lunes, junio 30, 2003

1.1 De Arica a Iquique

28/06/03

Llegué a Arica el 31 de mayo de 2003. Fui a la oficina de Mauricio a buscar las llaves de su depto. Iba a pie, con la bicicleta cargada con mi equipaje; era tanto que no podía subirme en ella.

Una vez instalado en el departamento me dediqué a planificar mi estadía. Con Mauricio conversamos mucho, pues había que ponernos al día después de casi diez años que no nos veíamos. Fue rico constatar que, a pesar del tiempo y de la incomunicación durante ese lapso, la afinidad se mantiene. Me llamó la atención la soledad y las pocas amistades que tiene, después de vivir por más de diez años en Arica. También me encontré con Ernesto, quien está más cambiado, con esposa e hijos, además de más gordo y canoso. Mauricio, del mismo modo, tiene varios kilos de más y bastante cabellera menos.

En Arica me quedé como 15 días, en los cuales realicé varios recorridos por la zona. En bicicleta anduve desde el extremo sur al extremo norte del litoral. Además, subí al morro, me metí en poblaciones, como la Raúl Silva Henríquez, y circulé por casi todas las calles principales y del centro. Visité las cuevas que se hallan pasadas las pesqueras, y la desembocadura del río Lluta.

Hice un viaje por el valle de Azapa, hasta el poblado de San Miguel; paseé por el pukará de San Lorenzo y admiré los geoglifos de Cerro Sagrado y cerro Sombrero. Pedaleé por el valle de Lluta, en donde llegué hasta el geoglifo del Gigante.

Al ir en bicicleta hacia San Miguel de Azapa (desde Arica) a una camioneta que me pasó por el lado se le cayó un tambor plástico, el que siguió dando tumbos tras de mí. Por el ruido, miré hacia atrás, y a pocos metros venía rodando. Casi me golpea, pero yo viré y el tambor siguió su camino hacia el costado del camino.

Tomé un bus hasta Putre. De ahí caminé, cuesta arriba, durante 14 km hasta donde comienza el Parque Nacional Lauca. Allí me llevó un camionero boliviano, que me dejó en el lago Chungará. Él llevaba una bolsita con hojas de coca, para contrarrestar la puna. Me contó que iba de regreso a Santa Cruz de la Sierra.

Ahí tomé una fotografía y me fui a acostar a la guardería de Conaf, a las 17:30 h. Estaba fatigado y con dolor de cabeza. Por la noche, me despertaba por los ahogos. Me levanté como a las ocho de la mañana; hacía frío y el guardaparques me convidó un té caliente. Él me contó que llevaba varios años trabajando en ese lugar, y que era natural del altiplano, pero de más al sur, en donde tenía a su familia. Le pagué los $ 3.500 por el alojamiento, y nos despedimos. La frialdad del guardaparque contrarrestó con el ansia de comunicación que me mostró cuando ya me marchaba.


Caminé hacia el oeste para tomar algunas fotos; luego de unos 20 km llegué al retén de Chucuyo. Conversé con un oficial, quien dijo que me ayudaría a abordar un camión. Sin embargo, cuando eran más de las cinco de la tarde y ningún camionero me había llevado, tomé un bus que me llevó hasta Arica ($ 4.000). Me llamó la atención el gigantesco trabajo implicado en la construcción de los caminos, y la cantidad de basura, sobre todo, embases plásticos, que se observa a la orilla de la ruta. ¿Dónde está el monumento al obrero, al trabajador desconocido, al técnico, al ingeniero, que pusieron parte de sus vidas en esas obras?


Cuando caminaba hacia o en el altiplano era reconfortante el saludo que me daban los camioneros, con la mano, las luces o la bocina.

