1.4 San Pedro-Tocopilla-Antofagasta
Compré cosas para comer y beber y abordé el bus. Me bajé en María Elena y observé las calles cuyo plano asemeja la bandera de Gran Bretaña. Arribé a Tocopilla pasadas las 19 h. y llamé al celular que me había dado la tía; era número equivocado. La llamé a ella y el celular estaba fuera de servicio. Opté por recorrer la ciudad y preguntar por Franz Reimer a algunos vendedores de artesanías. A la tercera, el hijo de un vendedor callejero dijo conocerlo, y me ofreció conducirme hasta su depto. Eran unos bloques ubicados frente al hospital; como no estaban, regresamos al centro. Los encontré en un local y nos presentamos. La tía había conversado con Alejandra, y yo tenía mal uno de los números de su celular. Ella tiene 30 años y es diseñadora de vestuario; estudió en el Duoc en Santiago. Franz, de 28 años, es licenciado en Arte, de la Universidad Arcis. Fue compañero de curso de Sebastián Orellana cuando vivió en Iquique. El departamento donde viven es de su abuelo, por lo que no pagan arriendo. Se mantienen con la fabricación y venta de cabritas, ropa estampada y proyectos artísticos. Participaron en la confección de un mural en Antofagasta, con la técnica del esgrafiado, la que permite bajo y sobre relieves. La mamá de Franz es descendiente de griegos y enviudó cuando él tenía siete años. Su papá era piloto de avionetas y hacía prospecciones pesqueras en el norte. Un día, al regresar de su jornada, desapareció sin dejar rastros, a la altura del Pabellón de Pica. Eso ocurrió en 1982; nunca se encontraron restos del aparato. Hay fotografías de él en un mural que tienen en una de las paredes del pasillo. En una que aparece con bigotes se asemeja al actor que hacía del detective Make Hamer (creo que se llama Stace Keatch). El depto. tiene una pequeña cocina, dos baños (en uno está sólo el retrete) y en el otro, la ducha (que también es un lavadero) y el lavamanos. Más adelante está el ambiente amplio, en donde se encuentra la pieza a un lado y el comedor-taller al otro. Tienen bicicletas –una de ellas sueca- y un pequeño equipo de música. Fuman bastante marihuana y tienen plantas en la azotea y un cactus San Pedrito en la ventana. Hay varios adornos con cuelgas de conchas y poseen un pequeño (micro) huerto con algunas hierbas.
Al día siguiente acompañé a Franz y a su amigo Pete (que es pintor) a la azotea, adonde fue a regar las plantas. Desde allí tomé una foto de la ciudad.

Para almorzar preparamos una tortilla española, con una receta de unas muchachas vascas que estuvieron alojando con ellos.
Cuando fuimos a comprar, me llevó al muelle, en donde había un bote de un pescador, que tenía dos calamares en su interior.
Comimos con Julio, un muchacho que trabaja en Servicio País y que se dedica a recorrer las caletas que hay en la zona. Él es de Chillán y estudió Ingeniería Comercial.
Por la tarde Franz me llevó a recorrer la ciudad hasta la playa Caleta Boy, en donde está el kiosco de su abuelo, que él administra en las vacaciones.
Primero bajamos a la costanera y pasamos por debajo de unas casas parecidas a palafitos; avanzamos por una calle en donde se halla la ex cárcel boliviana.
Subimos a los cerros, cruzamos la línea del tren y llegamos a unos roqueríos denominados “Las gárgolas” que estaban llenos de cajas de vino. Seguimos un sendero por donde se veía unos torreones construidos entre las rocas.
Bajamos, cruzamos una villa de mineros y llegamos a Caleta Boy. Está rodeado por columnas y murallas. Hay una piscina de agua de mar, la cual se renueva con el oleaje, y varios restaurantes y kioscos.
Regresamos por el camino principal, pasando por fuera de las termoeléctricas, del ferrocarril y del puerto. El tren de carga sube por la montaña, en una trocha que está iluminada en la noche. Franz me mostró la roca del camello (que en verdad es un dromedario) y que es un símbolo de la ciudad. Otro ícono que aparece en un compacto con temas dedicados a Tocopilla, es el tren.
Por la tarde volvió Alejandra, que había pasado el día en Antofagasta, pues fue a entregar un proyecto al Fondart y a dejar ropa.

