viernes, agosto 22, 2003

1.7 De Puerto Viejo a Huasco

Alfredo y el otro copiapino me llevaron en la camioneta hasta la carretera. Anduve unos 40 km hasta Copiapó. En el camino, mientras arreglaba la parrilla delantera, que se había soltado, apareció el compadre que conocimos con Tomás en Caldera (Javier Campusano). Iba con una amiga en un auto a Copiapó, y tenía que juntarse con su "polola" a las ocho. Seguí mi camino y llegué a destino poco antes de oscurecer. Cuando estaba acomodando la bicicleta para entrar al cajero automático, apareció Javier nuevamente.
Ese sábado 2 de agosto, Javier me llevó a una pensión en que cobraban $ 3.000, con agua caliente. Después, le invité una cerveza en un boliche. Allí conversamos acerca de la posibilidad de hacer comercio para el sur, comprando barato en las importadoras de Santiago y vendiendo más caro en las localidades que bordean el lago General Carrera. De ahí, me acompañó a la Telefónica para llamar a la hermana de María Inés, Lina. Hablé con su hija Antonella, quien me explicó cómo llegar a la casa. Javier se despidió y quedé de llamarlo para fiestas patrias. Tomé la bici y encaminé hacia Tierra Amarilla. Luego de algo más de una hora de viaje, y pasando por un tramo muy oscuro, llegué a allí. En un comercio pregunté por la Escuela Punta de Cobre, y todavía me faltaban varias cuadras. Arribé a la casa y llamé por citófono. Salió una muchacha de anteojos, blanca y pelo trigueño. Era Antonella, quien me acompañó a estacionar la bici y me mostró la que sería mi pieza. Luego apareció su hermana Carolina, más alta, de pelo más oscuro y también con anteojos. A continuación me condujeron al comedor diario, en donde me presentaron con el resto de la familia: Lina, Esteban, María José, Octavio, José y la abuela. En ese lugar me quedé hasta el miércoles por la mañana. Me duché, lavé toda la ropa, limpié y engrasé el eje delantero. Le hice mantención a la bicicleta, escribí y me comuniqué por Internet y teléfono (esto último en Copiapó). La parcela pertenece a la abuela, quien enviudó como a los 30 años (ahora tiene unos 75). Ella me explicó que trabajaba con medieros, quienes le pagaban $ 200.000 por habilitación, y se quedaban con la mitad del excedente producto de la venta de las cosechas. Ella prefería este sistema al de contrata de obreros, porque éstos sacaban mucho la vuelta. Ella toma pastillas contra la depresión y tiene las primeras señas de artereosclorosis o algún tipo de demencia senil. Dice que no puede vivir sin estar trabajando y tiene otro campo donde cultiva habas. Uno de sus hijos, Octavio, es geólogo y fanático de las carreras de caballos. Me contó que la zona gaucha por excelencia es Tucumán, y que los argentinos son muy acogedores, relajados y con más sentido comunitario que los chilenos; más alegres y menos trabajólicos. Su otro hijo, José, me relató su experiencia en campamentos mineros en la cordillera, y en faenas de construcción y mantenimiento de caminos. Con un equipo de radio se comunicaba con una doctora boliviana, quien vivía en el salar de Uyuni. También se contactaba con una mujer que le envió fotos de las carreras en Mónaco, y ayudaron a ubicar a la hija de una señora que vivía en Perú, y que habían perdido contacto hace muchos años. Ahí tomé conciencia de la importancia de la radio como medio interactivo de comunicación, que mediante redes pueden cubrir inmensas extensiones del planeta.