A Tacna fui dos veces, la primera con Mauricio, y la segunda, solo. Mi amigo me invitó a almorzar a un restaurante criollo, que tenía música típica peruana en vivo. Recorrimos el centro y me convidó once en un café tradicional. Nos movilizamos en "combis" y gocé con la exótica belleza de las "cholitas". El viaje lo hicimos en colectivo, a diferencia del segundo, que lo realicé en bus. La mayoría de los pasajeros eran "matuteros" que ya se conocían, por lo que hubo muchas tallas y chistes. De regreso les ayudé a pasar cigarrillos y herramientas a un par de señoras. Mi vuelta a Tacna fue porque me molestaba demasiado el lente de contacto; y Mauricio me había dicho que en esa ciudad los anteojos eran más baratos que en Chile. Fui a una oculista de ascendencia nipona y en un par de horas me tuvieron los lentes. En el intertanto, almorcé un pollo a la mostaza en un restaurante y dejé que un niño me lustrara los zapatos, después de mucho insistirme. Entre esos muchachos hablaban un idioma indígena. No sé si yo escogí mal los marcos o ellos se equivocaron y me dieron otros, pero me quedaron muy estrechos. Incluso tuve que aplanar el puente con el alicate, para ensancharlos un poquito.

Como Mauricio estaba de cumpleaños el 5 y yo el 9, hicimos una once el día 8. Asistieron dos amigas, ambas mayores de 45. María Inés, periodista, y Gina, profesora de inglés. Ésta andaba con dos hijos, uno de los cuales era una atractiva morenita llamada Priscilla. Las mujeres quedaron encantadas con el relato de la partida de mi mamá con Ron a Australia. Todos estaban sorprendidos de mi gusto por las "paitokas", es decir, las descendientes de aimaras. Noté que en sus comentarios se entremezclaban clasismo y menosprecio racial. Tanto Gina como María Inés son de esas mujeres separadas porque el que fue su marido se fue con una más joven, o debido a que ellas lo sorprendieron en la infidelidad. No me deja de sorprender la escasa autodependencia, autonomía emocional de las féminas de esa generación. Aproveché la ocasión para plantear mis ideas sobre las relaciones entre los sexos. María Inés me dio los datos para ubicar a su hermana en Tierra Amarilla y a sus hijas en Santiago.


El sábado en la noche Mauricio me había llevado a un pub en el centro, que era un poco cuico. De ahí caminamos hasta unas ramadas que eran parte de las celebraciones de la ciudad. En ese sitio pude solazarme con la vista de muchas lolas "paitokas", con su piel morena, ojos y pelo negros, párpados orientales, nariz aguileña y labios contorneados. Lamentablemente Mauricio no compartía mi inclinación y me llevó a la disco Soho, la más cuica de la ciudad. Como era de esperarse, fue una experiencia frustrante; más encima me molestaba mucho el lente de contacto, el cual me provocaba una secreción de materia con un poquito de sangre, que debía limpiarme a cada rato. Como en otras ocasiones, fue una muchacha la que me llevó a bailar, la cual, aunque en un comienzo se mostró interesada, después de unos temas, me dejó "pagando". Finalmente, con Mauricio compartimos el comentario de que no nos sentimos a gusto en ese tipo de lugares.

El domingo almorzamos con María Inés, la que nos llevó en su camioneta a la playa La Lisera. El agua no era tibia como pensaba y me dio frío al meterme. No obstante, después de nadar un rato se notaba la diferencia de temperatura con respecto al sur. Mauricio bromeó con que parecía que a mi cuerpo lo hubiesen estirado. Por otra parte, sentenció que de todos los ex compañeros yo soy el que mejor se conserva.

29/06/03

El 11 de junio había ido en bicicleta a la población Silva Henríquez, para sacar dinero de un cajero automático. Aproveché para cortarme el cabello en una peluquería del sector. Conversando con el peluquero me enteré que su mujer se había regresado hacía pocos meses a la capital. Llevaba diez años en Arica y estaba muy picado por el abandono de su esposa e hija. Resultó ser el típico machista: que eran las mujeres las que debían cuidarse, pues con el condón no se podía sentir el mismo contacto, el mismo placer. Criticó ácidamente a su ex mujer y resaltó que ella era un “cacho” por todas sus enfermedades, por lo que la separación representaba una gran pérdida para ella, porque él era el que financiaba todo. La menosvaloró, afirmando que ella nunca había trabajado y que no tenía ningún oficio. Despreció a quien fuera su actual pareja. En cambio, me confesó que él, antes que se fuera su esposa, tenía varias amantes; que su profesión le permitía conocer muchas mujeres; que tenía una de 26, otra de 27, dos de treintitantos y una como de 45. Esta edad era la que el tipo tenía, aunque se veía más viejo, según él por el trabajo nocturno. Es un hombre delgado y canoso (comparar sus comentarios con los que más adelante hizo el tío Mario).

