El suegro era un ucraniano, que había llegado después de la Segunda Guerra Mundial, en donde fue prisionero en un campo de concentración alemán.
Luis me contó que estaba disgustado con su hija porque ella no quiso ingresar a la universidad. Trabaja como secretaria ejecutiva en El Mercurio de Antofagasta y se acostumbró –según él- a ganar plata. Era buena alumna y su padre cree que podría haber sido una profesional “exitosa”. Su hijo de 15 años es buen alumno (notas 6,5 – 6,8) pero es racista; molesta a su hermana por ser morena. La esposa tiene una media hermana en Rusia, pero con la cual ya no mantienen comunicación.
Concordamos en que el sistema previsional y de salud es deficiente y en que hay demasiado contraste entre ricos y pobres.
20/07/03 (08:00)

Continué y, aproximadamente en el km 40, pasé por la minera Julia. El viento noreste me ayudó a hacer más liviano el viaje.
Al pasar cerca de faenas mineras, me saludaron con manos y bocinazos el chofer de un camión y el de una retroexcavadora. Fue alucinante ver esa tremenda máquina perforando el desierto a la orilla del mismo hoyo que ella había hecho. También pasé al lado de un campamento minero, que se veía feo y aburrido.
Desde allí hacia delante –unos 38 km- fue pura bajada, cada vez más empinada. Una vez que descendía por la cuesta Paposo –en donde comienza la Reserva- me entumí de frío y había neblina. El paisaje cambió; aparecieron cactus y pequeños arbustos, con terrenos más húmedos. Los letreros de Conaf piden proteger al guanaco y a los cactus. Llegué a la Caleta Paposo como a las 17 horas, me di una vuelta por su interior y avancé un poco hacia el sur, en busca de un lugar para acampar. Bajé a la playa y ubiqué un sitio entre roqueríos. Dormí bien porque tenía la cabeza protegida por las rocas.
Al día siguiente, tomé la ruta costera, con bastante calamina, hacia Taltal. El paisaje es hermoso, por la variedad de colores: el mar calipso, espuma blanca, rocas rojizas, salmones y amarillentas, tierra verdosa, y los distintos tipos de cactus más otros arbustillos.
Almorcé entre roqueríos, con vista a una gran roca cubierta de guano de las aves. Previo a la entrada a Taltal había trabajos del CMT (Comando Militar del Trabajo). Hay unos cortes en la montaña que producen un efecto de eco con el ruido del oleaje; parece como si el mar estuviera a ambos lados del camino. Hay una caverna y una gran animita, tipo gruta-santuario, dedicada al “choluto” o algo así. A poco dar las 17 horas, me asomé al centro de Taltal, luego de atravesar la cuesta que parte al cerro situado a mitad de la urbe. Compré bebidas, comida y llamé por teléfono a Patricia. Revisé el litoral y me pareció más aconsejable regresar a la zona de camping, ubicada en la salida norte.