Por la mañana levanté el campamento y proseguí el viaje. Cuando anduve a la altura de Cobija, observé al que alguna vez fuera puerto boliviano. Tiene buenas bahías y unas ruinas. A la hora de almuerzo estaba en Michilla, en donde me detuve al final del pueblo, en un restaurante atendido por una pareja de ancianos. Allí compré galletas y leche, las que comí sentado en un paradero. Llegaron dos “caminantes”, uno de pelo largo y otro, de corto, con sombreros. Conversaban sobre posibilidades de pega en esa localidad. Al otro lado de la carretera, una joven muchacha esperaba locomoción con su pequeña hija. Continué el pedaleo y aparecí en Hornitos; me asomé al balneario y vi lujosas casas, una cancha de golf, una playa larga. Franz me había recomendado acampar en la playa sur, llamada Itata, que era mejor y más piola. Le hice caso y me dirigí hacia allá. Las casas eran más modestas, y no había nadie, todo cerrado. Me metí a la playa, hacia el lado izquierdo, buscando rocas para protegerme. Encontré un lugar apropiado e instalé la carpa.
A la mañana, seguí un camino por la orilla de la playa y salí a la carretera por un sendero de tierra que llevaba hacia una caleta. Después de almuerzo arribé a Mejillones, pregunté por don Pedro Suárez y su hijo Petoño, y me respondieron que el primero estaba viviendo en Antofagasta, en donde tiene una lavandería, y que el otro se encontraba de viaje en Santiago. Son dueños del Hotel Costa del Sol y del restaurante 
En la mañana, luego de dejar listo el equipaje en la bici, fui a un kiosco a comer algo. Un caballero bajo, que compraba el pan, entabló conversación. Después de un diálogo, me invitó a tomar desayuno al hotel que administra.
De Mejillones me dirigí hacia la carretera. Me detuve luego de un cruce ferroviario en que habían varias animitas, una de las cuales tenía un sistema de riego con estanque de agua. El camino hacia Antofagasta tenía muchas animitas, y existe un intenso tráfico vehicular. Después de Cerro Moreno y del monolito que señala el trópico de Capricornio, me metí por el camino que lleva al balneario Juan López. Unos kilómetros antes existe una cuesta empinada con varias curvas bastante cerradas. La subí casi completa arriba de la bici; sólo el último tramo lo hice a pie.
Al llegar a la playa, fui primero al lado sur, donde hay acantilados y cuevas perforadas por el oleaje. A continuación, di la vuelta por un peñón y me metí a la playa principal. Salí por la entrada norte y llegué a un restaurante, pues quería comprar galletas. En ese lugar había una pareja con su hija pequeña. Él se llama Domingo y es técnico electrónico; trabaja para las mineras. Andaban en una camioneta todo terreno, con dos perros negros. Me invitaron a tomar café y comer galletas. Viven en Antofagasta y les gusta realizar paseos. Después de charlar por un buen rato, me ayudaron a buscar un sitio donde colocar mi carpa en la playa. No recuerdo si él era de 
La señora de Domingo me contó que el antofagastino es clasista, que cuando fue a comprarse una joya de 200 mil pesos, la gente de la tienda la miraba con incredulidad, porque ella es morena y con su esposo visten con sencillez.
En el camino a Antofagasta me detuve en
Entonces, llamé al pelao Carvallo para que me contactara con alguien de Serpaj. Quedó de devolverme el llamado, pero no lo hizo. Traté de comunicarme nuevamente con él, pero su celular estaba fuera de servicio. Como ya era tarde, recurrí al dato que me había dado el Mena. Me dirigí al hotel Lyon, en donde me pasaron una pieza con dos camas por $ 4.000. Fui al supermercado a comprar alimentos y, al regresar, me di una ducha con agua caliente. Me acosté y comí algunas cosas. Estaba tan cansado que me quedé dormido sin haberme lavado los dientes. En la mañana, mientras preparaba mis cosas, me entretuve escuchando la conversación de una pareja de edad que ocupaban la pieza de al lado. Venían a Antofagasta al Hospital, y se quejaban de las condiciones del lugar, que por no pagar más habían caído en ese sitio. Cuando fueron a bañarse, se les cortó el agua caliente. Era divertido escuchar cómo discutían por menudencias y se retaban mutuamente. Se notaba que ella era mandona. Después, me rasuré y preparé la bicicleta. Me encaminé a un Centro de Llamados y pude ubicar al Pelao. Él me dio el número telefónico y el nombre de Pato Ponce. Marqué el número y me atendió un tipo simpático y tallero, que me dio la dirección de su pega y de su depto. Antes, entré a una oficina de Chilexpress y retiré el giro que me envió la tía Piru. Me llegaron casi $ 70.000.- Busqué la avenida Rendic y pedaleé hasta un Centro Juvenil, pasado una Comisaría. El Pato me recibió y era más viejo de lo que me figuraba; ahora estaba más serio. Dejó mi equipaje en su oficina y regresé en bici al centro. Pasé a almorzar un menú en El Rincón Latino, por mil pesos. A continuación, recorrí un poco más la ciudad. Me dirigí hacia el sur, por la costanera. Entré al balneario municipal, en donde tomé una fotografía.
Proseguí y llegué hasta una sede universitaria. Regresé al centro y entré en un local con Internet. A las 21 horas me puse a esperar a Pato en la entrada del edificio, y conversé un poco con el conserje. Antes, cuando estuve en la plaza, un caballero del mantenimiento, me preguntó si yo era un alemán. Había un grupo de gitanas, y una de ellas se parecía a
Pato participó en lo que se conoció en
Desde el primer momento me "palanqueó" con el tema del trabajo; que mientras el 50% de los chilenos tenía que padecer el tedio, rutina, formalidades y sacrificios de la labor remunerada, yo andaba tirado en las playas mirando las estrellas. Al igual que el tío Mario, él me veía como una hoja al viento, sin un sentido de vida; y también hizo referencia a la película “Busco mi destino”. Indicó que si yo anduviera en otra onda y me quedara más tiempo, él me habría llevado a ver el trabajo que ellos realizan con los menores en situación de riesgo. Una noche –la segunda- en que cooperé con una botella de
Al final del vino y antes de irnos a dormir, nos dimos un abrazo fraternal. El punto es cómo aprovechar las herramientas e instrumentos obtenidos gracias a mi clase de origen, para usarlas a favor de los sectores postergados, oprimidos, discriminados, explotados, etc.
El último día en Antofagasta, bicicleteé hasta la caleta Coloso. Al llegar, entré a un restaurante y me comí un par de empanadas de queso con una bebida. Cuando terminé, una niñita se me acercó y conversamos. Me pidió un lápiz pasta, porque necesitaba hacer las tareas y en la caleta no vendían lapiceras. Le regalé la que me había dado el tío Mario. Pedaleé hasta pasada la planta de la minera, y tomé una fotografía con la puesta de sol en el muelle. Una señora me contó que el camino para caleta El Cobre comenzaba en Roca Roja.



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