El 14 de junio entré a un local de venta de repuestos y accesorios para bicicletas (Wilson). Atendía una señora de unos 50 años, con la cual charlamos sobre mi viaje planeado en bici. Cuando supo que yo había estudiado en la UC me contó que un sobrino suyo también estuvo en Ingeniería Civil. Justo llegó él con su señora e hijo. Había entrado un año antes a la UC, pero conocía al Foca y a Apolonio. Su esposa me mostró una foto de su hermana y a toda costa quería que la conociera. En tanto, la dependienta me advertía del mal carácter de esa muchacha. Finalmente, compré una parrilla para colocarla delante, y un par de gomas de frenos, las cuales no me las cobró. “Por la conversa”, me dijo. La joven estudiaba una carrera de Planificación social y admiraba a Lavín.

Partí de Arica el 16 de junio, después de almuerzo. Aunque dejé una mochila con ropa en el depto. de Mauricio, el peso de mi equipaje en la bicicleta era excesivo. Pasé a echarle aire a las ruedas y en vez de inflarse la trasera, se le salió. Tuve que desmontar toda la carga e intentar nuevamente. Un muchacho que estaba con su amigo en bicicletas, me ayudó a encontrarle la maña al aparato y logró inflarla. En ese trance debo haber estado como una hora y media.

30/06/03

Al salir de Arica, mi primera parada fue al finalizar la cuesta de Acha. Luego de comer algo y beber jugo, continué pedaleando por la pampa hasta llegar a la quebrada de Vítor. Mientras descendía, oscureció, y le coloqué las luces a la bici. Cuando llegué al fondo, ya eran como las 19:30 h. Tomé el camino lateral, de tierra, por el cual anduve como dos horas y media. Como salió la luna llena, podía ver la ruta, aunque era complicada igual, ya que tenía mucha “calamina”. En una salida de cadena, en que se metió entre el último piñón y los rayos, se me cayó mi gorro de lana. El descenso de la quebrada me había provocado mucho frío; incluso me tuve que poner los guantes. Al acercarme a la playa, la vegetación se hizo más espesa y me costó dar con el camino que llevaba al lugar de camping. Unas luces que divisé a lo lejos me dieron la pista, y logré llegar a un lugar en que había varias familias acampando. Tenían vehículos, carpas, fogatas, amoblado y generadores de electricidad. Apenas arribé me puse a conversar con los que estaban en la fogata más cercana. Era una familia de Arica, y me explicaron que ese sitio antes estaba ocupado por la Armada, razón por la cual sólo hacía poco tiempo se había abierto al público. El caballero de más edad me ofreció un plato de arroz con pescado frito, un “tomoyo” que habían capturado cerca de los roqueríos. El hombre fue uniformado y vivió en el regimiento de Pacoyo (antes del Parque Lauca) durante 15 años. También conversé con un joven que estudiaba Pedagogía en la Universidad de Tarapacá. A continuación, instalé la carpa y me acosté a dormir, pues estaba bastante agotado.

A la mañana siguiente, me levanté, tomé una fotografía y recorrí un poco la playa y el lugar. Me llamó la atención la cantidad de basura dejada por los visitantes. Había una maravillosa vista a los acantilados. Desarmé la carpa y amarré los bultos a las parrillas. En el regreso, encontré mi gorro de lana y se me hizo más fácil, ya que con la luz podía hacerle mejor el quite a las “calaminas”. Luego de un par de horas llegué a la carretera y seguí hasta donde se iniciaba el ascenso a la cuesta de Chaca. La mayor parte la subí caminando, con la bici a un lado. Fueron 21 km y me demoré como cuatro horas. Alcancé la cima como a las 19 h, cuando ya era de noche. Mientras caminaba, varios camioneros y automovilistas me saludaban, como para darme ánimo. La ruta parecía interminable, y en algunas de las paradas me preguntaba qué cresta estaba haciendo yo allí.


