miércoles, julio 09, 2003

1.2 Iquique - San Pedro de Atacama

Patricio me dejó en la entrada del edificio en donde vive el tío Mario, en la playa Cavancha. Como no había llegado aún, llamé por teléfono a María Isabel (Pollo), pero su celular se cortaba. Di una vuelta por la costanera y, al regresar, ya había llegado el tío. Le costó reconocerme, pero cuando lo hizo me acogió muy bien. Como él tenía que ir a una charla en su logia masónica, me dejó en su depto. y me pasó copia de las llaves. Puso a mi disposición la pieza para las visitas, acceso a Internet, lavadora, baño con ducha y todo lo que hubiera para comer en la cocina.

El sábado 22 de junio me llevó a conocer la Zofri, y me compró un rollo fotográfico más dos pilas chicas. Los cinco días que estuve con él, nunca gasté en comida. El mismo sábado me llevó a comer empanadas de marisco y fuimos a dar un paseo por la zona sur de la ciudad.


02/07/03

¿Por qué la gente no cuida, arregla o mejora lo que no es suyo? Comúnmente se dice que se debe al hecho de que no es de su propiedad. Por el contrario, ¿no será que es ese derecho de propiedad la causa de que las personas no mantengan en buen estado las cosas, el medioambiente, etc.?

A lo largo de los caminos, en sus costados, además de basura, se pueden ver animitas y pedazos de neumáticos o cámaras.

Hice un paseo en la bicicleta por la ciudad y llegué hasta el monumento al "marinero desconocido", ubicado en el extremo norte de Iquique.


Una moraleja que me dejó mi estadía con el tío Mario es que lo más valioso en la vida es la trama de relaciones, vínculos, lazos sociales, es decir, la afinidad con conocidos, las amistades, los familiares, y lo(a)s compañero(a)s de trabajo o estudio, también las amantes. Los bienes materiales, el dinero, las riquezas son un moco en comparación con lo anterior.

El tío tiene el típico discurso del triunfalismo, de la competitividad, del exitismo, del “ganador”. Su lógica es la de la jerarquía, del orden piramidal.

No es lo mismo jefatura, mando, escalafón, etc. que jerarquía, porque ésta significa el gobierno de lo sagrado, es decir, se produce cuando se sacraliza una verticalidad funcional, dotando de privilegios y distanciando a los que ocupan los cargos y dan órdenes (ver documental sobre “jerarquización” de la oficialidad norteamericana en la Segunda Guerra Mundial).

En Iquique me junté con María Isabel, la que me presentó a su pololo Luishu, que tiene unos 24 años y trabaja como técnico de instalaciones en VTR. Fuimos a la casa en que vive con su compañero Pablo, en donde habían otros colegas: Rulo, Abraham y otros. La conversación se centró en asuntos de su pega, de las diferencias entre los vendedores y los técnicos. Abraham contó que es separado, trabajó en el Casino y es hermano de un “choro”. Agregó que, aunque feo, le va bien con las mujeres por el “verso”, por su locuacidad. María Isabel se fue a dormir y este tipo entró a su pieza y le propuso que se fueran a su casa. Ella le contó a Luishu y éste se molestó con Abraham, quien se disculpó durante un buen rato. Estaba medio borracho e insistía en que no quería perder la amistad del dueño de casa.

Un día me puse a buscar la Escuela Santa María de Iquique, centro de la matanza de obreros y sus familias que realizó el ejército chileno en 1907. Pensé que encontraría un monumento recordatorio, pero sólo había una placa metálica que pasa bastante desapercibida.


04/07/03

Una noche en Iquique fui a cenar con la tía Valeria. Su casa es enorme y muy elegante, con piscina. Habían tres camionetas -todo terreno- estacionadas en la entrada. Saludé a su hijo Sebastián, que es ingeniero y trabaja en la mina Collahuasi. Es fanático del gimnasio y tiene buena pinta; el tío me contó que gana más de un millón al mes, que no pone nada para la casa, y que habla puras tonterías. La tía señaló que el tío Mario es muy rígido y orgulloso, y que siempre quiere imponer sus ideas a los demás; que por eso sus hijos no lo pescan y se halla solo. Fue agradable la velada y revisamos las historias de todos los parientes y conocidos. Recordamos los carretes que se hacían en la casa de Las Tranqueras, en especial uno en que el tío Mario resultó elegido mister piernas. Me contó que al tío le afectó mucho la muerte de su madre, y que después andaba con una mujer que le agudizó la rayadura esotérica y espiritista. Ella pololea con un tal Manzur, a quien se supone le gusta la caza-pesca y hacer camping. El hijo mayor –Mario- está trabajando en una salmonera y vive en Puerto Varas. El menor –Cristian- estudia arquitectura en la Suiza italiana. Valeria indicó que se acordaba de él al conversar conmigo.