21/08/03
(08:17)
En Tierra Amarilla, al segundo día, llegaron dos señoras y un caballero de visita. En la tarde tomamos todos once en el comedor. La discusión giró en torno a la relación hombre-mujer y su desarrollo histórico. Esteban, el marido de Lina, afirmó que la humanidad está en proceso de autodestrucción (problemas medioambientales) que se manifiesta, entre otras cosas, en la delincuencia, la drogadicción y la crisis de la familia. Él responsabilizó de esto al proceso de emancipación femenina. Ahí saltaron las chicas (María José, Antonella y Carolina) y yo. Nuestro argumento fue que, de los casi 100 mil años de existencia humana, sólo los últimos 10 o 20 % habían sido patriarcales, y que antes la relación mujer-hombre era horizontal. Las guerras, la criminalidad, la destrucción del ecosistema, son problemas creados por el modo de vida patriarcal, una de cuyas instituciones es la familia "tradicional" y el matrimonio "típico". Esteban replicó sobre la base de la diferencia de fuerza física entre hombre y mujer, a lo cual Antonella revatió con la fortaleza que significa parir a los hijos.
Con Antonella conversamos acerca del actual orden mundial, con la clasificación entre países del núcleo, de la periferia y de la semiperiferia. También dialogamos sobre la exclusividad como pretención y condición en las parejas.
Partí de Tierra Amarilla el miércoles 6 de agosto por la mañana. En el camino a Copiapó pasé al lado de un colorido campamento gitano. Uno de ellos me saludó con su mano. En la ciudad compré galletas y leche para el viaje, y continué. Pedaleé hasta el empalme que lleva a Barranquillas y entré por un camino de tierra. Avancé por un plano desértico y arribé a la caleta cerca de la puesta de sol. Visité la caleta y conversé un poco con lugareños. Volví hacia la playa y un tipo en camioneta aconsejó que acampara tras unos roqueríos, al lado de un monolito de una asociación de pesca de orilla. Armé la carpa a oscuras, alumbrado por un farol con vela. Llegaron dos tipos con cuatro palos de eucaliptos para que me hiciera una fogata. Uno de ellos era un buzo mariscador y el otro era cuidador en unas cabañas que tenían que ver con una planta que procesa güiros. Al llegar había pasado por el lado de la ruidosa máquina que tritura las algas. Al día siguiente, mientras arreglaba mis cosas, apareció el cuidador con su diminuto cachorro, al que había traído de Copiapó para criarlo como compañero y cuidador.
A las personas que les pregunté por el camino a Bahía Salada, me advirtieron que no tomara la huella costera, porque no podría andar con la bicicleta. Salí de Barranquillas y me metí por un empalme de tierra. Al poco andar, comencé a enterrarme en la arena. En una bifurcación, en vez de seguir por la izquierda, tomé la ruta hacia el mar, con lo cual empezó la ardua travesía.
(18:10)
El trayecto de Barranquillas a Bahía Salada fue por caminos con mucha arena, por dunas, en las que se enterraba la bicicleta. Por lo tanto, tenía que ir caminando y empujar la bici, descansando cada cierto tiempo. La primera noche la pasé unos pocos kilómetros antes de Bahía Salada, arriba de una pequeña bahía.
A la mañana siguiente, proseguí caminando hasta encontrar las playas. Anduve por ellas –muy bonitas por cierto- hasta desembocar en una caleta, en donde varios perros salieron a ladrarme. Me detuve y ellos se acercaron poco a poco; me olorosaron y se calmaron. Seguí y llegué a una planta de cultivo de ostiones. Un poco más adelante había un grupo de personas arreglando material con boyas. A uno de ellos le pedí agua para tomar y me llenó el bidón sacando de un gran tonel plástico. Pedaleé hacia el interior hasta encontrar una bifurcación. Almorcé allí y luego proseguí. Al rato, había vuelto a la costa y encontré un empalme que decía: Totoral, 33. Lo tomé y al cabo de un rato me topé con varias huellas que se cruzaban. Ante la duda, volví a la costa, y topé con un balneario privado llamado Gaviotas. Está rodeado de pircas y dentro tiene torres de vigilancia y construcciones modernas pero de estilo rústico. El camino volvió a convertirse en dunas, y busqué una huella por donde cruzar unos montes. Al otro lado hallé una hermosa bahía, y luego una larga playa con vegetación en la orilla. Como tenía arena y piedras, tuve que seguir a pie. Me crucé con dos camionetas llenas de jornaleros, uno de los cuales me llamó "flaquito" y otro me convidó lo que le quedaba de una botella de bebida cola. Al llegar a un camino que subía para dar la vuelta por dentro de la punta Cachos, y bajar a la Caleta Pajonales, se detuvo un caballero en camioneta. Era el cuidador del área de manejo y llevaba un revólver sobre la guantera. Me llevó a la caleta y me dijo que instalara la carpa al costado de una pared de palos y ramas, que estaba cubierta con un arbolito, y que formaba una esquina con otra pared. Quedé a la vuelta de la casa del señor Muñoz, y su pequeño hijo Juan, llamado "guatón" por su madre, me ayudó a armar la carpa y a meter la bici adentro. Me invitaron a tomar once y aproveché para calentar agua en la olla para prepararme arroz. En la mesa conocí a otro habitante de la caleta, que estaba sentado en un sillón y muy arropado. Su nombre es Jesús y hablaba muy poco; más que nada se dedicó a escuchar mi relato de la vida en el sur. Me contó que había trabajado en barcos pesqueros en aguas peruanas, y que le vendían la pesca a los mismos peruanos, desembarcando en lugares escondidos cerca de la frontera. Opinó que la veda del loco había sido para peor, porque ahora la gente ya no se fija en el tamaño del molusco. Piensa que se debería eliminar la veda y sólo fiscalizar muy bien el tamaño mínimo. Afirmó que la depredación de los recursos marinos se debió, aparte de los barcos de arrastre que pescaban para la fabricación de harina de pescado, a la presencia de barcos-factoría rusos en aguas territoriales. Luego de la conversación, me fui a dormir.
El día después viajé en la bici por un camino de tierra hacia el pueblo de Totoral, y me tocó bajar una cuesta muy empinada en la que casi perdí el control del vehículo en una curva. Llegué a un vallecito que es un oasis, y me preparé el almuerzo en la plaza principal. Una vez que terminé, le presté alcohol a un señor que quería borrar una pizarra blanca que tenía escrito con plumón. Era miembro de la Junta de Vecinos y me explicó cómo tenía que llegar al camino para ir a Canto de Agua y, desde ahí, bajar a Carrizal Bajo. Fue la primera vez que escuché el término "majada", y le pregunté qué era eso. Me indicó dónde comprar pan y seguí por el camino hacia el este. Cuando buscaba la casa de la amasandería, me topé con Jesús, que caminaba con unas cajas de vino en una bolsa.