El sujeto que arregla bicicletas llegó como a las 14:30; como de 50 años, usaba anteojos y su aspecto era de buena gente. Su taller es una confitería o kisco, que es una pieza de su antigua y deteriorada vivienda. Un desgastado letrero de Free, anuncia el nombre del boliche: “Coné”. Don Romualdo Aspee me dio las coordenadas para ir a comprar una masa trasera y un juego de rayos. Los conseguí en el local del técnico Pinto, todo por $ 3.300. De vuelta, observé todo el proceso para tratar de aprender la maniobra. Mientras lo hacía, conversamos acerca de su vida: el kiosco lo instaló por el 74 y tuvo una época esplendorosa. Un día, al regresar su mujer de un viaje a Ovalle, en donde tenía a sus parientes, se cortó el cuello. Como era Año Nuevo, la llevaron al hospital pero pasó más de hora y media para que llegara el médico. La señora falleció de anemia aguda, pero, por error, el doctor colocó en el certificado de defunción que había sido un homicidio. El esposo y su hermana pasaron siete días incomunicados en la cárcel. Posteriormente, los parientes de Ovalle mostraron pruebas del suicidio: ella había dejado escrita una mesa, bajo un mantel, con un texto en que anunciaba su intención. Además, en las tarjetas de Navidad para sus hermanos, había puesto claves que se descifraban al colocarlas todas juntas. Se mató a los 38 años; no tenía hijos, y poseía antecedentes depresivos. El viudo hace todo tipo de arreglos para sobrevivir, y empezó lo de las bicicletas por casualidad, cuando un cuñado le llevó unas para arrendar. Antes había sido taxista, y llevaba buzos hacia Paposo. Dos de ellos murieron en un accidente automovilístico por conducir ebrios. Don Romualdo añoraba la época de Pinochet (¡!), cuando los que trabajaban en la minería ganaban mucho y Taltal era pujante. Dijo que su negocio le hacía sobrellevar la viudez, pero por el estado del inmueble, se notaba que le ponía poco empeño. Por colocar la masa y enrayar la rueda me cobró $ 1.200, pero yo le pagué mil quinientos. Era de esas personas que se avergüenzan de cobrar por sus servicios, y se sentía bien ayudando a arreglar los biciclos de los niños.
Concluida la reparación, como a las 17 horas, fui a comprar víveres y tomé once en la costanera, para ver la puesta de sol. Tipo seis de la tarde pedaleé hacia la salida de Taltal. Recorrí como ocho kilómetros y me regresé; estaba muy oscuro y hacía frío. Volví a la playa Muelle de Piedra e instalé la carpa.
Alrededor de las 23 horas llegó un grupo de jóvenes con música, que se pusieron a hacer un asado en el sitio del lado sur. Algunos, al ver mi carpa, se aproximaron para invitarme a compartir. “Oiga gancho” –me dijeron- venga a comer carne y a tomarse un trago. Me disculpé porque estaba cansado; como insistieron, mostrándome una presa de pollo asado por la entrada de la carpa, accedí.
Eran tres muchachos que trabajaban como buzos: Longho, Pedro y el Paja. Estaban bastante mareados y sacaron marihuana para fumar. Me dieron pollo asado, salchichas y un vaso de whisky con jugo, más su buen poco de cerverza. En un mini equipo de música escuchaban una cassette con el grupo “Las garras del amor”, de ritmo sound. Cerca de la una de la madrugada llegó una muchacha y un tipo en camioneta, metieron la carne que estaba en la parrilla en un bolso, guardaron el copete y se marcharon en un auto. Hacía mucho frío y, después de limpiar un poco, fui a acostarme. Por la mañana me dirigí al centro, antes conversé un poco con la persona encargada de asear el área de camping, que vivía arriba de una loma y recorría toda la playa con su perro. Una vez en el centro, entré a un local de Entel para llamar a Pata. No estaba, así que le pregunté a la que atendía dónde se encontraba la comisaría. Conversamos; su nombre es Miriam, 31 años, casada, un hijo, y testigo de Jehová. No cree en animitas ni en santos, vírgenes ni celebran Navidad, el día del niño, etc. Fue muy simpática y se preocupó por mi seguridad. Luego partí a la comisaría y allí un paco me señaló muy amablemente que el camino costero no llega a Cifuncho, porque se corta como a mitad de trayecto. Compré víveres y me estacioné a almorzar en la plaza-museo ferroviario. Salí de Taltal a las 13:20, y llegué al empalme que lleva a Cifuncho como a las 15:30, después de 14 km de cuesta no muy empinada, pero agotadora.
Allí me encontré con Fernanda y Cristian, quienes esperaban que alguien los llevara a Cifuncho. Ambos están a un año de terminar sus carreras en la U de Chile. Él estudia Biología y ella Biotecnología. Cuando faltaba poco para las 16 horas, proseguí el pedaleo, por un camino asfaltado; hubo un poco de subida y luego todo descenso, con una leve pendiente. Al cabo de unos 10 km, comenzó el camino ripiado, y, en el km 14 hay un desvío a la playa Las Tórtolas, que dicen es hermosa. A la pareja los llevó un camión con rampla que iba rapidísimo hasta una mina que queda poco antes de Cifuncho. El paisaje en la ruta es hermoso, con cerros veteados y otros en cuyas crestas tienen roqueríos en forma de espinazos. Alcancé la entrada a la caleta como a las 18 horas, por lo que presenciamos la puesta de sol. Acampamos junto a un quitasol de madera y paja. La Fernanda me recuerda a Yasna; delgada, estatura media, piel blanca, ojos pequeños, delicada.
A eso de las 03:30 escuché una voz que desde fuera de la carpa, a mi costado izquierdo, me decía: “Oiga amigo, venga a tomarse unos tragos conmigo. Le invito unos combinados para compartir un rato”. Rechacé la oferta y expliqué que estaba durmiendo, que mañana me iba temprano. El fulano insistió: “Cómo me va a dejar esperando. Son las 12 y a la una se devuelve a dormir. Santiaguino, no puede rechazar una invitación. Si viene conmigo le regalo el desayuno”. Ahí comprendí que se trataba del dueño del restaurante, que estaba medio borracho (cuando estábamos allá, él había empezado a tomar una piscola). Insistí en agradecer su ofrecimiento, pero que me hallaba acostado, con sueño y sin ganas de salir. Agregó: “Si no sales, yo entro a la carpa. Tus amigos están emparejaditos y tú tan solo. Yo puedo acompañarte adentro y hacerte unos cariños”. En ese momento me puse un poco nervioso pues pensé que el tipo podía pasar de las palabras a la acción. Con un poco más de dureza le señalé: “Hombre, déjeme dormir; yo no voy a salir y usted tampoco va a entrar. Por favor, necesito descansar”. Con eso se resignó, pero antes de irse indicó: “De todas maneras, venga en la mañana a tomar el desayuno conmigo”. Obviamente, nunca fui.




1 Comments:
Notable experiencia y valioso que te hayas dado el tiempo de compratirla...Saludos
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