Al otro día el tío hizo sus descargos. Se quejó de que todos son unos desconsiderados, que él podría morirse en ese depto. y nadie se daría cuenta. Que la tía se lo cagó con la casa y que sus hijos son aprovechadores e interesados. Que todos ellos cambiaron y se volvieron arrogantes después que la tía recibió la herencia de su pariente.

El tío me presentó a su polola Vilma, una arquitecta de 39 años, morena, baja, simpática. Con ella viajó por Europa.

El tío usaba ese dicho que una vez le escuché al director académico del colegio: “el creíque y el penseque son parte del tonteque”. Me habló varios días sobre la preocupación por la vejez, por tener una buena situación; seguridad, etc. Me advirtió que no podía seguir toda mi vida como en la película “Busco mi destino”; que ya tengo 36 años y que poseo un gran potencial desaprovechado; que no me vé un “norte” u objetivo. Lo paradójico es que lo vi muy aquejado por la soledad, por la falta de amistades y relación buena con familiares; y eso no se consigue precisamente con dinero, bienes materiales o cosas. Repitió esa expresión que dice que con plata “no tengo que mirarle la cara a nadie”. Es una imagen de incomunicación, de no tener trato con nadie. Otras de sus frases eran “yo no molesto a nadie”. Resaltaba mucho su independencia económica, sus ingresos estables: pensión de la FACH ($ 500.000) más lo que gana en la consulta. Esa posibilidad de pagar para conseguir cualquier cosa, también tiende a favorecer caracteres intolerantes, “pesados”, de trato desagradable; poco tino, tacto o consideración.

Mi tío tiene 20 años más que yo (56) y aseveró que en la época de su separación (hace cinco años) estaba “adicto al sexo”. Me relató detalles de sus aventuras y amantes, a las que desechaba por “bolseras”, por criticarle sus mañas o por no tener temas de conversación.

En la pieza que ocupé en el depto. del tío Mario se me quedó el sombrero de paja que llevaba para protegerme del sol.

05/07/03

Salí de Iquique en bicicleta el martes 24 de junio en la mañana. Paré a almorzar a las 13 h, pasado el aeropuerto. Culminada la comida y el descanso, avancé hasta pasadas las 17 h, y acampé en la playa El Aguila, entre unas dunas con huellas de vehículos para la arena.

A la mañana siguiente, proseguí el pedaleo y me topé con la cuesta del Pabellón de Pica; esa la hice la mitad a pie y la otra parte en bici. Cuando ya me faltaba poco, pasaban vehículos con personas que me daban ánimo o felicitaban. El día anterior me topé nuevamente con Patricio K. Venía en su camioneta y conversamos unos minutos. Me advirtió sobre la falta de berma en la zona de Puerto Patillos. En ese sector había unas cuestas muy empinadas que transitaban los camiones para ir a buscar la sal al otro lado de la cordillera de la costa. Ese día también me saludó un motorista vestido de cuero negro que me pasó por el lado. Más allá del Pabellón de Pica, tuve que cruzar la cuesta en Punta de Lobos, que, aunque más suave no dejaba de implicar un esfuerzo grande. Lo bueno es que generalmente después de una cuesta viene una bajada en que se recupera tiempo por ir más rápido.


06/07/03

El 25 de junio paré a almorzar en la caleta San Marcos. Me dieron el dato de la casa de la señora Cecilia, que le da comida a un grupo de mariscadores. Había entrada de ceviche de loco, luego ensalada surtida y, finalmente, pancutras con trozos de carne. Todo delicioso, más pan, un tipo de pebre (creo que se llamaba “rocoto”) y jugo. Todo por $ 1.300. Ella me contó que por allí había pasado un francés, Jean Paul B., que caminaba por el mundo en una campaña por la paz de los niños. Andaba con un carrito que tiraba con su cuerpo, y lo habían asaltado en Perú. No pasaba por países conflictivos, como Colombia, y para cruzar de un continente a otro usaba el avión. Calculaba que le quedaban cinco años para completar su objetivo. También habían alojado como una semana en su casa una pareja de jóvenes brasileros, que estaban recorriendo el continente. Ellos se movilizaban a dedo y escribían sus experiencias para hacer reportajes. Como la muchacha era muy bella, en algunos lugares al cabro le habían ofrecido comprarle a la chica.