22/08/03
(08:50)
Jesús me llevó a la casa de Abelino, un viejo que, según el buzo, conocía todos los caminos de la zona. El caballero vivía en un ranchito con casa de adobe y una terraza techada, y tapada con cajas. Después de explicarme la ruta, con mapa en el suelo y todo, los dos hombres –que ya estaban bebidos- me invitaron a pasar y servirme vino. En eso llegó Godoy, un viejo de 75 años, con cara de chicha y voz chicharra, que había trabajado de minero y ahora se dedicaba a los güiros. Le pidieron que cantara sus cuecas y, acompañado de palmas, entonó una dedicada a sus amigos pechadores de vino y comida, y otra, a las herramientas del minero: el combo, la pala y el barreno. De pronto, Albino, alto y delgado, con voz ronca y visco, se fue a acostar y cerró las puertas. Poco antes había aparecido Ricardo, un joven campesino, al que apodaban Cayo; flaco, caricaturesco, que hablaba muy acampado y daba palmadas cada cierto rato. Jesús envió a éste a comprar queso, cecinas y mantequilla, y a buscar a la amasandera. Cuando ella llegó, le compré la bolsa con ocho panes amasados en mil pesos.
Comparado con la noche anterior, Jesús era otra persona: hablador, movedizo, con liderazgo. Me explicó que él aparecía por el pueblo sólo cada seis meses, y que en esas fechas, se dedicaba a disfrutar con sus amigos. Después de varios vasos de vino, empezó a recitar sus payas, que, según aseveró, tenía escritas muchas en un cuaderno. Lo divertido era que yo esperaba encontrar la estructura de rimas, pero eran totalmente irregulares. Mientras las decía, en varias oportunidades se le llenaron los ojos de lágrimas. Jesús me dijo que tiene 55 años, y que nunca se casó, aunque tiene un par de hijas viviendo en Vallenar, y otros por ahí. Afirmó que de Santiago viene a visitarlo una mujer que es ejecutiva del Banco de Chile, a quien le gusta la zona y las habilidades de Jesús. Me confidenció que su gran amor frustrado fue una muchacha que trabajaba en una boite de Calama, cuando él estaba terminando su servicio militar. Él se enamoró, pero ella no quiso seguirlo. También aseguró que había tenido varios oficios: domador de caballos, conductor de maquinaria pesada para caminos, pescador, buzo, y que conocía casi todo el país. Cuando ya estaba atardeciendo, me invitó a pasar la noche en esa casa, y yo, pensando en conocer algo más esa realidad, acepté. Cuando empezó a oscurecer, y el frío era mucho, entramos a la vivienda, la cual tenía dos piezas: una era la cocina y la otra el dormitorio. Ambas tenían piso de tierra e iluminación por placas solares. Debido a una mala conexión, ésta comenzó a menguar, por lo que Abelino prendió una vela que tenía en su velador. Apagaron un televisor blanco y negro y continuó la tomatera. Abelino sólo tomaba vino blanco –"bencina"- y el resto, tinto –"petróleo"-. Jesús cantó boleros y canciones mexicanas, y otras de sus payas, mientras la borrachera de sus amigos aumentaba. Comenzaron las discusiones y enojos, sacándose en cara quién era más pechador o cagado. Tipo 21:30 puse mi saco de dormir en el catre de al lado, pegado a una pared. No pude dormir hasta las 4:30, pues ellos siguieron bebiendo, con peleas, risas, llantos, y la desagradable voz de Godoy, al cual no se le entendía ni la mitad. Como a la una de la mañana, Abelino partió a buscar una vela, y al regresar tuvo un buen rato con arcadas, y escupía al suelo. Pasadas las tres de la mañana, sólo quedaron el dueño de casa y Jesús, pues los otros dos prácticamente habían sido expulsados por pesados. Los dos amigos se acostaron y Jesús quedó dormido. En cambio, Abelino siguió hablando solo y, para más remate, encendió una radio con canciones y programación evangélica. Estos amigos se divertían recordando carretes de hace 30 años, y discutían por la veracidad de las versiones. Jesús también habría sido futbolista, y Godoy era bueno para la pelota hasta que lo "quebraron".
