1.2 Iquique - San Pedro de Atacama

El sábado 22 de junio me llevó a conocer la Zofri, y me compró un rollo fotográfico más dos pilas chicas. Los cinco días que estuve con él, nunca gasté en comida. El mismo sábado me llevó a comer empanadas de marisco y fuimos a dar un paseo por la zona sur de la ciudad.
A lo largo de los caminos, en sus costados, además de basura, se pueden ver animitas y pedazos de neumáticos o cámaras.
Hice un paseo en la bicicleta por la ciudad y llegué hasta el monumento al "marinero desconocido", ubicado en el extremo norte de Iquique.

El tío tiene el típico discurso del triunfalismo, de la competitividad, del exitismo, del “ganador”. Su lógica es la de la jerarquía, del orden piramidal.
No es lo mismo jefatura, mando, escalafón, etc. que jerarquía, porque ésta significa el gobierno de lo sagrado, es decir, se produce cuando se sacraliza una verticalidad funcional, dotando de privilegios y distanciando a los que ocupan los cargos y dan órdenes (ver documental sobre “jerarquización” de la oficialidad norteamericana en la Segunda Guerra Mundial).
Un día me puse a buscar la Escuela Santa María de Iquique, centro de la matanza de obreros y sus familias que realizó el ejército chileno en 1907. Pensé que encontraría un monumento recordatorio, pero sólo había una placa metálica que pasa bastante desapercibida.
Al otro día el tío hizo sus descargos. Se quejó de que todos son unos desconsiderados, que él podría morirse en ese depto. y nadie se daría cuenta. Que la tía se lo cagó con la casa y que sus hijos son aprovechadores e interesados. Que todos ellos cambiaron y se volvieron arrogantes después que la tía recibió la herencia de su pariente.
El tío me presentó a su polola Vilma, una arquitecta de 39 años, morena, baja, simpática. Con ella viajó por Europa.
El tío usaba ese dicho que una vez le escuché al director académico del colegio: “el creíque y el penseque son parte del tonteque”. Me habló varios días sobre la preocupación por la vejez, por tener una buena situación; seguridad, etc. Me advirtió que no podía seguir toda mi vida como en la película “Busco mi destino”; que ya tengo 36 años y que poseo un gran potencial desaprovechado; que no me vé un “norte” u objetivo. Lo paradójico es que lo vi muy aquejado por la soledad, por la falta de amistades y relación buena con familiares; y eso no se consigue precisamente con dinero, bienes materiales o cosas. Repitió esa expresión que dice que con plata “no tengo que mirarle la cara a nadie”. Es una imagen de incomunicación, de no tener trato con nadie. Otras de sus frases eran “yo no molesto a nadie”. Resaltaba mucho su independencia económica, sus ingresos estables: pensión de la FACH ($ 500.000) más lo que gana en la consulta. Esa posibilidad de pagar para conseguir cualquier cosa, también tiende a favorecer caracteres intolerantes, “pesados”, de trato desagradable; poco tino, tacto o consideración.
Mi tío tiene 20 años más que yo (56) y aseveró que en la época de su separación (hace cinco años) estaba “adicto al sexo”. Me relató detalles de sus aventuras y amantes, a las que desechaba por “bolseras”, por criticarle sus mañas o por no tener temas de conversación.
En la pieza que ocupé en el depto. del tío Mario se me quedó el sombrero de paja que llevaba para protegerme del sol.
A la mañana siguiente, proseguí el pedaleo y me topé con la cuesta del Pabellón de Pica; esa la hice la mitad a pie y la otra parte en bici. Cuando ya me faltaba poco, pasaban vehículos con personas que me daban ánimo o felicitaban. El día anterior me topé nuevamente con Patricio K. Venía en su camioneta y conversamos unos minutos. Me advirtió sobre la falta de berma en la zona de Puerto Patillos. En ese sector había unas cuestas muy empinadas que transitaban los camiones para ir a buscar la sal al otro lado de la cordillera de la costa. Ese día también me saludó un motorista vestido de cuero negro que me pasó por el lado. Más allá del Pabellón de Pica, tuve que cruzar la cuesta en Punta de Lobos, que, aunque más suave no dejaba de implicar un esfuerzo grande. Lo bueno es que generalmente después de una cuesta viene una bajada en que se recupera tiempo por ir más rápido.
Cecilia me contó que tiene un hijo de 21 años que estudia biología marina en Iquique. Ella era de Santiago, y está emparejada con un mariscador llamado Rolo, oriundo de Los Vilos. Él estaba con su amigo Jano, también de esa caleta de la Cuarta Región. La Cecilia y Rolo se arrancaron del marido de ella. Con Jano conversamos acerca de la pesca; él contaba el método para capturar tiburones, a los cuales se les da un corte tras la cabeza apenas los atrincan al bote. Rolo usó la palabra “falucho”, la que no había escuchado.

Crucé Punta Chipana y llegué a la aduana de la desembocadura del río Loa. Un tipo me revisó el equipaje y me preguntó si traía un “premio”, porque más adelante estaban los tiras (policía). En un boliche me comí un completo y continué. Esa tarde llegué a la caleta en Punta del Urcu, en donde se está construyendo un balneario. Le pregunté a un maestro, que estaba construyendo una casa de madera con dos ayudantes, si podía acampar en la playa, y me respondió que lo hiciera en cualquier lado. Coloqué la carpa bajo un arco de fútbol que había en la arena.
Al otro día me levanté más temprano. A las 10 h. Inicié el viaje; luego de cruzar el tunel Galleguillos –el que estaba muy oscuro- pasé al lado del club de golf de Tocopilla. Después venían las cuestas que anteceden a esa ciudad. La mitad de ellas las pasé arriba de una camioneta, gracias a la gestión de un joven banderillero. Él tenía el pelo largo, con una cola, era de Tocopilla y fue muy buena onda. Antes, un remero me hizo señas desde su bote, y unos algueros que preparaban pescado me invitaron a comer... Les di las gracias y les expliqué que iba muy apurado como para detenerme. Tenían una carpa hecha con plásticos; en ese tramo había varias, más algunas camionetas, autos y camiones ¾. Otros recolectores de algas también me saludaron.
A Tocopilla llegué como a las 13 h. Caminé por el centro, saqué dinero del cajero automático y busqué un lugar para almorzar. Me serví un completo gigante, y me dirigí hacia la agencia de buses Camus. Eran las 14:30 y estaba por partir el bus hacia Calama. Echamos la bici en el maletero y subí. Habíamos sólo tres pasajeros. Me cobraron $ 3.300 y el recorrido duró dos horas y cuarto.








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