Después de llegar a la cima de la cuesta de Chaca, comencé a pedalear por la carretera. Un poco más allá del cruce a Codpa me salí del camino hacia el costado oeste. Encontré un sitio protegido por unas lomas e instalé la carpa. Coloqué la bicicleta dentro y me acosté abrigado. La luz de la luna llena me permitió ver. Aparte del dolor en las caderas, de repente me despertaba por un ruido que parecía de roedores; pero no era más que el viento que movía la capa que cubre la carpa. Por la mañana comí mis últimos víveres y el poco de jugo que me quedaba. Inicié el pedaleo por la pampa hasta que me topé con la quebrada de Camarones.

Empecé el descenso antes de las 13 h y el paisaje era espectacular. En la sombra hacía frío, por lo que me puse camisa. Al llegar al valle, me revisaron el equipaje en la aduana del SAG. A continuación, fui a almorzar a un boliche llamado “5 comentarios”, en donde una agradable mujer me llenó la botella con 2 litros de agua potable. Una vez que me comí el sandwich de jamón-queso y la bebida, me tomé un café caliente. Después, me metí por un camino lateral de tierra y, tras una hora y cuarto de viaje, llegué a la playa de Camarones. Entré por la arena hasta donde había unos espacios rodeados de matorrales. Como no pasaban de las cinco de la tarde, busqué palos para hacer una fogata. Armé el campamento y construí una canaleta por si el agua llegaba cerca. En el fuego puse a calentar agua y me tomé un té. Bajo las brasas coloqué un par de papas que, tras una hora, estaban carbonizadas. Puse la bicicleta en el interior de la carpa y me acosté antes que saliera la luna. Cuando despertaba en la noche, parecía que hubiese un foco afuera. Mi único temor al dormir solo en la carpa era que algún extraño quisiera hacerme daño. No obstante, con el cansancio producto del pedaleo, no era difícil quedarse dormido. Me desperté como a las ocho de la mañana, y tan sólo como a las 11 estaba emprendiendo el retorno. Ese tiempo que me demoré en desarmar el campamento y colocar las cosas en la bicicleta, fue suficiente para que los jerjenes me picaran las manos, los codos y la cara. Las ronchas me duraron más de una semana y me picaban su buen poco, sobre todo en las noches.

Ya de vuelta en la aduana de Camarones, decidí desarmar todo, embalar y tomar un bus hasta Iquique. Aún me faltaban las cuestas de Camarones, Tana y Chiza, y me sentía fatigado. A una mujer le compré unos ricos alfajores de Pica. Como ya no pasaban más buses hasta Iquique, tuve que subirme a uno que me dejara en Pozo Almonte. La gracia me salió $ 3.000 y llegué a la plaza de esa ciudad como a las 17 h. En armar la bicicleta y amarrar los bultos, me dio la noche. Pedaleé hasta el cruce para Iquique y paré a comprarme una bebida. Le coloqué las luces a la bici y proseguí. Se hacía muy difícil el trayecto, porque no había berma y por quedar encandilado con las luces altas de los vehículos que venían en dirección opuesta.

De pronto, una camioneta paró delante de mí; cuando pasé a su lado me preguntó si quería que me llevara hasta Iquique. Subimos la bici atrás y me senté en el sitio del copiloto (19 h).

El hombre se llama Patricio y también gusta de andar en bicicleta. Pensó que yo no llegaba vivo a Iquique. Había participado con su hijo en el rally ciclístico desde Putre hasta Arica. Trabaja en una compañía de seguros y resultó ser paciente del tío Mario. Me aconsejó que le tuviera fe a la bici y que no me rindiera, que fuera perseverante. En el trayecto en camioneta hasta Iquique se cayó la luz trasera de la bici.