Tipo 6:30 de la mañana, volvió Godoy con más vino. Prepararon té caliente con vino, supuestamente para componer la caña. Me levanté, tomé desayuno y preparé mis cosas para irme. Mientras cagaba en el WC, abrió la puerta Cayo, todavía medio borracho, para preguntarme si tenía plata para comprar vino. Me enojé y le cerré la puerta. En la noche me había consultado si andaba con dinero para ir donde unas chiquillas al pueblo. Aproximadamente a las 9:30 ya estaba listo; me despedí de Abelino, quien tenía de nuevo arcadas, y fui a un ranchito cercano en donde desayunaban Jesús y Cayo. El primero insistió en que el camino hacia Carrizal Bajo que salía desde la huella a Caleta Totoral Bajo estaba bueno, que ya habían pasado la máquina. Además me recomendó que preguntara por su hermano Aroldo.
En Totoral me llamó la atención el uso marcado del "ché", que también puede ser "ch" o "chi", y de la palabra "cumpa".
Emprendí el viaje y al llegar a la bifurcación, subí a pie una cuesta muy empinada. Después avancé unos 5 km hasta el empalme, anduve un poco y me encontré una bifurcación sin señales (como la mayoría). Menos mal que al poco rato apareció una camioneta por la huella izquierda, que era la que pensaba seguir, porque el chofer me indicó que la ruta a Carrizal era la otra. Proseguí el viaje por un camino lleno de piedras y muy irregular.
Para almorzar, hice una fogata en un bajo húmedo, con muchas huellas de animales, antes de la entrada a una propiedad privada. Tomé una fotografía del lugar y continué. Pasé entre rebaños de cabras, al borde de quebradas, y por caminos buenos para bicicross o rallys. También hubo tramos en que tuve que empujar la bicicleta, pues había bancos de arena. Cuando la huella se fue hacia la costa, se metió en una quebrada por donde bajé a gran velocidad. Llegué a una pequeña bahía y volví a subir un monte. Al otro lado se veía Carrizal Bajo. El camino llega a la orilla norte de un riachuelo que desemboca en el mar. Hacia el interior se veían unos flamencos rosados. Me saqué los zapatos y calcetas y atravesé el río por una parte baja. Recorrí la playa y llegué a la caleta. Pregunté por Aroldo y me dijeron que debía estar en el restaurante La Sirenita. Antes de ir hacia allá, apareció; le hablé de Jesús y de que necesitaba un lugar para colocar la carpa. Me llevó a su casa e instalé mis cosas en una pieza en donde guarda materiales para pescar. Me convidó una colchoneta y tomamos once. Por la mañana compartimos en el desayuno, y me contó algunas cosas sobre su vida.
(19:02)
Aroldo estuvo casado con una de las hermanas que son buzos, y que tienen el restaurante La Sirenita. Tienen hijos adolescentes que estudian en Vallenar. Ahora son amigos y él toma pensión diaria en el restaurante. Me contó que hace un tiempo dejó una vela prendida sobre un recipiente de plástico, y después vio desde su bote en el mar cómo se incendiaba su casa. Una de las pocas cosas que logró rescatar fue el artefacto de cocina. Por otra parte, producto de su afición al trago, perdió todo lo que había ganado trabajando, ya que comenzó a vender sus pertenencias para comprar copete. Ahora está chantado y bucea para sacar güiros; labura todos los días, de ocho de la mañana a una de la tarde. El kilo se lo pagan a $ 45. Tiene un bote y funciona con dos ayudantes. Algunas veces saca congrios de sus cuevas. Quedé de volver algún día y acompañarlo a la pega.
Después de tomar una fotografía con vista a la caleta, partí con rumbo a Huasco. En el camino pasé cerca de bonitas playas, en especial de la que está frente a la guardería de Conaf. Antes de llegar, conocí la playa Los Toyos y Tres Playitas, que tiene la particularidad de estar llena de focos para iluminación. Previo al arribo, atravesé por Huasco Bajo, un lugar muy bonito y verde.

1 Comments:

Blogger Piquillo said...

Buena Aventura...

He recorrido parece lso mismo parajes que tú y cada vez que puedo viajar un fin de semana, vuelvo a recorrer parte de ellos... siempre con mi norte presente 'La Playa'...


Saludos!

Piquillo
Copiapó

3:42 p. m.  

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