Cecilia me contó que tiene un hijo de 21 años que estudia biología marina en Iquique. Ella era de Santiago, y está emparejada con un mariscador llamado Rolo, oriundo de Los Vilos. Él estaba con su amigo Jano, también de esa caleta de la Cuarta Región. La Cecilia y Rolo se arrancaron del marido de ella. Con Jano conversamos acerca de la pesca; él contaba el método para capturar tiburones, a los cuales se les da un corte tras la cabeza apenas los atrincan al bote. Rolo usó la palabra “falucho”, la que no había escuchado.


Esa tarde recorrí menos camino que la anterior, y acampé en la playa, entre una formación rocosa. Cuando instalaba la carpa, al levantar una piedra salió corriendo un lagarto. En la mañana, aparecieron otros dos lagartos, que correteaban por el roquerío y tomaban el sol. Apareció caminando desde el sur un tipo abrigado, con gorro; al pasar lo saludé; su vestimenta era muy colorida. Cuando ya había superado mi posición, vi que en sus manos –que llevaba en la espalda- llevaba un gran cuchillo de cacha blanca y una cuerda sintética. Pensé que quizás era un tipo que andaba pendiente de capturar una tortuga gigante, que a veces van a depositar sus huevos en esas playas. Luego de recoger mis cosas, monté la bici y seguí mi camino.

Crucé Punta Chipana y llegué a la aduana de la desembocadura del río Loa. Un tipo me revisó el equipaje y me preguntó si traía un “premio”, porque más adelante estaban los tiras (policía). En un boliche me comí un completo y continué. Esa tarde llegué a la caleta en Punta del Urcu, en donde se está construyendo un balneario. Le pregunté a un maestro, que estaba construyendo una casa de madera con dos ayudantes, si podía acampar en la playa, y me respondió que lo hiciera en cualquier lado. Coloqué la carpa bajo un arco de fútbol que había en la arena.

Al otro día me levanté más temprano. A las 10 h. Inicié el viaje; luego de cruzar el tunel Galleguillos –el que estaba muy oscuro- pasé al lado del club de golf de Tocopilla. Después venían las cuestas que anteceden a esa ciudad. La mitad de ellas las pasé arriba de una camioneta, gracias a la gestión de un joven banderillero. Él tenía el pelo largo, con una cola, era de Tocopilla y fue muy buena onda. Antes, un remero me hizo señas desde su bote, y unos algueros que preparaban pescado me invitaron a comer... Les di las gracias y les expliqué que iba muy apurado como para detenerme. Tenían una carpa hecha con plásticos; en ese tramo había varias, más algunas camionetas, autos y camiones ¾. Otros recolectores de algas también me saludaron.

A Tocopilla llegué como a las 13 h. Caminé por el centro, saqué dinero del cajero automático y busqué un lugar para almorzar. Me serví un completo gigante, y me dirigí hacia la agencia de buses Camus. Eran las 14:30 y estaba por partir el bus hacia Calama. Echamos la bici en el maletero y subí. Habíamos sólo tres pasajeros. Me cobraron $ 3.300 y el recorrido duró dos horas y cuarto.

09/07/03

En Calama bajé la bici y anduve hasta la agencia de buses Frontera Norte, en calle Antofagasta. Allí compré un pasaje para San Pedro, que me costó $ 1.300. Desarmé la bici y embalé el equipaje, todo lo cual metí en el maletero del bus. Antes de partir a las 18 h., telefoneé al restaurante Adobe, para avisarle a Pedro que llegaba. Como ya se había retirado, un colega se ofreció para ir a entregarle el mensaje a su pieza. El viaje duró algo más de una hora, por lo que arribé cuando ya estaba oscuro. Inicié el armado de la bici, y cuando estaba en eso, apareció Pedro por la agencia. Entró sin darse cuenta de que yo estaba fuera. Al salir lo llamé y nos abrazamos. De inmediato me llevó a su pieza, aunque por el camino me presentó con varios amigos, y a todos les decía que yo me quería quedar a trabajar.